En República Dominicana no es difícil observar entre nosotros, los rasgos más característicos del individualismo moderno: Para muchos, el ideal de la vida es «sentirse bien». Todo lo demás viene después. Lo primero es mejorar la calidad de vida, evitar lo que nos puede molestar, asegurar, como sea, nuestro pequeño bienestar material, sicológico y afectivo. Cada quien debe organizarse la vida a su gusto. No hay que pensar en los problemas de los demás. Lo que haga cada uno, es cosa suya. El individualismo está cambiando la vida de los creyentes.
Para los contemporáneos de Jesús tampoco era fácil tener una visión clara de lo que constituía el núcleo de su religión. La gente sencilla se sentía perdida. Los escribas hablaban de seiscientos trece mandamientos contenidos en la ley. ¿Cómo orientarse en una red tan complicada de preceptos y prohibiciones? En algún momento, el planteamiento llegó hasta Jesús: ¿Qué es lo más importante y decisivo?
«Amar a Dios con todo el corazón» es reconocer humildemente el Misterio último de la vida; orientar confiadamente la existencia de acuerdo con su voluntad: amar a Dios como la fuerza creadora y salvadora, que es buena y nos quiere bien. Todo esto marca decisivamente la vida pues significa alabar la existencia desde su raíz; tomar parte en la vida con gratitud; optar siempre por lo bueno y lo bello; vivir con corazón de carne y no de piedra; resistirnos a todo lo que traiciona la voluntad de Dios y niega la vida y la dignidad de sus hijos.
Por eso el amor a Dios es inseparable del amor a los hermanos. Así lo recuerda Jesús: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». No es posible el amor real a Dios, sin descubrir el sufrimiento y el dolor de sus hijos. ¿Qué religión sería aquella en la que el hambre de los desnutridos o el exceso de los satisfechos no planteara pregunta ni inquietud alguna a los creyentes? Están en lo cierto quienes resumen la religión de Jesús como “Pasión por Dios y compasión por la humanidad”.
A nosotros se nos ocurren muchas preguntas. ¿Qué es amar a Dios? ¿Cómo se puede amar a alguien a quien no es posible comprender o ver? Al hablar del amor a Dios, los hebreos no se referían a los sentimientos que pueden nacer en nuestro corazón. La fe en Dios no consiste en un «estado de ánimo». Amar a Dios es sencillamente centrar la vida en él, vivirlo todo desde su voluntad.
La religión cristiana le resulta hoy complicada y difícil de entender a muchos. Probablemente, necesitamos en la Iglesia, de un proceso de concentración en lo esencial, para desprendernos de añadidos secundarios y quedarnos con lo importante: amar a Dios con todas mis fuerzas y querer a los demás como me quiero a mi mismo.
Ser cristiano no es sentirse uno bien ni mal, sino sentir a los que viven mal, pensar en los que sufren y reaccionar ante su importancia sin refugiarnos en nuestro propio bienestar. Como me decía mi abuelo José: “El verdadero amor cristiano se aprende de Jesucristo. No hay que dar por supuesto que somos cristianos; puede no ser verdad. No basta preguntarnos si creemos en Dios o lo amamos. Hemos de preguntarnos si amamos como hermanos a quienes sufren”.
Oración: Te damos gracias, Dios y Padre nuestro, porque en Cristo, tu hijo, nos has alimentado con el Pan de la Vida y nos has iluminado con tu Palabra. Que, sostenidos y alentados por tu Espíritu Santo, demos un testimonio vivo de fe, caridad y esperanza. Amén.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf.

