La Iglesia nos recuerda hoy la última aparición del Resucitado junto al lago de Galilea, al pequeño grupo de discípulos, con la conclusión final del mandato que Jesús da a Pedro, para que sea el pastor cuidadoso y vigilante del rebaño, que es la Iglesia. Cuando se redacta el evangelio, los cristianos están viviendo momentos difíciles de prueba y persecución: algunos reniegan de su fe. El narrador quiere reavivar la fe de sus lectores.
Se acerca la noche y los discípulos salen a pescar. No están los Doce. El grupo se ha roto al ser crucificado su Maestro. Han regresado a las barcas y las redes que habían dejado para seguir a Jesús. Todo ha terminado. De nuevo están solos.
La pesca ha resultado un completo fracaso. El narrador así lo destaca: “Salieron, se embarcaron y aquella noche no cogieron nada”. Vuelven con las redes vacías. ¿No es ésta la experiencia de las comunidades cristianas, que ven debilitarse sus fuerzas y su capacidad evangelizadora? Con frecuencia, nuestros esfuerzos, apenas obtienen resultados, en medio de una sociedad indiferente. También nosotros constatamos que nuestras redes están vacías. Es fácil ceder a la tentación del desaliento y la desesperanza. ¿Cómo sostener y reavivar nuestra fe?
Jesús le da a Pedro un cargo con una triple respuesta. Es la respuesta del amor preferencial. El papado no está vinculado al poder, sino a la ejemplaridad del amor. ¿Me amas…? Es el amor lo que permite a Pedro entrar en una relación viva con Cristo resucitado y lo que nos puede introducir también a nosotros en el misterio cristiano. El que no ama, apenas puede «entender» algo acerca de la fe cristiana.
No debemos olvidar que el amor brota en nosotros cuando comenzamos a abrirnos a otra persona en una actitud de confianza y entrega, que va siempre más allá de razones, pruebas y demostraciones. De alguna manera, amar es siempre «aventurarse» en el otro. Cuando queremos realmente a una persona concreta, pensamos en ella, la buscamos, la escuchamos, nos sentimos cerca. De alguna manera, toda nuestra vida queda tocada y transformada por esa persona, por su vida y su misterio.
La fe cristiana es «una experiencia de amor». Por eso, creer en Jesucristo es mucho más que «aceptar verdades» acerca de él. Creemos realmente cuando experimentamos que él se va convirtiendo en el centro de nuestro pensar, nuestro querer y todo nuestro vivir. El teólogo K. Rahner nos afirma que sólo podemos creer en Jesucristo, «en el supuesto de que queramos amarle y tengamos valor para abrazarle».
Este amor a Jesucristo no reprime ni destruye nuestro amor a las personas. Al contrario, le da su verdadera hondura, lo libera de la mediocridad y la mentira. Cuando se vive en comunión con Cristo, es más fácil descubrir que lo que llamamos «amor», muchas veces no pasa de ser un «egoísmo sensato y calculador», de quien actúa hábilmente, sin arriesgarse a amar a alguien desinteresadamente. El amor a Cristo nos da fuerzas para liberar nuestra existencia de tanta sensatez fría y calculadora, para amar incluso sin esperar alguna ganancia. Algo realmente nuevo se produciría en nuestras vidas, si somos capaces de escuchar con sinceridad, la pregunta del resucitado: «Tú, ¿me amas?»
Reunidos en la celebración te pedimos, Señor, que, por la fe, sintamos siempre, en medio de la comunidad, la presencia de Jesús resucitado, que parte para nosotros el pan y el vino y nos explica las Escrituras, para fortalecer nuestras vidas y renovar nuestra alegría.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, José Antonio Pagola y José María Castillo.

