El texto que nos propone la liturgia de este segundo domingo de Pascua está dividido en dos partes que nos narran dos apariciones del Resucitado. En la primera, Jesús dona su Espíritu a sus discípulos y, con él, el poder de vencer a las fuerzas del mal. En la segunda se narra el famoso episodio de Tomás y nos hace preguntarnos, ¿Ha sido él, el único en dudar mientras que los otros habrían creído en el Resucitado de un modo fácil e inmediato? Parece que no ha sido así si miramos los relatos de los Evangelios.
Poniéndonos a Tomás de referencia, el evangelista quiere responder a los interrogantes y objeciones crecientes de los cristianos de su comunidad. Se trataba de creyentes de la tercera generación que no han visto al Señor. Como a nosotros, les cuesta creer. Nos gustaría ver, tocar, verificar, tener más claro eso de la Resurrección. ¿Por qué no se aparece hoy también?
La fe en el Resucitado no ha resultado fácil ni rápida para ninguno; ha sido, por el contrario, un camino largo y fatigoso, a pesar de las muchas pruebas que Jesús les ha dado de estar vivo y de haber entrado en la gloria del Padre.
En boca de Tomás, el evangelista Juan pone la conclusión de todo itinerario de nuestra fe, la más sublime de las profesiones de fe. Le llama: Mi Señor y mi Dios. Una expresión que la Biblia emplea para referirse a JHWH (cf. Sal 35,25). Tomás es, por tanto, el primero en reconocer la divinidad de Cristo, el primero que llega a comprender lo que Jesús quería decir cuando afirmaba: “El Padre y yo somos uno” A esa afirmación debe desembocar nuestro itinerario de fe, a ver a Jesús como el Hijo de Dios.
En la conclusión de su Evangelio, Juan presenta la razón por la que Juan ha escrito su libro: ha narrado una serie de “signos” por dos razones: para suscitar o confirmar la fe en Cristo y para que, a través de la fe, sus lectores lleguen a la Vida.
En el epílogo de su evangelio, Juan usa la palabra signo en sentido amplio: pretende abarcar toda la revelación de la Persona de Jesús, sus gestos de misericordia, las curaciones, la multiplicación de los panes, sus palabras. Quien lee su libro y comprende estos signos, se encontrará con la persona de Jesús y será invitado a hacer una elección, optar por la Vida. Una sola prueba es ofrecida a quienes buscan razones para creer: el mismo Evangelio. Allí resuena la palabra de Cristo, allí resplandece su Persona.
Pero ¿dónde se puede escuchar esta voz? ¿Dónde resuena esta Palabra? ¿Es posible repetir hoy la experiencia que los apóstoles tuvieron el día de la Pascua y “ocho días después”? ¿Cómo? Seguramente habremos caído en la cuenta de que las dos apariciones tienen lugar en domingo; que los que hacen la experiencia del Resucitado son las mismas personas y que el Señor se presenta con las mismas palabras: “La paz esté con ustedes” en ambos encuentros y que, finalmente, Jesús muestra en ambos encuentros los signos de su Pasión.
Por esa razón nos reunimos cada domingo para celebrar la eucaristía del Señor. Por esa razón los primeros cristianos trasladaron su día de culto del sábado judío al Domingo cristiano. Porque Cristo resucitó de entre los muertos el domingo, el primer día de la semana. El domingo vino así a ser “el Día del Señor”, el día en que los cristianos comenzaron a celebrar que Cristo estaba vivo y resucitado en la comunidad de sus fieles.
Los discípulos se encuentran reunidos en casa. Es allí, encontrándose reunidos todos los creyentes, donde se aparece el Resucitado que, por boca del celebrante, saluda a todos los presentes y, como en la tarde de Pascua y de nuevo ocho días después de la Pascua, se dirige a ellos con las palabras: “La paz esté con ustedes”. En aquel momento Jesús se manifiesta vivo a sus discípulos. También en nuestras comunidades.
Según el texto evangélico, Tomás no introdujo la mano en las heridas del Señor, no resulta que haya tocado al Resucitado. También Tomás, al fin de cuentas, ha declarado su profesión de fe solamente después de haber escuchado la voz del Resucitado junto a sus hermanos de comunidad. Y la posibilidad de hacer esta experiencia del Resucitado se ofrece a todos los cristianos de todos los tiempos… cada ocho días, los domingos, en nuestras Eucaristías.
Jesús María Amatria, CMF.

