Quinto Domingo en Tiempo Ordinario – Año B
Marcos 1,29-39
En este texto se afronta el tema del mal. ¿Quién es el responsable? La Biblia enseña que el verdadero responsable es el hombre, capaz cometer crímenes atroces. No se puede culpar a Dios. El problema, sin embargo, sigue abierto: ¿Puede o no puede intervenir Dios en la historia del hombre? Y si puede, ¿por qué no interviene? A este interrogante solo se puede responder eliminando la omnipotencia de la lista de atributos de Dios.
Existe otro mal que no depende del hombre: los desastres naturales, las enfermedades genéticas, la muerte… ¿Cómo puede Dios permitir estas desventuras?
En el evangelio de hoy Jesús se enfrenta al mal. No busca y no da explicaciones teológicas; no se pregunta por qué existen en el mundo desgracias y dolores. Frente a los dramas del mundo es inútil culpar a Dios o a los hombres; lo único que hay que hacer es ponerse junto a quien sufre y luchar con todas las fuerzas contra el mal.
En primer lugar Marcos relata la curación de la suegra de Pedro. Todos los detalles del milagro son significativos y han sido señalados por Marcos porque contienen temas para la catequesis.
Los discípulos quienes, frente a una dificultad que no saben cómo afrontar, toman la decisión de hablar a Jesús. Es lo que todo discípulo está invitado a hacer. Quien no inicia con la oración el propósito de curar las fiebres del hombre, no solo no curará la enfermedad, sino que correrá el peligro de ser contagiado.
Jesús toma de la mano a la suegra de Pedro y la levanta. El un gesto que simboliza la transmisión de la fuerza divina portadora de Salvación.
La suegra de Pedro, ya restablecida, se pone a servir a Jesús y a sus discípulos. Esta es la señal que caracteriza a quien ha sido restablecido por Cristo: el servicio a los hermanos. Hasta que esto no sucede la curación, o no se ha realizado, o todavía es incompleta.
En la segunda escena Jesús cura toda clase de enfermedades. llegada la tarde, comienzo de un nuevo día, todos comienzan a moverse, llevando a Jesús sus enfermos y colocándolos delante de la puerta de la casa de Pedro. Saben que solamente en aquella casa pueden encontrar a Aquel que sana a todos.
Jesús sana a muchos, pero no consiente que se divulgue lo que hace, porque no quiere que surjan equívocos acerca de su identidad y de su misión. Jesus no es un santón curandero. En Él es posible contemplar la respuesta de Dios al problema del mal. Dios no es indiferente al grito de dolor del hombre.
En la última parte del pasaje evangélico encontramos a Jesús en oración. Los discípulos se le acercan exclamado: “¡Todos te buscan!”. Buscaban a Jesús, sí, pero por el motivo equivocado. Pretendían que continuara haciendo prodigios; lo querían instrumentalizar para ver realizados sus propios sueños de éxito, de popularidad, con sus consiguientes ventajas.
Jesús rechaza dejarse envolver en sus proyectos y los invita a “ir a otra parte”, a los demás pueblos, para realizar en todas partes lo que ha hecho en Cafarnaúm. Dios no sustituye al hombre: lo guía con la luz de su Palabra, lo acompaña con su Presencia, pero quiere que sea el hombre quien actúe y combata el mal.

