Es la víspera de su ejecución. Jesús está celebrando la última cena con los suyos. Acaba de lavar los pies a sus discípulos. Judas ha tomado ya su trágica decisión, y después de tomar el último bocado de manos de Jesús, se ha marchado a hacer su trabajo. Jesús dice en voz alta lo que todos están sintiendo: “Hijos míos, me queda ya poco de estar con ustedes”. Cuando Jesús se ve sumergido en la situación más dolorosa para un ser humano, la traición y la infidelidad de uno de sus más íntimos amigos, es cuando afirma que “ahora es glorificado”; y cuando Dios “es glorificado”.
Les habla con ternura. Quiere que queden grabados en su corazón sus últimos gestos y palabras: “Les doy un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros; como yo los he amado, ámense también entre ustedes. La señal por la que los conocerán todos que son mis discípulos será que se aman unos a otros”. Este es el testamento de Jesús.
Esa imagen de comunidad cristiana, como «comunidad de amigos», quedó pronto olvidada. Durante muchos siglos, los cristianos se han visto a sí mismos como una «familia» donde algunos son padres (el Papa, los obispos, los sacerdotes, los abades…); otros son hijos fieles, y todos han de vivir como hermanos.
Entender así la comunidad cristiana estimula la fraternidad, pero tiene sus riesgos: en la familia cristiana se tiende a subrayar el lugar que le corresponde a cada uno. Se destaca lo que nos diferencia, no lo que nos une; se da mucha importancia a la autoridad, el orden, la unidad, la subordinación, a riesgo de promover la dependencia, el infantilismo y la irresponsabilidad de muchos.
Una comunidad basada en la «amistad cristiana», enriquecería y trasformaría hoy a la Iglesia de Jesús. La amistad promueve lo que nos une, no lo que nos diferencia. Entre amigos se cultiva la igualdad, la reciprocidad y el apoyo mutuo. Nadie está por encima de nadie. Ningún amigo es superior a otro. Se respetan las diferencias, pero se cuida la cercanía y la relación. Entre amigos y amigas es más fácil sentirse responsable y colaborar. Y no es tan difícil estar abiertos a los extraños y diferentes, los que necesitan acogida y amistad. De una comunidad de amigos es difícil marcharse. De una comunidad fría, rutinaria e indiferente, la gente se va, y los que se quedan, apenas lo sienten.
Nunca ha sido fácil la relación de los cristianos con el mundo. A veces ha predominado la actitud pesimista, que ha predicado el «desprecio del mundo», la condenación de lo mundano y la huida de lo terreno para encontrarse con Dios ¿Cuál es la actitud de Dios?
Dios ama al mundo. Es lo primero que hemos de recordar. Dios no condena, no excluye a nadie, no discrimina. No abandona a nadie en ninguna circunstancia. Ama a la humanidad, ama la historia que van construyendo los humanos, ama las culturas y las religiones, ama a los pueblos. A todos. Su amor no depende de nuestras clasificaciones y fronteras.
Dios quiere salvar al mundo. Dios ama al mundo, no porque el mundo es bueno, sino para que llegue a serlo. En el mundo hay mucho de injusticia, mentira e indignidad. Dios ama para salvar, para que el mundo llegue a ser más humano, más digno, más habitable. Orientar la vida hacia la verdadera voluntad de Dios siempre lleva a hacerla más sana, más responsable, más plenamente humana. El cristiano ama el mundo y ama la vida. Quiere a las gentes, disfruta con los avances de la humanidad, goza con todo lo bueno y admirable que hay en la creación, le gusta vivir intensamente. Lo ve todo desde el amor de Dios, y esto le lleva a vivir en una actitud de simpatía universal, de misericordia y de perdón. Al mismo tiempo, sabe que el mundo necesita ser transformado y «salvado».
Felicitamos a los niños que por primera vez reciben a Jesús en el sacramento de Eucaristía. Vivan un amor desinteresado, que sabe acoger y ponerse al servicio del otro, sin límites ni discriminaciones. Un amor que sabe afirmar la vida, el crecimiento, la libertad y la felicidad de los demás. Que esta sea la tarea de ustedes: amar. El que se adentre por este camino descubrirá, que sólo el amor hace que la vida merezca ser vivida y que sólo desde el verdadero amor, es posible experimentar la gran alegría de vivir. Que Dios los bendiga y reciban un abrazo lleno de paz y alegría.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, Fuentes: José Antonio Pagola y José María Castillo.

