Domingo de Ramos – Ciclo
Evangelio: Mateo 26,14-75—27, 1-66
Todos los evangelistas dedican largo espacio al relato de la Pasión y Muerte de Jesús. Los hechos son fundamentalmente los mismos, aunque narrados de modo y desde perspectivas diversas. Cada evangelista presenta también detalles, episodios y llamadas de atención que les son propias, poniendo así de manifiesto su interés por algunos temas de catequesis considerados significativos y urgentes para sus respectivas comunidades. La versión de la Pasión que hoy se nos propone es según san Mateo. Podemos señalar algunas características.
El primero, y muy importante, es que Mateo siembra todo el relato de repetidas referencias al cumplimiento de las Escrituras. Durante la última Cena, Jesús pronuncia una frase que nos proporciona la clave de lectura de todo cuanto después acaecerá: “El Hijo del Hombre se va como está escrito de él” Seguidamente, en el huerto de los Olivos, cuando los soldados se acercan para arrestarlo como si fuera un malhechor, reacciona diciendo: “Todo esto sucede para que se cumplan las profecías” Mateo también hace caer en la cuenta de que, aun los detalles más secundarios de la Pasión –como, por ejemplo, la traición de Judas por treinta monedas–, habían sido anunciados por los profetas
Vayamos al salmo 22 y vemos que en San Mateo se da un paralelismo entre la Pasión de Jesús y el drama vivido por el justo del que habla el Salmo 22.
Frente al fracaso con que había concluido la vida de Jesús, ¿quién hubiera tenido el coraje de presentarlo como Mesías?
El desafío que han lanzado a Jesús, al pie de la cruz, los sacerdotes, escribas, ancianos –“¡Sálvate a ti mismo! Si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz”, hay que entenderlo desde esta óptica. Están dispuestos a creer al vencedor, no al perdedor. A los judíos y a todos aquellos que, también hoy, se escandalizan frente a un Mesías derrotado, Mateo responde: Las profecías del Antiguo Testamento anuncian a un Mesías humillado, perseguido y ejecutado; lo presentan como el compañero de todo hombre que sufre y se siente oprimido.
Una segunda enseñanza en la que insiste, sobre todo Mateo, es el rechazo a la violencia y al uso de las armas. Solo él nos trasmite las palabras de Jesús a Pedro: “Envaina la espada. Quien a espada mata a espada muere”
Solo Mateo narra los hechos extraordinarios acaecidos al morir Jesús: “La tierra tembló, las piedras se partieron… cadáveres de santos resucitaron…” (Mt 27,51-56).
En aquel tiempo se creía que el mundo estaba lleno de iniquidad y todos esperaban el nacimiento de un mundo nuevo. Se decía que, en el momento del paso de la humanidad de una época a otra, el sol se oscurecería, los árboles derramarían sangre, las piedras se resquebrajarían lanzando gritos y los muertos resucitarían.
Esto que dice Mateo hay que entenderlo, por tanto, no como la crónica de un hecho acaecido el 7 de abril del año 30, sino como la afirmación de un teólogo que, en el momento de la muerte de Jesús, se da cuenta del nacimiento de un mundo nuevo. Su mensaje es de alegría y de esperanza y va dirigido a todos los atrapados en la angustia y en el dolor, a los que se sienten envueltos en sombras de muerte. El reino de Dios comienza cuando, en la cruz, el Señor ha revelado todo su amor y su interés por el destino del hombre.
Finalmente, solo Mateo habla de los guardias apostados para custodiar el sepulcro (cf. Mt 27,62-66): representan la señal del triunfo del mal. Su sola presencia es el testimonio de que el justo ha sido vencido, el liberador reducido al silencio, encerrado para siempre en un sepulcro.
Dios, sin embargo, interviene inesperadamente: un ángel suyo hace girar la piedra del sepulcro que impide el regreso a la vida, y se sentará encima de ella. (cf. Mt 28,2). ¡Escuchemos y sigámoslo! La redención nos espera.
Jesús María Amatria, CMF.

