Una Esperanza Diferente. Hay creyentes que celebran la resurrección de Cristo, mirando lo sucedido al Crucificado en el pasado, centrando la atención en el gesto creador del Padre, que levantó a Jesús de la muerte para introducirlo en la vida plena de Dios. Esta manera de vivir la resurrección, hace brotar el canto, la alabanza y la acción de gracias al Dios que no abandona nunca a quien confía en él.
Hay otros que sin negar la intervención de Dios, viven la resurrección de Jesús como una experiencia presente que ilumina y renueva su existencia. Cristo está vivo, «resucitando» hoy nuestras vidas. Estos son los que experimentan la resurrección con una fe semejante a la de san Pablo: «Ya no soy yo quien vive. Es Cristo quien vive en mí». Aunque es importante saber qué le sucedió al Jesús muerto en el pasado, es fundamental vivir la adhesión a un Cristo vivo en el presente. Así, la resurrección de Cristo nos impulsa a mirar el futuro con esperanza.
Quien vive animado por la fe en la resurrección de Cristo, pone su mirada en el futuro. No permanece esclavo de heridas y pecados en su pasado, tampoco se detiene en las crisis y sufrimientos del presente. Mira hacia adelante, hacia lo que nos espera. Esta esperanza genera una manera nueva de estar en la vida. El cristiano lo ve todo en marcha, en gestación, moviéndose hacia su realización plena. No se contenta con las cosas tal como son hoy; busca lo venidero. Nada aquí es definitivo, ni nuestros logros ni nuestros fracasos. «Aquí no tenemos ciudad permanente, andamos en busca de la futura» (Hb 13, 14).
No está entre los muertos. ¿Por qué buscan entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado. Este es el mensaje que escuchan las mujeres. Es el mensaje que hemos de escuchar hoy sus seguidores. ¿Por qué buscamos a Jesús en el mundo de la muerte? ¿Por qué cometemos siempre el mismo error de buscarlo en tradiciones muertas, en fórmulas anacrónicas o en citas gastadas? ¿Cómo nos encontraremos con él, si no alimentamos el contacto vivo con su persona, si no captamos bien su intención de fondo y nos identificamos con su proyecto de una vida digna y justa para todos?
¿Cómo nos encontraremos con el que vive, si ahogamos la vida entre nosotros, apagando la creatividad, alimentando el pasado, autocensurando nuestra fuerza evangelizadora, suprimiendo la alegría entre los seguidores de Jesús?
¿Cómo acoger su saludo de “¿Paz a ustedes”, si vivimos descalificándonos unos a otros? No podremos sentir la alegría del resucitado si introducimos miedo en la Iglesia. Y, ¿cómo nos vamos a liberar de tantos miedos, si nuestro miedo principal es encontrarnos con el Jesús vivo y concreto que nos transmiten los evangelios?
Para contagiar fe en el Jesús vivo, debemos sentir arder nuestro corazón, como los discípulos de Emaús. Le seguiremos de cerca, cuando al reunirnos en su nombre, reavivamos la experiencia de reconocerlo vivo en medio de nosotros. Lo veremos hoy, en este mundo injusto e insensible al sufrimiento ajeno, al buscarlo en los pequeños, los humillados y crucificados. Escucharemos claramente su llamada, abriendo nuestros oídos para escuchar los lamentos de los que sufren cerca o lejos de nosotros.
Cuando María Magdalena y sus compañeras contaron a los apóstoles el mensaje que habían escuchado en el sepulcro, ellos no las creyeron. Éste es también hoy nuestro riesgo: no escuchar a quienes siguen a un Jesús vivo. El Señor está vivo, y desea ser su amigo, su amigo íntimo.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf.
Párroco

