Los pueblos y aldeas de Galilea estaban formados por gente campesina y de condición social muy humilde, que vivían del campo y del pastoreo de sus escasos ganados de ovejas y cabras. Jesús, siguiendo la tradición de los profetas (Ez 34), utiliza esta imagen para exponer la relación entre los líderes y los discípulos en la comunidad cristiana: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! (Ez 34, 2b). Por eso Dios mismo les amenaza: Me voy a enfrentar con los pastores; les reclamaré mis ovejas (Ez 34, 10), dirigiéndose a los pastores que actúan como dueños del rebaño y lo dominan según sus propias ideas, intereses o sus preferencias.
Las conozco…, y les doy vida eterna. La imagen del pastor está cargada de simbolismo religioso en la tradición bíblica; simboliza al jefe que gobierna y que dirige al pueblo y cuya principal tarea es vigilar, guiar y proteger al rebaño. Dios es «el pastor de Israel» porque conduce al pueblo, vela por él y lo protege. Para Jesús el Buen Pastor es aquel capaz de dar la vida por los demás. Y lo explicamos con tres verbos: escuchar, conocer y seguir.
En estos tiempos en que tanta gente «abandona el rebaño» y se aleja de la fe, la mejor manera de guiarlas hacia la «verdad de Cristo», sería siendo una Iglesia dedicada en cuerpo y alma a que la gente sea más dichosa, se sienta menos desamparada y más protegida contra el mal y el sufrimiento.
Yo les doy vida. Hemos de recordar que la vida es algo personal. Mi vida es tarea mía y sólo yo la puedo vivir. Nadie me puede sustituir. Si yo no amo, siempre faltará en el mundo ese amor. Si yo no creo, no gozo, no crezco…, faltará para siempre esa creatividad, ese gozo o ese crecimiento.
La vida es, además, algo irrepetible. Cada experiencia, cada gozo o sufrimiento que vivo en este preciso momento, no volverá a repetirse. No sólo se vive una sola vez, sino que todo en la vida se vive sólo una vez. Por eso, cada instante encierra una continua novedad. Lo que se me ofrece en este momento no se me volverá a ofrecer así. Cada momento es nuevo y en cada decisión voy dando a mi vida una dirección u otra.
La vida es también algo inacabado. Una tarea siempre por hacer: es expansión, desarrollo, despliegue. Lo más terrible que se puede decir de alguien, es que está «acabado». Cuando sucede, la vida se termina. La verdadera vida consiste en ir más lejos, pero también se puede caer más bajo. Siempre da la posibilidad de superarse o de perderse.
¿A dónde se dirige nuestra vida? ¿Dónde termina definitivamente? ¿Dónde alcanza su verdadero cumplimiento? Apoyados en Cristo resucitado, los cristianos creemos que la vida no termina en la extinción biológica, sino que está llamada a trascenderse y que es mucho más que esta vida que conocemos ahora. Hemos nacido para una «vida eterna» que alcanza su plenitud en Dios.
Mis ovejas escuchan mi voz. Ya apenas sabemos callar, estar atentos y permanecer abiertos a esa Palabra viva y presente en lo más hondo de la vida y de nuestro ser. Es necesario recuperar de nuevo el silencio y la capacidad de escucha, o de lo contrario, su vida y su fe se ahogarán progresivamente en la trivialidad. Debemos estar más atentos a la llamada de Dios, escuchar la voz de la verdad, sintonizar con lo mejor que hay en nosotros, desarrollar esa sensibilidad interior que percibe más allá de lo visible y de lo audible, la presencia de Aquel que puede dar vida a nuestra vida.
Lo que cambia el corazón del hombre y lo convierte, no son las palabras, las ideas y las razones, sino la escucha sincera de la voz de Dios. Esa escucha sincera de Dios que transforma nuestra soledad interior en comunión vivificante y fuente de nueva vida.
Felicitamos a los adolescentes y jóvenes que hoy reciben el sacramento de la confirmación. Tengan presente las palabras de 1Timoteo 4, 12. “Que nadie te desprecie por ser joven; procura ser modelo de los creyentes en la palabra, la conducta, el amor, la fe, la pureza”. Mantengan la alegría del Señor en sus vidas. Sepan que el Señor está cerca de ustedes. Presénteselo todo a Dios en oración, pídanle y también denle gracias por todo. Reciban un abrazo lleno de paz.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, Fuentes: José Antonio Pagola y José María Castillo.

