«SERÁN LOS DOS UNA SOLA CARNE» Y SEGUIRÁN SIENDO PADRES
Queridos amigos, hoy vemos como los fariseos ponen a prueba a Jesús. Esta vez con un tema delicado que afecta a tantos en la sociedad. Y es aquí donde Jesús acude a la voluntad original de Dios, en la que la unión matrimonial debe ser seria y estable. No un capricho. Y esto porque el matrimonio es la afirmación del amor que debe existir en las parejas, que trae consigo fidelidad y madurez.
Cabe notar que cuando dos personas deciden unirse dejan de buscarse a sí mismas para ofrecerse el uno para el otro. Y es aquí donde surgen muchas veces las diferencias que pueden resultar para crecimiento o, como hoy en día, provocan la ruptura de una relación.
Y en tiempo de Jesús por cualquier inconveniente podía ser repudiada e incluso por humear la comida, o por no responder inmediatamente a un mandato del esposo. Había leyes que automáticamente aprobaban el divorcio. Y existían grupos que aprobaban esas cosas. En el libro del Deuteronomio solo se refiere por adulterio, no por esas cosas insignificantes. Esta forma era una amenaza para la mujer.
Por eso Jesús da su respuesta en este texto, y dicha repuesta es liberadora. Porque esas leyes eran muy injustas. Y con la prohibición del divorcio se crea una defensa a la mujer. Y es que para Jesús el matrimonio no es un simple acuerdo entre dos personas que deciden convivir para satisfacer sus necesidades. Para él es mucho más que eso, es hacerse una sola carne unida y sellada por Dios. Dios creó al varón y a la mujer para que fueran «una sola carne». Los dos están llamados a compartir su amor, su intimidad y su vida entera, con igual dignidad y en comunión total.
Es por esta razón que el matrimonio es considerado como una vocación, un llamado que el Señor nos hace y que este a su vez inicia desde el noviazgo. Aunque no todo el mundo nace para esa vocación. Esta es una bonita etapa para conocerse y crear juntos un proyecto de vida, para que así podamos en su momento comprender, respetar y acompañar al otro en cualquier situación que se nos presente. Y evitar las tantas rupturas que hoy en día se van dando.
Sería bueno cultivar más el diálogo y la confianza. Y poner en común los proyectos, y la oración para vivir más en la unidad. Pidamos a nuestro Padre Dios que nos ayude a permanecer unidos a ese ser maravilloso con el cual hemos decidido unir nuestras vidas. O que podamos descubrir cuál es mi verdadera vocación. Y que yo pueda asumir con responsabilidad y con amor el llamado que el Señor me está haciendo. Por eso, concédenos la gracia de permanecer perseverantes a la vocación a que el Señor nos ha llamado.
Durante este tiempo de pandemia he podido compartir de cerca el duro camino de la separación de esposos que un día se quisieron de verdad. Los he visto sufrir, dudar y también luchar por un amor ya desaparecido. Los he visto soportar los reproches, la incomprensión y el distanciamiento de quienes parecían sus amigos. Junto a ellos he visto también sufrir a sus hijos. Y lo que les hace daño es el desamor, la agresividad o el miedo que, a veces, acompaña a una separación cuando se realiza de forma poco humana.
Nunca se debería olvidar que los que se separan son los padres, no los hijos. Estos tienen derecho a seguir disfrutando de su padre y de su madre, juntos o separados, y no tienen por qué sufrir su agresividad ni ser testigos de sus disputas.
Los discípulos se molestan y tratan de impedirlo. Pretenden levantar un cerco en torno a Jesús. Se atribuyen el poder de decidir quiénes pueden llegar hasta Jesús y quiénes no. Se han olvidado ya del gesto de Jesús que, unos días antes, ha puesto en el centro del grupo a un niño para que aprendan bien que son los pequeños los que han de ser el centro de atención y cuidado de sus discípulos. Se han olvidado de cómo lo ha abrazado delante de todos, invitándoles a acogerlos en su nombre y con su mismo cariño.
Amigos, el centro de su comunidad no ha de estar ocupado por personas fuertes y poderosas que se imponen a los demás desde arriba. En su comunidad se necesitan hombres y mujeres que buscan el último lugar para acoger, servir, abrazar y bendecir a los más débiles y necesitados.
El reino de Dios no se difunde desde la imposición de los grandes sino desde la acogida y defensa a los pequeños. Donde éstos se convierten en el centro de atención y cuidado, ahí está llegando el reino de Dios, la sociedad humana que quiere el Padre. Señor, no quiero perder mi alma por caer en el pecado, con tu ayuda no me dejaré vencer, solo quiero vivir en tu gracia así me salvaré.
Terminemos orando.
«Un fariseo al Señor. Él le quiso preguntar. Si me puedo separar. Pero por cualquier motivo. Me separo de mi esposa. Pero Jesús unirá. A su esposo con su esposa. Ya ustedes no son dos. Sino una sola persona. Porque lo que unió Dios. No lo separa el hombre. Nunca dejes a tu esposa. Para casarte con otra. Tú cometes adulterio. Respeta a tu mujer. Porque te puedes perder. Por buscar lo que no es tuyo. Quédate con tu mujer. Así no te vayas a perder. Y puedas llegar al cielo. Amén».
«La luz entró a tu casa. También a tú corazón. Oren por el mundo entero. Les pido que me acompañen. Y anden por los caminos. A buscar a los perdidos. Que no conocen de mí. A ellos también los quiero. Y siempre los ando buscando. De amor los vivo llenando. En ellos no ha habido amor. Solo el que yo les he dado. Nunca se los he negado. Es lo único que tienen. Y si yo se lo quitara. Con qué los voy a dejar. Seguro que con mi ayuda. A mis pies van a llegar. Amén».
«Quisiera llegar al fondo. Donde está tú corazón. No importa que esté cerrado. Porque yo tengo la llave. Para abrir tu corazón. No me lo cierres a mí. Pues tú corazón es mío. Aunque tú me lo cerraras. Con mi amor lo abriría. Es que yo te amo tanto. Que no te quiero perder. Tienes que reconocer. Que yo te hice de nuevo. Te llamé y viniste a mí. Tú eres un alma feliz. Me abriste tu corazón. En el mío yo te entré. Y te cobijé de amor. Amén».
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf y José Antonio Pagola

