NADIE TIENE AMOR MÁS GRANDE QUE EL QUE DA LA VIDA POR SUS AMIGOS.
El evangelio de Juan, en esta parte del discurso de despedida de la última cena de Jesús con sus discípulos, insiste en el gran mandamiento, en el único mandamiento que Jesús ha querido dejar a los suyos. No hacía falta otro, porque en este mandamiento se cumplen todas las cosas. Jesús sabe que Dios le ama siempre (porque Dios es amor) y una comunidad no puede ser nada si no se fundamenta en el amor sin medida: dando la vida por los otros. Dios vive porque ama; si no amara, Dios no existiría. Jesús es el Señor de la comunidad, porque su señorío lo fundamenta en su amor. La comunidad tendrá futuro si ponemos en práctica el amor, el perdón, la misericordia de los unos para con los otros.
Juan nos adentra en el mundo del amor y de la amistad con Dios, con Jesús y entre los suyos. Todos sabemos lo necesario que es ser amado y amar: es como la fuente de la felicidad. El amor constituye, a su vez la esencia del mensaje cristiano y de la realidad que nos hace humanos. Es el mandamiento nuevo por contraposición a la Ley, que es el antiguo. Algo tan nuevo que lo hemos de estrenar cada día. Las primeras generaciones resumían la vida de Jesús de esta manera: “Pasó por todas partes haciendo el bien”. Era bueno encontrarse con él. Buscaba siempre el bien de las personas. Ayudaba a vivir. Su vida fue una Buena Noticia. Se podía descubrir en él la cercanía buena de Dios.
Es necesario resaltar algunos rasgos fundamentales de Jesús para sus discípulos. «Permaneced en mi amor». Se trata sólo de vivir en el amor con que nos ama Jesús, el amor que recibe del Padre. Ser es una cuestión de amor. A lo largo de los siglos, los discípulos conocerán incertidumbres, conflictos y dificultades de todo orden. Lo importante será siempre no desviarse del amor. Y permanecer en el amor consiste en «guardar sus mandamientos», que él mismo resume enseguida en el mandato del amor fraterno: «Éste es mi mandamiento; que se amen unos a otros como yo los he amado».
Jesús presenta este mandato del amor como una fuente de alegría: «Les hablo de esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría llegue a plenitud». Cuando entre nosotros falta verdadero amor, se crea un vacío que nada ni nadie puede llenar de alegría. Las primeras generaciones cristianas cuidaban mucho la alegría. Les parecía imposible vivir de otra manera. Las cartas de Pablo de Tarso que circulaban por las comunidades repetían una y otra vez la invitación a «estar alegres en el Señor».
El secreto de esta alegría está en otra parte: más allá de esa alegría que uno experimenta cuando «las cosas le van bien». Pablo de Tarso dice que es una «alegría en el Señor», que se vive estando enraizado en Jesús. y tendríamos que escuchar la motivación de Pablo: «Alégrense en la esperanza, sean pacientes en el sufrimiento, perseverantes en la oración; solidarios con los consagrados en sus necesidades, practiquen la hospitalidad». Juan dice más: «es la misma alegría de Jesús dentro de nosotros». Pues queridos amigos, hoy necesitamos vencer el mal, haciendo el bien.
La alegría cristiana nace de la unión íntima con Jesucristo. Y se esconde humildemente en el fondo del alma creyente. Es una alegría que está en la raíz misma de nuestra vida, sostenida por la fe en Jesús. Hoy se debe de convertir en principio de acción contra la tristeza y los miedos.
Pocas cosas haremos más grandes y evangélicas que aliviar el sufrimiento de las personas, contagiándoles alegría realista y esperanza. La fe cristiana sólo puede ser vivida sin traicionar su esencia como experiencia positiva, confiada y gozosa. En el momento actual muchos cristianos han abandonado la iglesia y el camino de la fe. En este momento predomina en la humanidad un temor a Dios. Es un miedo que deforma el verdadero ser de Dios haciéndolo inhumano. Un miedo destructivo, sin fundamento real, que ahoga la vida y el crecimiento sano de la persona. Para muchos, éste puede ser el cambio decisivo. Pasar del miedo a Dios que no engendra sino angustia y rechazo más o menos disimulado, a una confianza en él, que hace brotar en nosotros esa alegría prometida por Jesús.
No olvidemos que Dios está con los hombres buscando su dicha final. Sin esta alegría el cristianismo resulta incomprensible. La alegría del cristiano no es fruto del bienestar material o del disfrute de una buena salud. No nace de un temperamento optimista. No es tampoco un estado de ánimo que hay que esforzarse por lograr. La alegría cristiana es siempre consecuencia de una fe viva en el Dios Salvador manifestado en Jesucristo. Sin alegría es difícil amar, trabajar, crear, vivir algo grande. Sin alegría es imposible una adhesión viva a Cristo. La alegría es, de alguna manera, el rostro de Dios en el hombre.
Hoy nos cuesta ser perseverantes en la vida. Por ejemplo: Ya no hay compromisos duraderos. Las personas dependen de los deseos y apetencias del momento. Lo que importa es que la vida sea interesante y divertida. El matrimonio ya no es un compromiso «hasta que la muerte nos separe», sino un contrato «mientras la satisfacción dure». Esta búsqueda de satisfacción repercute también en el modo de entender y vivir lo religioso. Interesa la emoción, lo excitante y novedoso.
En el seguimiento a Cristo lo importante no son los sentimientos, emociones o novedades, sino el saber «permanecer» fieles en el amor. La existencia no es sólo diversión y entretenimiento. Es también responsabilidad. Es necesario escuchar las palabras de Pablo a los Romanos: «No se acomoden a este mundo, por el contrario, transfórmense interiormente con una mentalidad nueva, para discernir la voluntad de Dios, lo que es bueno y aceptable y perfecto». Debemos descubrir el amor en nuestra vida interior. Sin olvidar que, donde hay amor, hay entrega generosa, respeto, cuidado del otro, fidelidad, perdón, ternura compartida. Quien se siente cristiano sabe, además, que su amor puede y debe inspirarse en el estilo de amar de Jesús. Nos lo recuerdan sus palabras: «Ámense los unos a los otros como yo los he amado».
En los últimos meses me he detenido a observar con cierta atención a las personas, y me he quedado con la impresión de que la alegría ha huido de muchas vidas en este tiempo de pandemia. El misterio de cada individuo es demasiado grande y profundo para que pueda ser explicado desde fuera. Hay en nuestra vida una tristeza difusa que muchas veces refleja el rostro de nuestro vacío interior y de nuestra incoherencia personal. Son muchos los que se atormentan con pensamientos negativos y frustrantes. Hombres y mujeres que sienten su vida como una inmensa equivocación.
Hay creyentes que viven su vida tratando de ocultarla continuamente a sus propios ojos y a los de Dios. Cristianos a los que una «mala conciencia» más o menos disimulada, les impide encontrarse con Dios con espontaneidad y alegría. Necesitamos escuchar a Jesús y experimentar de nuevo cómo ‘la tristeza, la mentira, la insatisfacción y el pecado se nos van lentamente transformando en gozo, luz interior, reconciliación y acción de gracias, en el encuentro personal con Jesucristo. Es una alegría y una fuerza gozosa que nos ilumina, nos limpia, nos transforma y nos impulsa a vivir de otra manera. Una alegría que nos libera de la tristeza cuando sentimos la tentación del desesperar de los hombres y de nosotros mismos.
La alegría que ofrece Jesús no consiste en disfrutar egoístamente de la vida. Es la alegría de quien da vida, y sabe crear las condiciones necesarias para que crezca y se desarrolle de manera cada vez más digna y más sana. He aquí una de las enseñanzas claves del Evangelio. Sólo es feliz quien hace un mundo más feliz. Sólo conoce la alegría quien sabe regalarla. Sólo vive quien hace vivir. Ánimo y bendiciones para todos. Y vivamos la alegría de Dios.
Terminemos orando al Dios de la vida: «Si tuviera mucha fe. Cómo podría dudar. Solo querría confiar. Y creer en ti Señor. Cuando yo te pido a ti. Tú me respondes Dios mío. Es tan grande la alegría. Que queda en mi corazón. Ya no dudaré Señor. Porque mi Dios vivirá. Dentro de mi corazón. Amén». – «Si estás a mi lado. Yo no tengo miedo. La paz que yo tengo. Me la diste tú. No debo turbarme. Ni acobardarme. Me has dado la fuerza. Tú estás a mi lado. Me llevas de mano. Y sigues a mi lado. A donde yo voy. Amado Señor. Tú vienes conmigo. Amén».
Fuentes: Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf y José Antonio Pagola.

