EL QUE PERMANECE EN MÍ Y YO EN ÉL, ÉSE DA FRUTO ABUNDANTE
El evangelista Juan, en víspera de la muerte de Jesús, pone de manifiesto los deseos más profundos del maestro. “Permaneced en mí”. Conoce su cobardía y mediocridad. En muchas ocasiones les ha recriminado su poca fe. Y sus palabras son muy claras: “Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes si no permanecen en mí”. Si no se mantienen firmes en lo que han aprendido y vivido junto a él, su vida será estéril. Si no viven de su Espíritu, lo iniciado por él se les extinguirá.
Y por esta razón emplea un lenguaje muy profundo que va a la vida interior de sus seguidores. “Yo soy la vid y vosotros los sarmientos”. En los discípulos ha de correr la savia que proviene de Jesús. No lo han de olvidar nunca. “El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante, porque sin mí no pueden hacer nada”. Y les dice también que “sus palabras permanezcan en ellos”. Que no las olviden. Que vivan de su Evangelio. Esa es la fuente de la que han de beber. Ya se los había dicho en otra ocasión: “Las palabras que les he dicho son espíritu y vida”.
El evangelio está de acuerdo con la eficacia y la producción de la sociedad, hablándonos de frutos, pero en nuestro caso se trata de dar frutos de vida, de hacer el bien, de ser coherentes con lo que hemos recibido de la Palabra para nuestra humanidad. Somos una viña de utilidad pública porque estamos llamados a dar frutos para los demás. Y Dios nos pone las condiciones para la fecundidad de la viña. La permanencia en él y la poda para que pueda dar buenos frutos. Y en este tiempo lo hemos mencionado demasiado. Es necesario permanecer en oración, en silencio y en la gracia de Dios.
Y Jesús nos lo explica diciéndolo de la siguiente manera: Jesús es la «vid verdadera», llena de vida; los discípulos son «sarmientos» que viven de la savia que les llega de Jesús; el Padre es el «viñador» que cuida personalmente la viña para que dé fruto abundante. Jesús es la savia, y el tronco que aporta en la vida cristiana luz, alegría, creatividad y fuerzas para vivir como él.
Y hoy queridos amigos, ser cristiano exige una experiencia vital de Jesucristo, un conocimiento interior de su persona y una pasión por su proyecto, que no se requerían para ser practicantes dentro de una sociedad de cristiandad. Si no aprendemos a vivir de un contacto más inmediato y apasionado con Jesús, la decadencia de nuestro cristianismo se puede convertir en una enfermedad mortal y me atrevería a decir que puede ser más dañina que esta pandemia. No olvidemos que todos somos sarmientos. Sólo Jesús es «la verdadera vid». Lo decisivo en estos momentos es «permanecer en él»: aplicar toda nuestra atención al Evangelio; alimentar en nuestros grupos, redes, comunidades y parroquia Claret, el contacto vivo con él; no desviarnos de su proyecto.
Permanecer en su Palabra es escuchar el evangelio y vivir de él. El porvenir de quien no escucha o se sale de la comunidad, tanto de la comunión con Jesús, como de la comunión entre los hermanos, es secarse, es carecer de vida, pues renunciar al amor es en el fondo renunciar a la vida. La poda hace que, en los frutos, tome fuerza lo bueno. Nosotros lo interpretamos como una prueba, una cruz, un obstáculo, pero es para nuestro bien y el de los demás. Se trata de dar frutos concretos de amor con las obras.
Necesitamos, queridos hermanos, acercarnos más a la persona del resucitado. Las personas cambiamos desde dentro. Tal vez, éste sea uno de los problemas más graves de nuestra vida cristiana: no cambiamos, porque sólo lo que pasa por nuestro corazón cambia nuestra vida; y, con frecuencia, por nuestro corazón no pasa la savia de Jesús.
No debemos olvidar que, para un cristiano, la fe en Jesucristo se convierte en la fuente más decisiva de su vivir diario. De su mensaje y su espíritu extrae sentido, orientación, confianza, estímulo para vivir y crecer como ser humano. La llamada de Jesús que escucha en su interior no es una llamada entre otras, sino la que da sentido último a su vida. Quien toma en serio el evangelio y sigue de cerca a Cristo, cree en sus palabras.
Pues la fe no es una impresión o emoción del corazón. Sin duda, el creyente siente su fe, la experimenta y la disfruta, pero sería un error reducirla a «sentimentalismo». La fe no es algo que depende de los sentimientos: «Ya no siento nada; debo estar perdiendo la fe». Ser creyentes es una actitud responsable y razonada. La fe es una decisión personal de cada uno y brota de la acción de Dios en nosotros.
La fe es creer en Dios, es fuente de paz, consuelo y serenidad. La fe cristiana empieza a despertarse en nosotros cuando nos encontramos con Jesús. El cristiano es una persona que se encuentra con Cristo y en él va descubriendo a un Dios Amor que cada día le atrae más. Lo dice muy bien Juan: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es Amor» (1 Jn 4, 16).
Queridos amigos, es duro ver que en este tiempo de tanta enfermedad y de tanta muerte, no hemos cambiado. Ha crecido más la desobediencia que enfermos de este virus. La injusticia, el sufrimiento, la mentira y el mal nos siguen dominando. Parece que todos los esfuerzos de los hombres por mejorar el mundo terminan tarde o temprano en el fracaso. Los creyentes hemos de volver a recordar que la fe es «fuente de vida». Creer no es afirmar que debe existir Algo último en alguna parte. Creer es descubrir a Alguien que nos «hace vivir» superando nuestra impotencia, nuestros errores y nuestro pecado.
Es duro tener que decir esto, pero una de las mayores tragedias de los cristianos es la de «practicar la religión» sin ningún contacto con el Viviente. Y, sin embargo, uno empieza a descubrir la verdad de la fe cristiana cuando acierta a vivir en contacto personal con el Resucitado. Sólo entonces se descubre que Dios no es una amenaza o un desconocido, sino alguien vivo que pone nueva fuerza y nueva alegría en nuestras vidas. Y lo más duro de nuestro problema, es el no tener esa fuerza interior para enfrentarnos a los problemas diarios de la vida.
Hoy me atrevería afirmar que el alma de muchos hombres y mujeres es un desierto. Son muchos los afectados por esta epidemia de soledad y vacío interior. Y la solución sería muy sencilla: Tratar de tener una comunicación de quien sabe disfrutar del diálogo silencioso con él, alimentarse diariamente de su palabra, recordarlo con gozo en medio de la agitación y el trabajo cotidiano, descansar en él en los momentos de agobio. Porque Jesús habla de que su propuesta es un «yugo suave» y una «carga ligera» (Mateo 11, 30). A Dios lo único que le interesa somos nosotros y nuestra felicidad total. Lo que le da «gloria» es vernos a todos vivir de manera digna y dichosa. De aquí nace el comportamiento cristiano que consiste fundamentalmente en buscar el bien integral de todos.
Terminemos orando con el Señor.
«Es tanto lo que los quiere. Su Padre que está en el cielo. Los alimenta con su gracia. Los cobija con su abrigo. Los entro en mi corazón. Éntrenme ustedes en el suyo. Del mío nunca saldrán. Es que los tengo encerrados. En ese lugar para ustedes. Amén».
«Señor cuando te recibo. Siento una cosa muy grande. Es que la presencia tuya. Siento que quema mi alma. Por favor que no se apague. La llama que quema mi alma. Amén».
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf y José Antonio Pagola.

