La palestina del tiempo de Jesús era un país en el que la ganadería y la agricultura eran dos realidades importantes. El oficio de pastor no era una tarea de pobres, sino más bien, uno de los “oficios despreciados” en Israel. La mayoría de ellos eran tramposos y ladrones. Por eso estaba prohibido comprarles lana, leche o cabritos. En estas condiciones, Jesús hace la gran denuncia pública contra los “pastores religiosos” a los que acusa de extraños, ladrones y salteadores (Jn 10, 8). Esta acusación se refiere a los fariseos, y resulta notable que Jesús califique con tanta dureza la conducta moral de los pastores más observantes de los rituales religiosos.
Jesús denuncia en su acusación, a aquellos pastores a los que, en verdad, no les importa el rebaño, y a los que no conocen ni son conocidos por sus ovejas, llamándolos, sobre todo, ladrones y salteadores. La preocupación central de estos hombres es cumplir las normas, observar los ritos, ser vistos como hombres ejemplares.
El evangelio nos da unas sugerencias pastorales:
Lo primero es “escuchar su voz” en toda su frescura y originalidad. Sin con- fundirla con el respeto a las tradiciones ni con la novedad de las modas. No dejarnos distraer ni aturdir por otras voces extrañas que, aunque se escuchen en el interior de la Iglesia, no comunican su Buena Noticia. Los creyentes escuchamos la voz de Jesucristo. Él es nuestro maestro, nosotros somos condiscípulos. Y este maestro nos habla desde dentro.
En segundo lugar, es importante sentirnos llamados por Jesús, “por nuestro nombre”. Dejarnos atraer por él personalmente. Dios es amigo y padre. Descubrir su presencia amistosa. Descubrir poco a poco, y cada vez con más alegría, que nadie responde como él a nuestras preguntas más decisivas, nuestros anhelos más profundos y nuestras necesidades últimas.
En un tercer momento, es decisivo “seguir” a Jesús. La fe cristiana no consiste en creer cosas sobre Jesús, sino en creerle a él: vivir confiando en su persona. Inspirarnos en su estilo de vida para orientar nuestra propia existencia con lucidez y responsabilidad. Hay que arriesgarse a confiar. En él encontramos descanso y paz.
Y en un cuarto momento, es vital caminar teniendo a Jesús “delante de nosotros”. No hacer el recorrido de nuestra vida en solitario. Experimentar en algún momento, aunque sea de manera torpe, que es posible vivir la vida desde su raíz: desde ese Dios que se nos ofrece en Jesús, más humano, más amigo, más cercano y salvador que todas nuestras teorías. Esta relación se va despertando en nuestro interior de forma frágil y humilde. Al comienzo, es casi solo un deseo. Por lo general, crece rodeada de dudas, interrogantes y resistencias. Pero, sin saberse cómo, llega un momento en que el contacto con Jesús empieza a marcar decisivamente nuestra vida. El Papa Francisco ha reconocido que “necesitamos crear espacios motivadores y sanadores… lugares donde regenerar la fe en Jesús”. Hemos de escuchar su llamada. Captar a Dios como el Creador de vida. Pues en cada uno habita el Espíritu que es “Señor y dador de vida. Este abrirse a Dios es reforzar nuestra verdadera identidad, crecer como personas, aprender a vivir la vida intensamente, con hondura. Viendo la voluntad de Dios, es decir, “lo bueno, lo agradable, lo perfecto”, lo que puede estar en armonía con el Creador que quiere el bien y la felicidad de todo ser humano.
Entonces Jesús les da la clave del relato: «Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas». Quienes entran por el camino abierto por Jesús y le siguen viviendo su evangelio, son verdaderos pastores: sabrán alimentar a la comunidad cristiana. Quienes entran en el redil dejando de lado a Jesús e ignorando su causa, son pastores extraños: harán daño al pueblo cristiano.
Hemos de hacer crecer entre nosotros el respeto mutuo y la comunicación, el diálogo y la búsqueda sincera de la verdad evangélica. Necesitamos respirar cuanto antes un clima más amable en la Iglesia. No saldremos de esta crisis si no volvemos todos al espíritu de Jesús. El es “la Puerta”.
En este desierto del Coronavirus, si queremos entrar por esa Puerta, necesitamos recuperar el silencio interior que nos permite vivir con hondura. El sosiego interior ayuda a la persona a encontrarse consigo misma y escuchar sus verdaderos deseos. Un cuerpo relajado, una mente serena, un espíritu pacificado ayudan a curarse de muchos problemas, pues permiten enfrentar-se a ellos con más fuerza interior. El silencio, la atención a nuestro mundo interior, la meditación, abren el acceso a todo lo más humano. La fe en Jesucristo es posible, cuando de alguna manera se escucha su voz, aunque sea de manera casi imperceptible. Cuando se vive lleno de ruido interior y exterior es difícil escuchar esa voz.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, José Antonio Pagola y José M. Castillo.

