OBREROS DEL REINO
Al compadecernos, inicia nuestra misión…
Hoy Jesús nos invita a orar por las vocaciones sacerdotales y religiosas. Pero es peligros, y también incorrecto, restringir el pasaje del Evangelio a la jerarquía de la Iglesia. Este pensamiento nos lleva a creer que solo ellos existen para servir a la comunidad y supone que su ausencia deja al pueblo de Dios como un rebaño sin pastor, dejando la cosecha sin recoger por falta de segadores.
Los doce discípulos no representan sólo a los obispos y a los sacerdotes, sino a todo el pueblo de Dios. Si esta es la perspectiva, entonces la interpretación del pasaje cambia. Cada discípulo estamos llamados a una misión en el mundo. Cualquiera que sea nuestra condición, casados o solteros, instruidos o ignorantes, fuertes o débiles, todos debemos participar en la construcción del Reino de Dios.
Ahora nos queda claro por qué es necesaria la oración, no para convencer a Dios, sino para transformar nuestro corazón humano y responsabilizarnos con la misión.
Jesús envía a los Doce. Como siempre nos trae una novedad. Los rabinos de su tiempo se rodeaban de discípulos para convertirlos en rabinos respetados, bien remunerados y protegidos. Jesús, en cambio, llama a sus discípulos. Siente compasión por su pueblo porque no ve a nadie que se preocupe por ellos, ni los líderes políticos ni las autoridades religiosas. Todos tienen en mente sus propios intereses, ventajas y perspectivas de ascenso. Buscan privilegios; mejorar sus propias vidas y, en el proceso, descuidan a los hambrientos, los enfermos, los oprimidos y las víctimas de abusos.
Jesús es sensible a las necesidades y al dolor de la gente. La palabra compasión aparece solo doce veces en los Evangelios. En todos los casos, se usa para expresar el profundo sentimiento de Dios o de Cristo hacia las personas. Aquí, se aplica al sentimiento que experimenta Jesús, no permanece indiferente, no observa la situación en la que su pueblo lucha con desapego o desinterés, sino que su condición lo conmueve. Siente una emoción visceral, “se le remueven las entrañas”. Esta compasión lo lleva a intervenir. Inicia a un nuevo pueblo llamando a los Doce, un número que se refiere a las doce tribus de Israel.
Jesús exhorta a sus discípulos a continuar su obra. Para ello, les pide, ante todo, que oren, pues solo en la oración pueden comprender los sentimientos de Dios. Luego les otorga la autoridad para expulsar espíritus malignos y sanar a los enfermos. No nos imaginemos que, con este don, los cristianos especialmente los sacerdotes, hayan recibido algún poder misterioso para realizar milagros o curar a las personas. Los demonios y las enfermedades simbolizan todo lo que se opone a la vida humana, lo que no deja que nos desarrollemos como personas sea físico, mental o espiritual.
Son la expresión de todas las formas de muerte a las que debemos enfrentarnos en todo momento. La autoridad que Jesús confiere no recae sobre las personas, sino sobre el mal. Es el poder prodigioso de su palabra, que puede erradicar el mal y crear un mundo nuevo.
En los últimos versículos, Jesús reitera la misión a la que los discípulos estamos llamados, “Vayan y prediquen. El reino de los cielos está cerca. Sanen a los enfermos, resuciten a los muertos, limpien a los leprosos y expulsen a los demonios”. Es lo que Jesús mismo hizo. Por lo tanto, los cristianos estamos llamados a dedicar toda nuestra energía a reproducir lo que Jesús hizo para que nuestro Maestro siga presente en el mundo. Él fue el primer obrero enviado a la mies; los discípulos somos sus colaboradores.
El texto de la liturgia de hoy concluye con una exhortación: “Den gratis lo que han recibido gratis”. Recibieron esto como un regalo, denlo también como un regalo. Es una exigencia de desapego total de cualquier interés propio en el desempeño de nuestra labor apostólica. El discípulo de Cristo no trabaja por beneficio personal, para ser conocido, estimado o venerado, y mucho menos para enriquecerse. Ofrecemos nuestra disposición libremente, como lo hizo el Maestro. Nuestra única recompensa será la alegría de haber servido y amado a nuestros hermanos y hermanas con la generosidad que vemos en Jesús. ¡Abramos el corazón para amar a los que lo necesitan!
Jesús María Amatria, CMF.

