Cuando el Salvador se acerca al mundo, la primera palabra de parte de Dios a los seres humanos es una invitación a la alegría. Es lo que escucha María: Alégrate.
La primera y última palabra de la gran liberación que viene de Dios, no es el odio sino la alegría; no es condena, sino absolución. Cristo nace de la alegría de Dios, y muere y resucita para traer su alegría a este mundo contradictorio y absurdo.
Sin embargo, la alegría no es fácil. No se puede obligar a nadie a que esté alegre ni se le puede imponer la alegría por la fuerza. La verdadera alegría debe nacer y crecer en lo más profundo de nosotros mismos. De lo contrario; será risa exterior, carcajada vacía, euforia momentánea, creada quizás en una «sala de fiesta», mientras la alegría se queda afuera, a la puerta de nuestro corazón.
La alegría es un don hermoso, pero también muy vulnerable. Un don que hay que saber cultivar en el fondo del alma, con humildad y generosidad. Los rostros atormentados, nerviosos y tristes de tantos dominicanos, se explican de manera simple: Es porque la felicidad sólo puede sentirla el alma, no la razón, ni el vientre, ni la cabeza, ni el dinero.
Pero hay algo más. ¿Cómo se puede ser feliz cuando hay tantos sufrimientos, dolores y desesperanza en nuestro país? ¿Cómo se puede reír y cantar, cuando aún no están secas las lágrimas y diariamente brotan otras nuevas? ¿Cómo gozar, cuando tantos dominicanos se encuentran hundidos en el hambre, la miseria y la desesperanza, por la falta de compromiso de nuestros gobernantes?
La alegría de María es el gozo de una mujer creyente que se alegra en Dios salvador; el que levanta a los humillados y dispersa a los soberbios, el que colma de bienes a los hambrientos y despide a los ricos vacíos. Dominicanos: la alegría verdadera sólo es posible en el corazón del hombre que anhela y busca la justicia, la libertad y la fraternidad entre los hombres. María se alegra en Dios, porque El viene a consumar la esperanza de los abandonados.
Sólo se puede ser alegre, en comunión con los que sufren y en solidaridad con lo que lloran. Sólo tiene derecho a la alegría, quien lucha por hacerla posible entre los humillados. Sólo puede ser feliz quien se esfuerza por hacer felices a otros.
La fe es la que sostiene al creyente en la vida, y le anima siempre a trabajar por un mundo más humano. Llegará ese día en el que, según las hermosas palabras del Apocalipsis, Dios mismo «enjugará las lagrimas de sus ojos, ya no habrá muerte ni llanto, no habrá gritos ni fatiga, pues el mundo viejo habrá pasado» (Ap 21, 4). Esta es la promesa de Dios a los seres humanos, y los creyentes confiamos en Él. María, la Madre del Salvador, es nuestro modelo.
Ponemos a nuestra patria bajo la protección de la Madre María, en su advocación de Nuestra Señora de la Altagracia, ya que ella es un punto de encuentro, de amor y fraternidad. Pidamos a nuestra Madre, que proclamamos como única Reina y Soberana, que proteja a nuestras familias, que proteja al pueblo dominicano y que proteja a nuestra comunidad parroquial.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf.
Párroco

