
Tercer Domingo de Adviento – Año A
No es fácil reconocer al Mesías de Dios. El mismo Bautista dudó de que Jesús de Nazaret fuese el Mesías. Por esta razón envía a sus discípulos a preguntarle: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro? Jesús sorprende, suscita interrogantes e incluso incredulidad, la lógica de Dios es muy diferente a nuestra lógica. El pensamiento de Dios no es nuestro pensamiento.
Juan se encuentra en prisión ¿Por qué duda? La respuesta es muy sencilla. Juan espera un Mesías juez riguroso que arremeta contra los malvados. Y le llegan noticias de que Jesús no solo no condena a los pecadores, sino que come con ellos y se jacta de ser su amigo. (Lc 7,34), No destruye nada, recupera y restaura lo que se ha roto. No destruye a los pecadores, sino que cambia su corazón y los quiere felices a cualquier precio; tiene palabras de salvación para aquellos sin esperanza, aquellos a quien todos evitan como a leprosos. No se desanima frente a ningún problema humano, no se rinde ni siquiera frente a la muerte.
A los enviados de Juan el Bautista, Jesús se presenta como el Mesías, enumerando los signos que se pueden deducir de algunos escritos de Isaías (Is 35,5-6; 26,19; 61,1), el profeta de la esperanza.
El Bautista es invitado a tomar conciencia de seis nuevas realidades: la curación de los ciegos, de los sordos, de los leprosos, de los tullidos, la resurrección de los muertos y el anuncio del Evangelio a los pobres. Son signos de salvación; ninguno es de condena.
El Mesías de Dios no tiene nada que ver con el personaje enérgico y severo que Juan esperaba. Su modo de proceder ha escandalizado al Precursor y tal vez podemos decir que en muchas ocasiones continúa escandalizándonos también hoy.
Hoy sigue habiendo cristianos que piden al Señor intervenir para castigar a los impíos, quienes interpretan como castigos de Dios las desgracias que se abaten sobre el que ha hecho el mal. ¿Podrá Dios enojarse y sentir placer viendo a sus hijos, aunque sean malos sufrir?
Un Dios bueno, que hace salir el sol sobre buenos y malos y caer la lluvia sobre justos e injustos, contradecía la opinión que Juan se había hecho de Dios. Como nosotros en muchas ocasiones, también el Bautista se imaginaba a un Dios fuerte y, de pronto, se encuentra con un Dios débil; se esperaba intervenciones clamorosas y, sin embargo, los acontecimientos se sucedían como si el Mesías no hubiera venido.
El Bautista representa la figura del verdadero creyente, duda, se cuestiona; pero no reniega del Mesías porque no se ajusta a sus criterios; duda de sus propias convicciones.
No es causa de preocupación quien tiene dificultad en creer, quien duda, quien se siente perdido frente al misterio, quien dice no entender el proceder de Dios. Tal vez sea más causa de preocupación, por el contrario, quien confunde las propias certezas con la verdad de Dios, quien tiene una respuesta inmediata para todas las preguntas, quien tiene siempre a mano algún dogma que imponer, quien no se deja nunca cuestionar. Una fe semejante a veces raya en el fanatismo.
Jesús nos dirá que quien pertenece al reino de los cielos está en condiciones de ver más allá de lo que el Bautista vio. Quien ha descubierto el rostro nuevo de Dios, quien ha comprendido que el Mesías ha venido al encuentro del hombre para perdonarlo, acogerlo, amarlo sin condiciones, ha entrado en un nuevo horizonte, en el horizonte de Dios.
Lo que nosotros hoy, independiente de nuestra santidad personal, podemos ver y entender, el Bautista solamente lo ha presentido o intuido. Se ha quedado en el umbral de los nuevos tiempos.
Jesús María Amatria, cmf.

