Éste es mi Hijo… Escúchenlo.
Existe un paralelismo entre este relato y el de la entrega de las tablas de la Ley a Moisés en el Sinaí (Ex 24 y 34). Miremos los ejemplos: “Seis días después” (Mt 17, 1 = Ex 24, 1); “monte” (Mt 17, 1 = Ex 24, 12. 15-18. 34, 3); “grupo selecto” (Mt 17, 1 = Ex 24, 1); “rostro brillante” (Mt 17, 2, = Ex 34, 29-35); “nube luminosa” (Mt 17, 5 = Ex 24, 15-18; 34, 5); “voz salida de la nube” (Mt 17, 5 = Ex 24, 16); “temor de los presentes” (Mt 17, 6 = Ex 34, 29-30. Son demasiadas las similitudes, para que estemos ante una coincidencia meramente ocasional.
En el monte Sinaí se revela un Dios impresionante, que impone obligaciones, amenaza y atemoriza a la pobre gente que está ante un espectáculo, que es (en todo caso) aterrador. En el monte de la transfiguración, en cambio, se revela un Dios que quita el miedo, que se desprende de Moisés y de Elías, que no infunde terror, sino paz. Es el Dios de la cercanía, de la vida y de la esperanza. Y que termina hablando de resurrección, es decir, de una vida sin limitación alguna.
Refiriéndose a Jesús, la voz del cielo dice: “Escúchenle”. ¿Qué hay que escuchar? Escuchar al Dios que lucha por la vida, contra el miedo de los cobardes, contra el poder que somete, que asusta y oprime, aunque todo eso se haga en nombre de Dios. Cuando nuestra idea de Dios cambia, también nuestra vida cambia. Se confirma lo que el mismo Mateo había enseñado en el sermón del monte: cada creyente es, según y conforme al Dios en el que cree.
La voz dice estas palabras: «Este es mi Hijo, en quien me complazco. Escúchenlo». Los discípulos no han de confundir a Jesús con nadie, ni siquiera con Moisés o Elías, representantes y testigos del Antiguo Testamento. Solo Jesús es el Hijo querido de Dios, el que tiene su rostro «resplandeciente como el sol».
Al oír esto, los discípulos caen por los suelos «aterrados de miedo». Están sobrecogidos por aquella experiencia tan cercana de Dios, pero también asustados por lo que han oído: ¿podrán vivir escuchando solo a Jesús, reconociendo solo en él la presencia misteriosa de Dios?
Entonces Jesús «se acerca, los toca y les dice: “Levántense. No tengan miedo”». Sabe que necesitan experimentar su cercanía humana: el contacto de su mano, no solo el resplandor divino de su rostro. Siempre que escuchamos a Jesús en el silencio de nuestro ser, sus primeras palabras nos dicen: «Levántate, no tengas miedo».
Muchas personas solo conocen a Jesús de oídas. Su nombre tal vez les resulta familiar, pero lo que saben de él no va más allá de algunos recuerdos e impresiones de la infancia. Incluso, aunque se llamen cristianos, viven sin escuchar en su interior a Jesús. Y sin esa experiencia no es posible conocer su paz inconfundible ni su fuerza para alentar y sostener nuestra vida. Cuando un creyente se detiene a escuchar en silencio a Jesús, en el interior de su conciencia escucha siempre algo como: No tengas miedo. Abandónate con toda sencillez en el misterio de Dios. Tu poca fe basta. No te inquietes. Si me escuchas, descubrirás que el amor de Dios consiste en estar siempre perdonándote. Y, si crees esto, tu vida cambiará. Conocerás la paz del corazón.
En el libro del Apocalipsis 3, 20 se lee: «Mira, estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa». Jesús llama a la puerta de cristianos y no cristianos. Podemos abrirle la puerta o rechazarlo. Pero no es lo mismo vivir con Jesús que sin él.
Es necesario encontrarse con Dios. Lo primero es hacer silencio, por fuera y por dentro, y escuchar su presencia en nosotros. Sosegar nuestra casa interior para acoger al que habita en nosotros. Afinar el oído para captar el murmullo de su paso, casi siempre suave como la brisa. El encuentro con Dios es siempre personal.
Cuando se da la verdadera comunicación con Dios, allí hay una persona viva, un hombre o una mujer que interroga, que busca, que suplica, que goza o se queja, que alaba o confía. Esta comunicación viva y personal con Dios es capaz de transformar a la persona y reorientar su vida de nueva manera. Cuando uno escucha con paz a Dios en el fondo de su corazón, se le iluminan las zonas oscuras que antes escapaban a su mirada; aprende a diferenciar lo real de lo meramente aparente y engañoso; descubre en su interior fuerzas que parecían haber desaparecido para siempre. La vida se transforma. Uno cuenta con una luz nueva, una fuerza que conforta, un espíritu que libera del desaliento. Y, sobre todo, se siente amado y con fuerzas para amar.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, José Antonio Pagola y José M. Castillo.

