“Arrepiéntanse, porque está cerca el reino de Dios”. Según Mateo, éstas son las primeras palabras que pronuncia Juan en el desierto de Judea, y son también las primeras que pronuncia Jesús al comenzar su actividad profética a orillas del lago de Galilea. Con la predicación del Bautista comienza ya a escucharse la llamada a la conversión que centrará todo el mensaje de Jesús. Todavía no ha hecho su aparición y Juan ya está llamando a un cambio radical, pues Dios quiere reorientar la vida hacia su verdadera meta. Esta conversión no consiste en hacer penitencia. Tampoco basta con pertenecer al pueblo elegido. No es suficiente recibir el bautismo del Jordán. Es necesario “dar el fruto que pide la conversión“: una vida nueva, orientada a acoger el reino de Dios.
Hay algo nuevo y sorprendente en este profeta. No predica en Jerusalén como Isaías y otros profetas: vive apartado de la elite del templo. Tampoco es un profeta de la corte: se mueve lejos del palacio de Antipas. De él se dice que es «una voz que grita en el desierto», un lugar que no puede ser fácilmente controlado por ningún poder. No llegan hasta el desierto los decretos de Roma ni las órdenes de Antipas. Allí no se escucha el bullicio del templo ni tampoco las discusiones de los maestros de la ley. En cambio, se puede escuchar a Dios en el silencio y la soledad. Es el mejor lugar para iniciar la conversión a Dios, para preparar el camino a Jesús.
Esta llamada que ya comienza a escucharse en el desierto, será el núcleo del mensaje de Jesús, la pasión que animará su vida entera. Viene a decir así: “Comienza un tiempo nuevo. Se acerca Dios. No quiere dejarlos solos frente a los problemas y conflictos. Los quiere ver compartiendo la vida como hermanos. Acojan a Dios como Padre de todos. No olviden que están llamados a una Fiesta final en torno a su mesa“. Es necesario, promover los “signos” del reino que Jesús practicaba: la acogida a los más débiles; la compasión hacia los que sufren; la creación de una sociedad reconciliada; el ofrecimiento gratuito del perdón; la bendición a los niños; la defensa de toda persona. A Jesús sólo se le puede seguir en estado de conversión. Necesitamos alimentar una «conversión sostenida». Una actitud de conversión que hemos de transmitir a las siguientes generaciones. Sólo una Iglesia así es digna de Jesús.
La aparición de Jesús representa algo nuevo y sorprendente. Su predicación ya no se centra en el juicio de Dios. El que llega no es un Juez airado, sino un Padre que quiere reinar y ser acogido, porque sólo busca una vida más digna y dichosa para todos. Jesús no oculta el riesgo de quedarse fuera de «la fiesta final», pero Dios ofrece su perdón gratuito a todos, incluso a los paganos y pecadores. Jesús introduce en los corazones confianza en un Dios bueno, porque entiende la religión, no como la preparación de un juicio, sino como la acogida de un Dios Padre que quiere vernos convivir como hermanos. No nos podemos quedar en Juan. Los cristianos han de seguir a Jesús, no al Bautista. La nuestra no es una religión del miedo, sino de la confianza en Dios. Lo decisivo no es hacer penitencia, sino «ser misericordiosos como el Padre es misericordioso».
Es importante buscar un «fundamento sólido» a la vida. ¿En qué podemos apoyarnos en medio de tanta incertidumbre y desconcierto? La vida es como una casa: hay que cuidar la fachada y el tejado, pero lo importante es construir sobre cimiento seguro. Al final, siempre necesitamos poner nuestra confianza última en algo o en alguien. ¿No será que necesitamos a Dios? Para recuperar caminos hacia Dios, necesitamos aprender a callar. A lo más íntimo de la existencia se llega, no cuando hablamos y nos agitamos, sino cuando hacemos silencio. Cuando la persona se recoge y está callada ante Dios, tarde o temprano el corazón comienza a abrirse. Se puede vivir encerrado en uno mismo, sin caminos hacia nada nuevo y creador. Pero también se puede buscar nuevos caminos hacia Dios.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf y José Antonio Pagola.

