«EL HIJO DEL HOMBRE HA VENIDO PARA DAR SU VIDA EN RESCATE POR TODOS».
Hoy podemos ver que muchos son amantes del poder y que buscan siempre los mejores puestos. Sin importar el sacrificio que conlleva. Y es que muchas veces no importa por encima de quien o de qué tengan que pasar, buscan ser siempre los primeros. Aunque destruya al que va a nuestro lado. Todo por adquirir lo que quiero a como dé lugar. Y cuánta destrucción ha traído a la humanidad. Cuántas familias vemos que, por repartición de una herencia se destruyen. Sin embargo, en esa familia, cuando el Papá y la Mamá han caído enfermos no han tenido quien los vaya a ver, ni mucho menos a limpiar.
Y cuántas amistades se rompen por algún puesto de trabajo, porque la lucha de intereses siempre es mayor. Pero cuán diferente sería si nos olvidáramos del poder. Y pusiéramos el poder del amor entre nosotros. Se buscaría, en vez de la destrucción, la unidad en los proyectos y en los trabajos.
En el evangelio se nos muestra a los discípulos que seguían a Jesús mientras que él subía a Jerusalén. Y en el contexto de este pasaje. Las autoridades sienten que su anuncio amenaza su poder y sus intereses. Porque los poderosos siempre se han creído que les basta con eliminar a la persona que les perturba.
Jesús, anuncia su pasión y todo lo que le va a suceder en su ministerio. Y propone ver su cáliz. Y nos pregunta si somos capaces de beber del cáliz que él ha de beber, e incluso de tomar la cruz. Somos nosotros los que debemos identificarnos con ella. En dar muerte a todo lo que nos separa de él y de nuestros hermanos. Y vivir una vida nueva en lo que llamamos la conversión.
El Señor se los dice abiertamente, sube a dar la vida por amor. Sin embargo, sus seguidores están en otra sintonía, se preocupan por asegurar otra posición. Vemos que ellos estaban asombrados, y a pesar del seguimiento tenían miedo. Algunos de sus discípulos buscaban el triunfo, pero no precisamente el que Jesús quería para ellos.
Y quizás hoy nos defina a nosotros, porque muchas veces seguimos a Jesús con mucho miedo, y en los momentos de dificultad nos olvidamos del seguimiento. Pero este seguimiento es lo que nos ayuda a adquirir confianza, y a saber que no estamos solos, que el Señor no nos va a abandonar. Sería bueno que hoy revisáramos nuestro caminar y viéramos si el miedo nos está alejando, nos está paralizando, en cuanto a nuestro seguimiento de aquel que no nos abandona. El amor que él tiene por ti es muy grande, él solo quiere lo mejor de ti.
Otro aspecto que nos muestra este evangelio es que no seamos interesados porque lo que viene de Dios siempre es lo mejor. Vemos como la búsqueda del poder también se mete entre los discípulos. Y su pedido es que uno esté a su derecha y otro a su izquierda, pero debemos tener claro que quien quiere seguir a Jesús no debe interesarse en buscar el poder y dejar de lado el servicio. Acuérdate que el verdadero poder viene del servicio. No sigas al Señor poniéndole condiciones, síguelo desde el amor.
Es interesante ver como los demás discípulos se enfadan con esos dos hermanos. Por eso él les dice que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen: No será así entre ustedes. En el reino que él ha venido a instaurar nada de eso, ni siquiera con el pretexto de implantar el orden ni el bienestar de los demás. Ya sabemos que en todo tiempo el hombre es ambicioso. Pero Jesús nos viene a pedir que cuidemos nuestras actitudes y valores. Él quiere de nosotros un nuevo orden de sentir, de valorar, de ver y juzgar e incluso de vivir.
Jesús quiere que seamos diferentes, quiere encontrar en nosotros bondad, ternura y compasión. El que quiera ser grande no tiene que dejar de ser bueno, sencillo y mucho menos dejar de hacer el bien. Jesús nos deja claro cuál es el poder que conlleva su reino y que no es algo que está contaminado, sino marcado por la cruz, signo de entrega y amor por la humanidad.
Pidamos al Señor que nos ayude a seguirle sin ningún interés. Y que esto lo hagamos con entusiasmo, dejando de lado el miedo y el egoísmo. Y que nos acerquemos a él con una entrega de amor incondicional. Concédenos la gracia de cada día, de ser más pequeños y en tu nombre servir con amor a los demás. Porque tú sufriste al ser crucificado; dame la gracia de no crucificarte con mis pecados, sino de vivir en gracia para alegrar tu corazón.
Terminemos orando.
«A él se le acercaron. Los hijos de Zebedeo. Que eran Santiago y Juan. Le pidieron a Jesús. Que si podían sentarse. Uno fuera a la derecha. Y otro fuera a la izquierda. Pero Jesús les decía. Pues no saben lo que piden. Aunque ustedes digan puedo. Yo no puedo hacer nada. Pues eso le tocará a quien le esté reservado. Los diez al oír aquello. Se pusieron indignados. Pero con Santiago y Juan. Pues no se dejen conocer. Como jefes de los pueblos. Para que no los opriman. Pero que entre nosotros. No pueda ser así. Aquel que quiera ser grande. Que sea nuestro servidor. El que quiera ser primero. Que se haga esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre. No vino a ser servido. Sino que vino a servir. Y a dar su vida en rescate. Por el mundo. Amén».
«Señor te lo pido. Que sea más pequeño. Así yo podré. Entrar en el reino. Sirviéndote a ti. También los demás. Con todo el amor. Con mucha humildad. Yo quiero Señor. Contigo reinar. Entrar en el cielo. Para siempre gozar. Amén».
«Quiero que me sientas. Que estoy a tu lado. No quiero que pienses. Que Dios te ha dejado. Piensa solo en Dios. Hijo de mi alma. Nadie te dará. Lo que Dios te ha dado. Concéntrate en Dios. Sentirás que te amo. Adórame siempre. Que estoy a tu lado. Quiero que compartas. En la adoración. Lo que Dios te ha dado. Amén».
«Si yo tengo que dejar. Toda mi vida Señor. Eso sería lo mejor. Que me pueda a mi pasar. Pero te quiero pedir. Es que tú me des la fuerza. Sabes que humano yo soy. Con la fuerza que me des. Yo dejo todo Señor. Menos yo dejarte a ti. Ya yo te dije que sí. Todo dejé por seguirte. Así mismo tú lo hiciste. Y me enseñaste a mí. Dame esa gracia Señor. Que pueda dejarlo todo. Para yo seguirte a ti. Amén».
«Si tú quieres volar alto. Y quieres llegar al cielo. Tienes que bajar primero. Someterte a la humildad. A lo que Cristo te mande. Hazlo con todo el amor. Solo Dios da el valor. Él ve lo que uno hace. Si está bien él se complace. Y se siente agradecido. Él te trata como a un hijo. Yo soy tu Padre y tu Amigo. Siempre te tengo a mi lado. En lo bueno te he apoyado. En lo malo te corrijo. Lo hago porque te quiero. Si yo no lo hiciera así. No podría subir aquí. Para estar junto contigo. Amén».
Juan Andrés Hidalgo Lora, CMF

