«Verán venir al hijo del hombre».
A los primeros cristianos no les era fácil perseverar fieles a Jesús: ¿Cuándo se implantaría el reino de Dios?, ¿Cuándo dejarían de sufrir los pobres y desgraciados?, ¿Cuándo se terminarían los abusos e injusticias de los poderosos?
En su escrito, Marcos quiso ofrecer a sus lectores la visión del «Final», para infundirles luz y esperanza. La historia humana, la individual y la colectiva, se encaminaba a un final, cuya cercanía o lejanía ningún humano podía determinar, pero al que debía prepararse. Jesús usó imágenes apocalípticas, muy conocidas para los judíos: Su manera de hablar mediante símbolos, comunicaba una serie de verdades importantes sobre la victoria de Dios sobre el mal. La palabra apocalipsis significa revelación. Los discípulos querían fechas; Jesús no revelaría nada sobre cómo sería el final, sino, cómo había que vivir la historia, a fin de prepararse para ese final.
Jesús acentuaba tres cosas muy importantes: primero, que lo definitivo en la historia no es el triunfo del mal, sino el del bien; no el del pecado sino el de Dios, por negro que se vea el panorama; segundo, que cuando El venga, no lo hará como Juez castigador, sino para salvar; y tercero, que la salvación no es sólo para unos cuantos, como pensaban los fariseos, ni sólo para los judíos -y añadimos que tampoco es sólo para los cristianos-, sino que juntará gente de todas las razas, lenguas y naciones: a todos los hombres de buena voluntad.
El discurso apocalíptico en Marcos quiere ofrecer algunas convicciones que han de alimentar su esperanza:
Primera convicción. La historia apasionante de la Humanidad llegará un día a su fin. El «sol» que señala la sucesión de los años se apagará. La «luna» que marca el ritmo de los meses ya no brillará. No habrá días y noches. No habrá tiempo ni espacio. «Las estrellas caerán del cielo»: la distancia entre el cielo y la tierra se borrará. Esta vida no es para siempre. Un día llegará la Vida definitiva, en que viviremos en el Misterio de Dios.
Segunda convicción. Jesús volverá y sus seguidores podrán ver por fin su rostro deseado: «verán venir al Hijo del Hombre». El sol, la luna y los astros se apagarán, pero el mundo no se quedará sin luz. Será Jesús quien lo iluminará para siempre, poniendo verdad, justicia y paz en la historia humana, tan esclava hoy de abusos, injusticias y mentiras.
Tercera convicción. Jesús traerá consigo la salvación de Dios. Llega con el poder grande y salvador del Padre. No se presenta con aspecto amenazador. El evangelista no habla de juicios y condenas. Jesús viene a «reunir a sus elegidos», a los que esperan con fe su salvación.
Cuarta convicción. Las palabras de Jesús «no pasarán». Nunca perderán su fuerza salvadora. Han de continuar alimentando la esperanza de sus seguidores y el aliento de los pobres. No caminamos hacia la nada y el vacío. Nos espera el abrazo con Dios.
En un mundo donde todo es efímero y de cambios vertiginosos, donde ya nada es estable y todo pertenece a la cultura del instantáneo o del desechable, la palabra de Jesús vuelve a retumbar en la conciencia de los cristianos haciéndonos la invitación fundamental a redescubrir que la Palabra de Dios, que él nos ofrece, no pasará jamás. Permanece en el tiempo y en el espacio, y más aún: Es una palabra capaz de recrearlo y de hacerlo nuevo todo. Para acoger la Palabra de Jesús es necesario entrar en una dinámica de profunda transformación de todas las estructuras egoístas que impiden vivir la vida en la dimensión gozosa del Reino.
Al final, está Dios. No cualquier Dios, sino el Dios revelado en Jesucristo. Un Dios que quiere la vida, la dignidad y la dicha plena del ser humano. Todo queda en sus manos. Él tiene la última palabra. Un día cesarán los llantos y el terror, y reinará la paz y el amor. Dios creará «unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habitará la justicia» (2 Pe 3, 13). Esta es la firme esperanza del cristiano enraizada en la promesa de Cristo: «El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán» (Mc 13, 31). Abramos nuestro corazón para que esta Palabra llegue a nuestra vida y seamos nuevas creaturas, según el corazón de Dios.
Juan Andrés Hidalgo Lora, CMF. Fuentes: José Antonio Pagola, Diario Bíblico 2018, Carlos Bravo, SJ

