DUODÉCIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO A
En el tiempo en el que se escribe el Evangelio de Mateo, el culto al emperador estaba muy extendido sobre todo por Asia Menor. El emperador Domiciano era considerado como un dios. Las autoridades locales, sometidas al poder, exigían que todos se postraran y adoraran a aquel a quien el profeta del Apocalipsis llama “la bestia” (Apocalipsis 13, 4; 12).
Los cristianos no podían rendir honores divinos al rey. Por ello, comenzaron las persecuciones. A muchos este acoso les resultaba insoportable y estaban al borde de la apostasía. Mateo intenta que los cristianos perseguidos superen este momento difícil. El miedo es su peor enemigo. Este miedo se manifiesta en el temor a perder el puesto en la sociedad, a perder el aprecio de los superiores, a perder amistades, a ser despojados de sus bienes, a ser castigados, degradados o, incluso, a morir. Quien tiene miedo ya no es libre. Es normal tener miedo, pero no podemos dejarnos dominar por él. Terminamos paralizados.
En el Evangelio de hoy, Jesús insiste tres veces: “¡No tengan miedo!”, y en cada ocasión añade un motivo para justificar su recomendación.
El anunciador del Evangelio teme, en primer lugar, que la violencia desatada por los enemigos de Cristo haga fracasar su misión. Jesús le asegura que, a pesar de las pruebas y las dificultades, el Evangelio se extenderá y transformará el mundo. Jesús nos asegura que las semillas de bondad que se han sembrado con esfuerzo y dolor, probablemente no se verán germinar, sin embargo, se debe cultivar la gozosa certeza de que la cosecha crecerá y será abundante. Su trabajo no será en vano, e incluso si son condenados a muerte, ningún enemigo podrá impedir la realización del plan de Dios.
El segundo temor es el de ser maltratado o incluso condenado a muerte. Jesús nos invita a reflexionar sobre el daño que pueden causar los enemigos del Evangelio. Pueden ofender, acusar injustamente, golpear, confiscar bienes y quitar la vida. Sí, ¡pero nada más! Ninguna violencia puede privar al discípulo del único tesoro perdurable, la vida que ha recibido de Dios y que nadie puede arrebatarle. Pablo estaba profundamente convencido: “Estoy seguro de esto: ni las tribulaciones ni la angustia, ni la persecución ni el hambre, ni la falta de ropa, ni los peligros ni la espada… nada nos separará del amor de Dios que tenemos en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rom. 8,35-339)
La tercera razón por la que la persecución nos asusta es que a menudo no solo nos afecta a nosotros, sino también a quienes nos rodean y que pueden verse privados del sustento necesario. Ante esta objeción, Jesús responde recordando la confianza en la providencia del Padre celestial. No promete a sus discípulos que no pasará nada, que siempre serán rescatados. Les asegura que Dios reconocerá su verdadera bondad si se atreven a permanecer fieles. El recordatorio de que Dios ya ha contado hasta el último cabello de la cabeza es efectivo. Nadie puede escapar a su amor y a su bondad. Él se interesa por cada criatura, incluso por la más pequeña.
El relato del evangelio que la liturgia nos propone en este domingo concluye con una promesa: Jesús reconocerá, ante su Padre, a quienes lo hayan reconocido ante los hombres. Se da a conocer por quienes no han temido proclamar su Evangelio, incluso a costa de su vida. No lo reconocen quienes no siguen sus pasos ni quienes no hacen presente su Palabra en el mundo.
Hoy en día, muchas personas siguen siendo asesinadas a causa del Evangelio. Incluso sin derramamiento de sangre, la persecución existe y es inevitable. A veces se manifiesta abiertamente mediante insultos y burlas públicas; otras veces, a través de la marginación, la discriminación o las exclusiones sutiles y encubiertas. Quienes no se preocupan por los demás han adoptado los principios de este mundo y, tal vez, han renunciado al Reino de Dios sin darse cuenta.
Señor, me refugio en ti ¡pongo mi vida en tus manos!
Jesús María Amatria, cmf.

