El Adviento es un tiempo de espera y de preparación para el primer misterio: la encarnación del Hijo de Dios, que, en el seno de María, se hace uno más de nosotros. Jesús nace en Belén y nos invita a renacer, con corazón y espíritu nuevos. Dios al hacerse hombre nos llama a ser actores, junto a Él, del proceso salvífico; quiere hacernos participar de la tarea de reparar el daño producido por nuestra rebelión contra el querer de Dios. Cada día es un nuevo nacimiento, una oportunidad para renovar el corazón en sintonía con el niño que nace en Belén. Este tiempo dura cuatro semanas, terminando el día de Nochebuena.
Perdidos en el vasto Imperio de Roma, las primeras comunidades cristianas vivieron años muy difíciles, en medio de conflictos y persecuciones. Aquellos cristianos buscaban fuerza y aliento, esperando la pronta venida de Jesús y recordando sus palabras: “Vigilen. Vivan despiertos. Tengan los ojos abiertos. Estén alerta, muy atentos a los signos de los tiempos.”
¿Significan todavía algo para nosotros, las llamadas de Jesús a vivir despiertos? ¿Qué es hoy para los cristianos, poner nuestra esperanza en Dios viviendo con los ojos abiertos? ¿Dejaremos que se agote definitivamente, en nuestro mundo secular, la esperanza en una última justicia de Dios para esa inmensa mayoría de víctimas inocentes, que sufren sin culpa alguna en nuestra sociedad dominicana?
Precisamente, la manera más fácil de falsear la esperanza cristiana es esperar de Dios nuestra salvación eterna, mientras damos la espalda al sufrimiento que hay ahora en el mundo. Un día tendremos que reconocer nuestra ceguera ante Cristo Juez: ¿Cuándo te vimos hambriento o sediento, extranjero o desnudo, enfermo o en la cárcel, y no te asistimos? Este será nuestro diálogo final con él si vivimos con los ojos cerrados.
No siempre es fácil poner nombre al malestar profundo y persistente que podemos sentir en algún momento de la vida. Así me lo han confesado en más de una ocasión, en direcciones espirituales, personas que, por otra parte, buscaban «algo diferente», una luz nueva, tal vez una experiencia capaz de dar un color nuevo a su vivir diario. Lo podemos llamar «vacío interior», insatisfacción, incapacidad de encontrar algo sólido que llene el deseo de vivir intensamente. Tal vez sería mejor llamarlo «aburrimiento», cansancio de vivir siempre lo mismo, sensación de no acertar con el secreto de la vida: nos estamos equivocando en algo esencial y no sabemos exactamente en qué. Esto provoca el pecado de la indiferencia.
Hoy no es un domingo más para los cristianos del Claret. Con este primer domingo de Adviento comenzamos un nuevo año litúrgico. De ahí, la llamada urgente que se escucha hoy: «Estén en vela», «Démonos cuenta del momento que vivimos», «Es hora de despertar». Todos debemos preguntamos qué es lo que estamos descuidando en nuestra vida, en nuestra familia, en nuestra parroquia; qué es lo que debemos cambiar, a qué hemos de dedicar más atención y más tiempo.
Las palabras de Jesús están dirigidas a todos y a cada uno de nosotros: «Vigilen.» Debemos reaccionar. Si lo hacemos, viviremos uno de esos raros momentos en que nos sentimos «despiertos» desde lo más hondo de nuestro ser.
Vigilar es antes que nada despertar de la inconsciencia. Vivimos el sueño de ser cristianos cuando, en realidad, no pocas veces, nuestros intereses, actitudes y estilo de vivir no son los de Jesús. Este sueño nos protege de buscar nuestra conversión personal y la de la Iglesia. Sin «despertar», seguiremos engañándonos a nosotros mismos. Vigilar es vivir atentos a la realidad. Escuchar los gemidos de los que sufren. Sentir el amor de Dios a la vida. Vivir más atentos a su venida a nuestra vida, a nuestra sociedad y a la tierra. Sin esta sensibilidad, no es posible caminar tras los pasos de Jesús.
Vivamos este tiempo con prudencia, solidarizándonos con aquellos que tienen distintos tipos de necesidades; seamos la visita del niño Jesús, en alguno de los tantos hogares que esperan un milagro en esta Navidad. Para esto la Parroquia Claret te invita a compartir con el necesitado, a través de la recolección de alimentos. Únete a esa gran obra del Reino, para que cuando te pregunten al final de los tiempos: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o extranjero o desnudo o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?”.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf y José Antonio Pagola.

