Son muchos los que no aciertan a creer en Dios. No es que lo rechacen sino que no saben el camino a seguir para encontrarse con él. Sin embargo, Dios está cerca; oculto en el interior mismo de la vida, acompaña nuestros pasos, ya sean errados o desesperanzados, con amor respetuoso y discreto. ¿Cómo vislumbrar su presencia?
Buscar caminos. «Preparen el camino del Señor». Es la primera llamada que escuchamos hoy los cristianos. Dentro de todas, la más urgente y decisiva, pero, ¿cómo preparar nuevos caminos al Señor en nuestras comunidades?
Antes que nada, debemos detectar cuales aspectos de nuestra vida no están iluminados o conducidos por el Espíritu de Jesús. Podemos funcionar bien como una comunidad en torno al culto, pero no podemos seguir impermeables a aspectos esenciales del Evangelio. ¿En qué nos reconocería hoy Jesús como sus discípulos y seguidores?
La palabra de Jesús nos ayuda a liberarnos de los autoengaños. No todo lo que vivimos viene de Galilea. Debemos discernir la calidad evangélica de lo que hacemos. Si no somos un grupo configurado por los rasgos esenciales de Jesús, ¿qué somos exactamente?
«Buscar el reino de Dios y su justicia», significa rebelamos frente a la indiferencia social que nos impide mirar la vida desde los que sufren. Resistirnos a formas de vida que nos encierran dentro de nuestro egoísmo. Si no contagiamos atención y compasión a los últimos, ¿qué estamos difundiendo en la sociedad?
«Piensa globalmente y actúa localmente». Debemos abrir el horizonte de nuestras comunidades hasta el mundo entero; aprender a procesar la información que recibimos, desde la mirada compasiva de Dios hacia todas sus criaturas, para abrir caminos de justicia y compasión en nuestro entorno.
Cada uno debe hacer su propio recorrido, haciéndose responsable de la «aventura» de su vida, a su propio ritmo, sin forzar nada. En el camino cristiano hay etapas: las personas pueden vivir momentos y situaciones diferentes. Lo importante es «caminar», escuchando la llamada que se nos hace a todos de vivir de manera más digna y dichosa. Este puede ser el mejor modo de «preparar el camino del Señor». Pasar de una actitud defensiva a una postura de acogida; del tono arrogante a la oración humilde; del miedo al amor; de la autocondena a la acogida de su perdón. Así haremos más sitio a Dios en nuestra vida, al buscarlo con corazón sencillo y humilde.
Marcos le atribuye a Jesús dos títulos: uno típicamente judío; el otro, más universal. Sin embargo, reserva a los lectores algunas sorpresas. Jesús es el «Mesías» que los judíos esperaban como liberador de su pueblo. Pero uno muy diferente de aquel líder guerrero que vendría a destruir a los romanos. Jesús en cambio, es descrito como enviado por Dios para humanizar la vida y encauzar la historia hacia su salvación definitiva. Es la primera sorpresa.
Jesús es «Hijo de Dios», pero no dotado del poder y la gloria que algunos hubieran imaginado, sino uno profundamente humano, como solo un Hijo de Dios puede serlo. Al término de su vida de servicio a todos, ejecutado en una cruz, un centurión romano confesará: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios». Es la segunda sorpresa.
El grito de Juan el Bautista no ha perdido actualidad. Seamos conscientes o no, Dios está siempre viniendo a toda persona. Podemos encontrarnos de nuevo con Él. La fe se puede despertar otra vez en nuestro corazón. Tal vez, lo primero que necesitamos es encontrarnos con nosotros mismos, con más hondura y sinceridad.
- Juan Andrés Hidalgo Lora, CMF.
Párroco.

