Segundo Domingo de Adviento – Año A
Todos los años, en el segundo domingo de Adviento, la Liturgia nos presenta la predicación del Bautista porque nos enseña, como lo hizo en su tiempo al pueblo de Israel, a acoger al Señor que está viniendo.
¿Quién era Juan? Un personaje más bien enigmático. Flavio Josefo—el famoso historiador de aquel tiempo—lo presenta así: “Era un hombre bueno que exhortaba a los hebreos a vivir una vida recta, a tratarse recíprocamente con justicia y a someterse con devoción a Dios, y los invitaba a hacerse bautizar. En verdad, Juan era de la idea de que esta purificación para el perdón de los pecados solo purificaba el cuerpo siempre que el alma estuviera purificada gracias a una conducta recta” (Antigüedades judaicas 18.5.2 —116-119).
En el evangelio de hoy, Mateo lo describe como un hombre austero. Su alimento era la simple comida de los habitantes del desierto; su vestido era tosco. Llevaba el cinto de cuero que distinguía a Elías y el manto de pelo, el distintivo de los profetas.
Su mensaje lo resume el evangelista en una simple frase: “Conviértanse, porque el Reino de Dios está cerca”.
La esperanza en un futuro mejor era uno de los temas centrales del mensaje de los profetas. Siendo esta la esperanza del pueblo es fácil intuir que la predicación del Bautista suscitara un enorme entusiasmo. Todos corrían a hacerse bautizar para ser los primeros en entrar en este “Reino de Dios”. El bautismo con agua no era, sin embargo, suficiente. El Jordán no era una piscina de la que se salía milagrosamente purificado de los pecados. Para disponerse a entrar en el “Reino” era necesario “convertirse”, es decir invertir el camino, cambiar de ruta, modificar completamente el modo de pensar y de obrar. No bastaba corregir algún que otro comportamiento moral; era necesario ponerse en camino hacia un nuevo éxodo.
Cuando hablaba de la ira divina, Juan recurre a una imagen que aparece a menudo en el Antiguo Testamento y que no debe entenderse como una explosión de enojo de la persona ofendida. Es expresión, más bien, del amor de Dios que arremete contra el mal y no contra quien lo hace, no quiere destruir al hombre sino rescatarlo del pecado. Juan exige “un fruto sincero de conversión”. La conversión es estrictamente necesaria; no sirve ni la apariencia ni la autosuficiencia. Aunque se crean árboles frondosos, los mismos serán talados si no dan los frutos que la Palabra de Dios exige.
El hacha que corta los árboles de raíz tiene la misma función atribuida por Jesús a las tijeras que podan la vid y la liberan de ramas inútiles que la privan de la preciosa savia y la sofocan. Los árboles caídos y arrojados al fuego no son los hombres, a quienes Dios ama siempre como hijos e hijas, sino las raíces del mal, que están presentes en cada persona y en cada estructura y que deben ser destruidas para que no puedan ya volver a germinar.
Los cortes son siempre dolorosos, pero aquellos realizados por Dios son providenciales, crean las condiciones para que surjan nuevas ramas, capaces de producir frutos abundantes.
Al final la horquilla u horca con la que el Señor realiza su juicio es una imagen viva, describe el modo que Dios usa para evaluar las obras del hombre. En Jesús Dios se acerca al hombre.
En los tribunales humanos los jueces toman en consideración solo los errores y pronuncian la sentencia teniendo en cuenta el mal cometido. De las buenas obras no se preocupan. En el juicio de Dios sucede exactamente lo contrario. Él, con la horquilla de su Palabra, somete a todo hombre al soplo impetuoso de su Espíritu, que avienta la paja y deja caer al suelo solamente los preciosos granos, las obras de amor que, pocas o muchas, todos los humanos realizamos.
Jesús María Amatria, CMF.

