El domingo de ramos, la Iglesia inicia la semana santa recordando la entrada de Jesús en Jerusalén. Según el relato evangélico, los que pasaban por la colina del Gólgota ante Jesús crucificado, se burlaban de él y, riéndose de su impotencia, le decían: «Si eres Hijo de Dios, bájate de la cruz». Jesús no responde a la provocación. Su respuesta es un silencio cargado de misterio. Precisamente porque es Hijo de Dios, permanecerá en la cruz hasta su muerte.
Las preguntas son inevitables: ¿Cómo es posible creer en un Dios crucificado por los hombres? ¿Nos damos cuenta de lo que estamos diciendo? ¿Qué hace Dios en una cruz? ¿Cómo puede subsistir una religión fundada en una concepción tan absurda de Dios?
El mundo está lleno de iglesias cristianas, presididas por la imagen del Crucificado y también está lleno de personas que sufren, crucificadas por la desgracia, las injusticias y el olvido: enfermos privados de cuidado, mujeres maltratadas, ancianos ignorados, niños y niñas violados, emigrantes sin papeles ni futuro. Y de mucha gente hundida en el hambre y la miseria.
Es difícil imaginar un símbolo más cargado de esperanza, que esa cruz plantada por los cristianos en todas partes: «memoria» conmovedora de un Dios crucificado y recuerdo permanente de su identificación con todos los inocentes que sufren de manera injusta en nuestra sociedad dominicana.
Esa cruz, levantada entre nuestras cruces, nos recuerda que Dios sufre con nosotros. A Dios le duele el hambre de los dominicanos, sufre con los asesinados en las calles de nuestro país, llora con las mujeres maltratadas día a día, en sus hogares y con cada feminicidio. No sabemos explicamos la raíz última de tanto mal. Y, aunque lo supiéramos, no nos serviría de mucho. Sólo sabemos que Dios sufre con nosotros y esto lo cambia todo. Así lo captó muy bien el teólogo alemán D. Bonhoffer, prisionero de los nazis, mientras esperaba su ejecución: «Dios ha aparecido impotente y débil en el mundo y sólo así está Dios con nosotros y nos ayuda».
Pero los símbolos más sublimes pueden quedar pervertidos si no sabemos redescubrir una y otra vez su verdadero contenido. ¿Qué significa la imagen del Crucificado, tan presente entre nosotros, si no sabemos ver marcado en su rostro, el sufrimiento, la soledad, el dolor, la tortura y desolación de tantos hijos e hijas de Dios? ¿Qué sentido tiene llevar una cruz sobre nuestro pecho, si no sabemos cargar con la más pequeña cruz de tantas personas que sufren junto a nosotros? ¿Qué significan nuestros besos al Crucificado, si no despiertan en nosotros el cariño, la acogida y el acercamiento a quienes viven crucificados en cada hogar dominicano?
El Crucificado desenmascara como nadie nuestras mentiras y cobardías. Desde el silencio de la cruz, él es el juez más firme y manso, del aburguesamiento de nuestra fe, de nuestra acomodación al bienestar y de nuestra indiferencia ante los crucificados. Para adorar el misterio de un «Dios crucificado», no basta celebrar la semana santa; es necesario, además, acercamos un poco más a los crucificados, semana tras semana.
Y la pregunta de fondo es: ¿Cómo tomar la cruz? Hay, en primer lugar, un sufrimiento que forma parte de nuestra condición humana, siempre frágil y caduca. Todos estamos expuestos al dolor y la enfermedad. Todos vivimos amenazados por la desgracia y la muerte. «Tomar la cruz» significa, entonces, vivir la experiencia dolorosa de seguir de cerca a Cristo, sostenidos por una confianza absoluta en un Dios que, incluso en los momentos más oscuros, está junto a nosotros y de nuestra parte.
En segundo lugar, hay un sufrimiento inevitable en todo el que busca renovarse y crecer de manera positiva. Estamos tan arraigados en un egoísmo enfermizo, que todo el que desea liberarse y ser cada día más humano, debe aceptar el precio que exige esa constante superación. «Tomar la cruz» significa entonces, asumir y trabajar gozosamente nuestra conversión, aceptar las renuncias y sacrificios que nos llevarán a una vida más plenamente humana.
En tercer lugar, hay un sufrimiento que es resultado de una trayectoria fiel a Cristo y de un compromiso inquebrantable por el evangelio. «Tomar la cruz» significa, entonces, aceptar pacientemente el rechazo, el descrédito o la persecución que nos pueden llegar, como consecuencia del seguimiento a Cristo, sabiendo que el destino de quien, como Jesús, trata de humanizar la vida. es compartir también con él la crucifixión. Sin olvidar que, a una vida crucificada como la de Jesús, sólo le espera resurrección.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, José Antonio Pagola y José María Castillo.

