EL MEJOR TRABAJO. Jesús le dice a la gente que no trabajen por cualquier cosa, que no piensen sólo en un “alimento perecedero”, sino teniendo como horizonte “la vida eterna”. Jesús tiene razón. Pero, ¿cuál es el trabajo que quiere Dios? ¿Cómo podemos ocuparnos en los trabajos que Dios quiere? La respuesta de Jesús no deja de ser desconcertante. El único trabajo que Dios quiere es éste: «que crean en el que Dios les ha enviado».
«Creer en Jesús» no es una experiencia teórica, un ejercicio mental, ni es simplemente una adhesión religiosa. Es un «trabajo» en el que sus seguidores han de ocuparse a lo largo de su vida. Creer en Jesús es algo que hay que cuidar y trabajar día a día.
«Creer en Jesús» es configurar la vida desde él, convencidos de que su vida fue verdadera: una vida que conduce a la vida eterna. Su manera de vivir a Dios como Padre, su forma de reaccionar siempre con misericordia, su empeño en despertar esperanza, es lo mejor que puede hacer el ser humano.
Por eso, desentendernos de la vida de los demás, vivirlo todo con indiferencia, encerrados sólo en nuestros intereses, ignorar el sufrimiento de la gente que encontramos en nuestro camino, son actitudes que indican que no estamos «trabajando» nuestra fe en Jesús.
ALGO MÁS. Hablar hoy del consumismo nos parece lo más normal. Se siguen abriendo nuevos centros comerciales e hipermercados. Los restaurantes multiplican sus ofertas. Cada vez es mayor la profusión de productos a elegir y el número de cadenas que puede seleccionar. Todo está a nuestra disposición: objetos, servicios, viajes, música, programas, vídeos. Ya no son las religiones ni los pensadores los que marcan las pautas de comportamiento o el estilo de vida. La «nueva sociedad» está dirigida cada vez más por la moda consumista. Hay que disfrutar de lo último que se nos ofrece, conocer nuevas sensaciones y experiencias. La lógica de «satisfacer deseos» va impregnando todo desde la niñez.
Está naciendo el individuo-moda, de personalidad y gestos fluctuantes, sin lazos profundos, atraído por lo efímero. Un individuo sin mayores ideales ni aspiraciones, ocupado sobre todo en disfrutar, tener cosas, estar en forma, vivir entretenido y relajarse. No hemos de demonizar esta sociedad. Es bueno vivir en nuestros días, con tantas posibilidades para alimentar las diversas dimensiones de la vida. Lo malo es quedarse vacío por dentro, atrapado sólo por «necesidades superficiales». Dejar de hacer el bien para buscar sólo el bienestar, vivir ajenos a todo lo que no sea el propio interés, caer en la indiferencia, olvidar el amor.
Cuando el individuo se alimenta sólo de lo efímero, se queda sin raíces ni consistencia interior. Cualquier adversidad provoca una crisis, cualquier problema adquiere dimensiones desmesuradas. Es fácil caer en la depresión o el sinsentido. Sin alimento interior la vida corre peligro. No se puede vivir sólo de pan. Se necesita algo más.
Hoy, en República Dominicana el ser humano grita: tengo hambre, siento miedo, deseo ser amado, estoy agobiado, me muero. Y este grito se convierte en una llamada. La persona no sólo grita su necesidad, sino que se dirige a alguien para que venga en su ayuda. El ser humano necesita “salvación”. Cuando la persona lo capta, su grito se hace súplica a Dios: «Desde lo hondo a ti grito, Señor; escucha mi voz» (Salmo 130, 1). Dios escucha tu llamada si le buscas a él. No te escucha si a través de él, buscas otras cosas. El relato de Juan nos indica que la gente seguía a Jesús porque les había dado pan hasta saciarse. Jesús les saca de su error y les habla de otro pan que «da vida al mundo». Sólo entonces brota en ellos la verdadera oración: «Señor, danos siempre de ese pan» (Juan 6, 34).
Desciende a tu corazón y llega hasta las raíces más secretas de tu vida. Quítate las máscaras. No puedes caminar disfrazado al encuentro con Dios. No tienes necesidad de ocultar tus heridas ni tu desorden. Pregúntate sinceramente: ¿Qué ando buscando en la vida? ¿Por qué no hay paz en mi corazón? ¿Qué necesito para vivir con más alegría? Por ahí encontrarás un camino hacia Dios.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf.
Párroco

