Según los estudiosos, la sociedad que conoció Jesús era muy diferente a la nuestra. Sólo las familias poderosas de Jerusalén y los grandes terratenientes de Tiberíades podían acumular monedas de oro y plata. Los campesinos apenas podían hacerse con alguna moneda de bronce o cobre, de escaso valor. Muchos vivían sin dinero, intercambiándose productos en un régimen de pura subsistencia. En esa sociedad, Jesús habla del dinero con una frecuencia sorprendente. Sin tierras ni trabajo fijo, su vida itinerante de Profeta dedicado a la causa de Dios, le permite hablar con total libertad. Por otra parte, su amor a los pobres y su pasión por la justicia de Dios lo urgen a defender siempre a los más excluidos.
Tal como está redactada, esta parábola se presta a caer en el engaño que consiste en pensar que Dios elogia el talento de los que saben acumular dinero, aunque eso se haga mediante el engaño y la corrupción. Sin embargo, se habla del dinero injusto. Lo que enseña este evangelio es el rechazo tajante de la acumulación de bienes y riqueza. “No pueden servir a Dios y al dinero”. La acumulación de riqueza deshumaniza, destruye nuestra propia humanidad. La deshumanización que produce la codicia es tal, que no solo produce individuos inhumanos, sino igualmente criterios inhumanos, relaciones deshumanizadas y una sociedad encanallada.
Esto es justamente lo que ha pasado siempre en nuestra sociedad dominicana. Y lo que estamos viendo y padeciendo ahora con motivo de la crisis económica y de las campañas presidenciales. Decimos que quienes se han enriquecido, mediante turbios negocios financieros, son unos canallas y corruptos. Pero los premiamos dejándoles ganar más dinero, situándolos en los cargos de mayor responsabilidad, confiándoles carteras o ministerios de poder y mando. La riqueza de aquellos poderosos es injusta porque ha sido amasada de manera injusta y porque la disfrutan sin compartirla con los pobres y hambrientos. Sería necesario preguntarnos: ¿Cómo consentimos lo que está ocurriendo y no saltamos, de una vez, tomando en serio la sentencia de Jesús según la cual no podemos servir a Dios y al dinero?
Jesús viene a decir así a los ricos: “Empleen su riqueza injusta en ayudar a los pobres; gánense su amistad compartiendo con ellos sus bienes. Ellos serán sus amigos y, cuando en la hora de la muerte el dinero no les sirva ya de nada, ellos los acogerán en la casa del Padre”. Dicho con otras palabras: la mejor forma de “blanquear” el dinero injusto ante Dios, es compartirlo con sus hijos más pobres. Los cristianos no podemos mirar para otro lado. Es cierto que la Iglesia no tiene en sus manos la solución, pero somos portadores de una conciencia animada por la compasión. Hemos de recordar sin cansarnos, el horror del hambre en nuestros campos y barrios, y debemos de gritar en voz alta, la mentira de nuestro bienestar. Hay que cambiar nuestra manera de ver la realidad. Hay que centrar de nuevo la historia en ese Dios que nos recuerda la dignidad de todo ser humano. Hemos de transformar las conciencias y rebelamos frente a la indignidad de esta civilización.
No olvidemos que el corazón del individuo atrapado por el dinero se endurece. Tiende a buscar sólo su propio interés, no piensa en el sufrimiento y la necesidad de los demás. En su vida no hay lugar para el amor desinteresado y la solidaridad. Por eso mismo, no hay lugar para un Dios, Padre de todos. Es necesario aprender a vivir de manera nueva, ver las cosas como son. Saber que cuantas más cosas poseemos y acumulamos a nuestro alrededor, más crece nuestra inseguridad y nuestra preocupación. Más difícil se nos hace asegurar nuestra felicidad. La felicidad no es algo que se alcanza poseyendo cosas y más cosas, sino algo que se comienza a intuir y experimentar cuando nuestro corazón se va liberando de tantas ataduras y esclavitudes. Jesús nos lo recuerda; mientras sigamos sirviendo al dinero, no nos abriremos ni sabremos lo que es la vida, el amor y la alegría verdadera.
El dinero es sólo un medio para vivir. Si deseamos una base sólida para nuestra vida y nuestra familia, lo que tenemos que hacer es utilizar ese dinero para hacer todo el bien que podamos en nuestra sociedad. Como seguidor de Cristo, él nos recuerda en este evangelio, que sea cual sea la riqueza que yo tenga – material, intelectual o espiritual – nada es realmente mío. Soy solo un siempre administrador o servidor. ¿Cómo sé si estoy siendo un administrador astuto, con el don de la vida que Dios me ha regalado?
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, José Antonio Pagola y José María Castillo.

