El último gesto. Levantando las manos, los bendijo. Los evangelios nos ofrecen diversas claves para entender cómo las primeras comunidades cristianas, comenzaron su andadura sin la presencia de Jesús al frente de ellas. Tal vez, no fue tan sencillo como a veces lo imaginamos. ¿Cómo entendieron y vivieron su relación con él, una vez desaparecido de la tierra?
Jesús era realista. Sabía que no podía transformar de un día para otro aquella sociedad de gente tan sufrida. No tenía poder político ni religioso para provocar un cambio revolucionario. Sólo tenía su palabra, sus gestos y su fe grande en el Dios de los que sufren. Por eso gusta tanto de hacer gestos de bondad: Abraza a los niños de la calle para que no se sientan huérfanos. Toca a los leprosos para mitigar su exclusión de las aldeas. Acoge amistosamente a su mesa, a pecadores e indeseables, para que no se sientan despreciados.
No son gestos convencionales. Salen de su voluntad de hacer un mundo más amable y solidario, en el que las personas se ayuden y se cuiden mutuamente. No importa cuán pequeños sean los gestos, Dios tiene en cuenta hasta el vaso de agua que damos a quien tiene sed.
Una Iglesia fiel a Jesús está llamada a sorprender a la sociedad con gestos públicos de bondad, romper esquemas y distanciarse de estrategias, estilos de actuación y lenguajes agresivos, que nada tienen que ver con Jesús, el profeta que bendecía a las gentes con sus gestos y palabras de bondad.
El arte de bendecir. Mientras los bendecía se separó de ellos. Según Lucas, Jesús vuelve a su Padre «bendiciendo» a sus discípulos. Como último gesto, Jesús deja tras de sí su bendición, y sus discípulos le responden marchando al templo llenos de alegría y estaban allí «bendiciendo» a Dios. La bendición es una práctica enraizada en casi todas las culturas, como el deseo máximo que podemos despertar en nosotros. El judaísmo, el islam y el cristianismo le han dado siempre un gran valor, y aunque en nuestros días ha quedado reducida a un ritual casi en desuso, no son pocos los que subrayan su hondo contenido y la necesidad de recuperarla.
Bendecir es, ante todo, desear el bien a las personas que vamos encontrando en nuestro camino. Querer su bien de manera incondicional y sin reservas. Querer la salud, el bienestar, la alegría, y todo lo que puede ayudarles a vivir con dignidad. Cuanto más deseamos y afirmamos el bien para todos, más posible es su manifestación.
Bendecir es aprender a vivir, desde una actitud básica de amor a la vida y a las personas. El que bendice, elimina de su corazón las actitudes poco sanas como la agresividad, el miedo, la hostilidad o la indiferencia. No es posible bendecir y, al mismo tiempo, vivir condenando, rechazando, odiando.
Al desearle el bien a alguien desde lo más hondo de nuestro ser, nunca somos la fuente de la bendición, sino sus testigos y portadores. El que bendice no hace sino evocar, desear y pedir la presencia bondadosa del Creador, fuente de todo bien. Por eso, sólo se puede bendecir en actitud gozosa y agradecida a Dios.
La bendición hace bien al que la recibe y al que la practica. Quien bendice a otros se bendice a sí mismo. La bendición queda resonando en su interior como una plegaria silenciosa que va transformando su corazón, haciéndolo más bueno y noble. Nadie puede sentirse bien consigo mismo, mientras siga maldiciendo a alguien en el fondo de su ser.
La fiesta de la Ascensión es una invitación a ser portadores y testigos de la bendición de Cristo a la humanidad. Esta fiesta nos dice que Jesús es el centro de los tiempos. Lo antiguo ya pasó. Solo queda la fuerza del Espíritu que nos recuerda y actualiza esta centralidad de la presencia humanizada de Dios en todo lo humano, bello, feliz y grato que podemos encontrar en este mundo.
Quiero aprender de Ti, Jesús paciente y humilde, para encontrar descanso y alivio en mis impaciencias. Bendigo a todas las personas que me molestan, que me desagradan, que me cansan, que me perturban, que me interrumpen. Las bendigo para que sean cada día más bellas y santas, para que reflejen tu amor y tu hermosura. Pasa tu mano por sus vidas para que sean felices. Amén.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, Fuentes: José Antonio Pagola y José María Castillo.

