Celebrar hoy el Adviento es un reto ¿Cómo pedir o esperar la venida de Dios en medio de una sociedad donde Dios ya no interesa tanto? Más que hablar de un Dios que viene (adveniens), debemos reflexionar sobre el Dios que se percibe alejado, oculto y cada vez más extraño.
Vivir despierto. La falta de esperanza está generando cambios profundos que no sabemos captar. Sin darnos cuenta, van desapareciendo del horizonte, políticas orientadas hacia una vida más humana y se habla menos de programas que procuren nuevas fronteras sociales entre los pueblos.
Cuando el futuro se vuelve sombrío, procuramos seguridad; que nada cambie si nos va bien, ni se ponga en peligro nuestro bienestar. No es momento de grandes ideales de justicia para todos, sino de defender el orden y la tranquilidad. No sabemos ir más allá de esta reacción casi instintiva. Los expertos dicen que los graves problemas medioambientales, de terrorismo y de violencia en nuestra sociedad de bienestar, no provocan ningún cambio profundo en nuestra vida personal. Sólo miedo y búsqueda de seguridad. Cada quien trata de disfrutar al máximo su pequeño bienestar.
Algunos sentimos una extraña sensación de culpa, vergüenza, tristeza, y hasta de una especie de complicidad por nuestra incapacidad de reacción. En el fondo, no queremos un mundo nuevo, sino nuestra seguridad.
Deseo de algo nuevo. El mensaje evangélico nos grita: «¡Vigilen!». Es una llamada a vivir de una manera lúcida. Mantener despierta nuestra resistencia y rebeldía, no actuar como todos, ser diferentes y no identificarnos con tal mediocridad.
Es importante aprender a mirar la realidad con nuevos ojos. Las cosas no son sólo como aparecen en los medios de comunicación. En el corazón de las personas hay más bondad y ternura, que lo que captamos a primera vista. Debemos reeducar nuestra mirada y hacerla más positiva. Todo cambia cuando miramos a las personas con más simpatía, tratando de comprender sus limitaciones y sus posibilidades.
Aprender a vivir con el corazón y querer a las personas buscando su bien sin dejar que se nos apague el gusto por la vida y el deseo de lo bueno. No ceder a la indiferencia, viviendo con pasión la pequeña aventura de cada día. No desentendernos de los problemas de la gente: sufrir con los que sufren y gozar con los que gozan. Decidirnos a darle verdadera importancia a esos pequeños gestos, que aparentemente no sirven para nada, pero que sostienen la vida de las personas. Yo no puedo cambiar el mundo, pero puedo hacer que junto a mí, la vida sea más amable y llevadera, que las personas «respiren» y se sientan menos solas y más acompañadas.
Así será más fácil abrirse a ese misterio último de la vida que los creyentes llamamos «Dios». No me refiero a la adhesión de carácter doctrinal a un conjunto de verdades religiosas, sino a la búsqueda serena de verdad última y al deseo confiado de amor pleno, que de alguna manera apuntan hacia Dios. Percibo que con los años, nos vamos haciendo más hondamente creyentes y, al mismo tiempo, tenemos cada vez menos «creencias»
No basta alimentarse del último «flash» televisivo. No todo ha de ser entretenimiento o diversión. Para ser humana, la persona necesita cultivar el espíritu, escuchar su conciencia, alimentar otras dimensiones, abrirse al misterio, acoger a Dios. Esta es la llamada profunda de este tiempo de Adviento que hoy comienza.

