La enseñanza central de Jesús es: el que se fija en los defectos del otro, lo ataca en su misma persona. Es la postura, que estamos viendo en no pocos políticos dominicanos: “Y tú más”. Es la actitud del hombre “alienado”, que se centra en los defectos del otro, para ocultar los propios. El que cae tan bajo, es el “hipócrita”, a juicio de Jesús. Es el que va por la vida como un ciego, pero ni se da cuenta de su propia ceguera. Con demasiada frecuencia, no vemos la realidad tal cual es; y nos damos cuenta de que no vemos lo que sucede a nuestro alrededor sobre todo en los que no tienen de nada, ni empleo ni comida para dar a sus hijos.
Estas “hipocresías”, estas “cegueras”, son el fruto inevitable de quien vive separado de la realidad de la vida, alejado de lo que vive la gente y cómo vive la gente, la sociedad dominicana en general. El Evangelio habla siempre de la vida, de la sociedad, del ambiente en el que nos desenvolvemos. Esto supuesto, ¿cómo podemos hablar del Evangelio si no vivimos entre la gente y con la gente, como vivió Jesús?
De la bondad que atesora en su corazón. Nuestros pueblos y ciudades de dominicana ofrecen hoy un clima poco propicio a quien quiera buscar un poco de silencio y paz para encontrarse consigo mismo y con Dios. Es difícil liberarse del ruido permanente y del asedio constante de todo tipo de llamadas y mensajes. Por otra parte, las preocupaciones, problemas y prisas de cada día nos llevan de una parte a otra, sin apenas permitirnos ser dueños de nosotros mismos. Ni siquiera en el propio hogar, escenario de múltiples tensiones e invadido por la televisión, es fácil encontrar el sosiego y recogimiento indispensables para descansar gozosamente ante Dios.
En estos momentos en que necesitamos más que nunca lugares de silencio, recogimiento y oración, los creyentes hemos abandonado nuestras iglesias y templos, y sólo acudimos a ellos en las eucaristías del domingo. Se nos ha olvidado lo que es detenemos, interrumpir por unos minutos nuestras prisas, liberamos por unos momentos de nuestras tensiones y dejamos penetrar por el silencio y la calma de un recinto sagrado. Para aquietar el espíritu y recuperar la lucidez y la paz.
Hoy necesitamos hombres que nos ayuden a entrar en contacto con nosotros mismos para recuperar la libertad. Sin ese silencio interior, no se puede escuchar a Dios, reconocer su presencia en nuestra vida y crecer desde dentro como hombres y como creyentes. Según Jesús, el hombre «saca el bien de la bondad que atesora en su corazón». El bien no brota de nosotros espontáneamente. Lo hemos de cultivar y hacer crecer en el fondo del corazón. Muchas personas comenzarían a transformar su vida si acertaran a detenerse para escuchar todo lo bueno que Dios suscita en el silencio de su alma.
¿Acaso puede un ciego guiar a otros ciegos? La veracidad ha sido siempre una preocupación importante en la educación. Lo hemos conocido desde niños. Nuestros padres y educadores podían «entender» todas nuestras travesuras, pero nos pedían ser sinceros. Nos querían hacer ver que «decir la verdad» es algo muy importante. Tenían razón. La verdad es uno de los pilares sobre los que se asienta la conciencia moral y la convivencia. Sin verdad no es posible vivir con dignidad. Sin verdad no es posible una convivencia justa.
Cuando se oculta la verdad, existe el riesgo de que vayan desapareciendo los contornos del «bien» y del «mal». Ya no se puede distinguir con claridad lo «justo» de lo «injusto». La mentira no deja ver las injusticias. «Quien obra mal detesta la luz y no se acerca a la luz, para que no delate sus acciones» (Jn 3, 20).
Frente a tantos falseamientos interesados, siempre hay personas que tienen la mirada limpia y ven la realidad tal como es. Son los que están atentos al sufrimiento de los inocentes. Ellos ponen verdad en medio de tanta mentira. Ponen luz en medio de tanto oscurecimiento.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, José Antonio Pagola y José María Castillo.

