«ENTRÓ JESÚS Y SE PUSO EN MEDIO DE ELLOS». «SE LLENARON DE ALEGRÍA AL VER AL SEÑOR».
Amigos, feliz tiempo pascual. Alegrémonos, porque el Señor, en verdad, ha resucitado, Aleluya. El texto tiene dos partes (vv. 19-23 y vv. 26-27) unidas por la explicación de los vv. 24-25 sobre la ausencia de Tomás. Las dos partes inician con la misma indicación sobre los discípulos reunidos y en ambas Jesús se presenta con el saludo de la paz (vv. 19.26). Tras la muerte humillante por la crucifixión de Jesús, sus seguidores quedan desconcertados, huyen o se esconden donde pueden, están aterrados, además, por el miedo a que los atrapen.
Sólo cuando ven a Jesús resucitado en medio de ellos, el grupo de discípulos se transforma. Recuperan la paz, desaparecen sus miedos, se llenan de una alegría desconocida, notan el aliento de Jesús sobre ellos y abren las puertas porque se sienten enviados a vivir la misma misión que él había recibido del Padre. Es sorprendente ver a esos discípulos que se encuentran con el que los había llamado y al que habían dejado solo. Las mujeres abrazan al que había defendido su dignidad y las había acogido como amigas. Pedro llora al verlo: ya no sabe si lo quiere más que los demás, sólo sabe que lo ama. María Magdalena abre su corazón a quien la había seducido para siempre. Los pobres, las prostitutas y los indeseables lo sienten de nuevo cerca, como en aquellas inolvidables comidas junto a él.
El espíritu del Señor Resucitado inicia un mundo nuevo, y con el envío de los discípulos a la misión se inaugura un nuevo Israel que cree en Cristo y testimonia la verdad de la resurrección. El Israel viejo, al que temen los discípulos, está fuera de donde se reúnen los discípulos (si bien éstos tienen las puertas cerradas). Será el Espíritu del resucitado el que rompa esas barreras y abra esas puertas para la misión.
Amigos, nada ni nadie nos puede aportar hoy la fuerza, la alegría y la creatividad que necesitamos para enfrentarnos a una crisis sin precedentes, como puede hacerlo la presencia viva de Cristo resucitado en medio de esta pandemia. Hoy necesitamos reaccionar. Necesitamos de Jesús más que nunca. Necesitamos vivir de su presencia viva, recordar en toda ocasión sus criterios y su Espíritu, repensar constantemente su vida, dejarle ser el inspirador de nuestra acción. Él nos puede transmitir más luz y más fuerza que nadie. Él está en medio de nosotros, en especial de esos enfermos del COVID 19 y de los millones de personas que carecen de todo para vivir, y viene a comunicarnos su paz, su alegría y su Espíritu.
Hermanos, los discípulos «se llenan de alegría al ver al Señor». Siempre es así. En una comunidad cristiana se despierta la alegría, cuando allí, en medio de todos, es posible «ver» a Jesús vivo. Nuestras comunidades no vencerán los miedos, ni sentirán la alegría de la fe, ni conocerán la paz que sólo Cristo puede dar, mientras Jesús no ocupe el centro de nuestros encuentros, reuniones y asambleas, sin que nadie lo oculte. A veces somos nosotros mismos quienes lo hacemos desaparecer. Nos reunimos en su nombre, pero Jesús está ausente de nuestro corazón. Nos damos la paz del Señor, pero todo queda reducido a un saludo entre nosotros. Tal vez, nuestra primera tarea sea hoy «centrar» nuestras comunidades, nuestras familias, nuestros amigos en Jesucristo, conocido, vivido, amado y seguido con pasión hasta el final.
El centro de cada testigo debe ser Cristo vivo, escondido en el corazón de cada creyente, y resplandeciente en la amistad, el afecto mutuo y el servicio recíproco de todos. Es por esta razón que, si no sentimos su presencia viva entre nosotros, ¿quién va a llenar nuestro corazón?, ¿dónde se va a alimentar nuestra alegría?, ¿qué nos va a sostener? Y, si falta la alegría que brota de Jesús, ¿quién va a comunicar algo «nuevo y bueno» a la gente de hoy?, ¿quién va a enseñar a creer de manera más viva?, ¿quién va a abrir caminos nuevos hacia los que sufren? El seguidor de Jesús no solo busca resolver a cualquier precio los conflictos. Busca también humanizarlos. Lucha por la justicia, pero lo hace sin introducir nuevas injusticias y nuevas violencias.
La figura de Tomás es solamente una actitud de “anti-resurrección”; nos quiere presentar las dificultades a que nuestra fe está expuesta. Tomás no se fía de la palabra de sus hermanos; quiere creer desde él mismo, desde sus posibilidades, desde su misma debilidad. La equivocación de Tomas no está en pretender su propia experiencia pascual, sino en querer verificar la «realidad» del Resucitado con sus manos y sus ojos. Creer hoy en la resurrección es comprometerse por una vida más humana, más plena, más feliz. Quien, a pesar de fracasos, frustraciones y sufrimientos, lucha incansablemente por todo aquello por lo que luchó Jesús, está caminando con él hacia la vida.
Tomás no puede aceptar el testimonio de nadie. Necesita comprobarlo personalmente: “Si no veo en sus manos la señal de sus clavos… y no meto la mano en su costado, no lo creo”. Solo creerá en su propia experiencia. Este discípulo que se resiste a creer de manera ingenua nos va a enseñar el recorrido que hemos de hacer para llegar a la fe en Cristo resucitado, los que ni siquiera hemos visto el rostro de Jesús, ni hemos escuchado sus palabras, ni hemos sentido sus abrazos. Jesús se ofrece a satisfacer sus exigencias: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos. Trae tu mano, aquí tienes mi costado”. Esas heridas, antes que “pruebas” para verificar algo, ¿no son “signos” de su amor entregado hasta la muerte? Por eso, Jesús le invita a profundizar más allá de sus dudas: “No seas incrédulo, sino creyente”.
Amigos, vemos como Tomás renuncia a verificar nada. Ya no siente necesidad de pruebas. Solo experimenta la presencia del Maestro que lo ama, lo atrae y le invita a confiar. Tomás, el discípulo que ha hecho un recorrido más largo y laborioso que nadie hasta encontrarse con Jesús, llega más lejos que nadie en la hondura de su fe: “Señor mío y Dios mío”. Nadie ha confesado así a Jesús. No hemos de asustarnos al sentir que brotan en nosotros dudas e interrogantes. Las dudas, vividas de manera sana, nos salvan de una fe superficial. Las dudas nos estimulan a ir hasta el final en nuestra confianza en el Misterio de Dios encarnado en Jesús. La fe cristiana crece en nosotros cuando nos sentimos amados y atraídos por ese Dios cuyo Rostro podemos vislumbrar en Jesús. y al final escuchar la voz de Jesús que nos dice: “Dichosos los que crean sin haber visto”.
Creemos en el gesto resucitador de Dios cuando darnos vida a los crucificados, cuando damos vida a quienes están amenazados en su dignidad y en su vida misma. Vivir como resucitados es vivir como servidores, buscando la vida y la justicia por la que Jesús vivió y murió. Se trata más bien de hacer que Jesús sea realmente Señor de la historia y de la vida. El señorío de Jesús resucitado no significa solamente que Cristo sea reconocido por los creyentes, sino que seamos servidores como él lo fue. El reino de Cristo se hace real en la medida en que hay servidores como él lo fue.
Terminemos orando en este tiempo pascual: «Ha resucitado. El Dios de los cielos. Todos los cristianos. Estamos alegres. Suenan los tambores. Guitarras también. Ha resucitado. El que es nuestro rey. Estamos de fiesta. Con mucha alegría. Viendo Nuestra Madre. Llena de alegría. Celebra esta fiesta. De resurrección. Gózala, mi hermano. Alaba al Señor. Con Jesús y María. Gózate, mi hermano. Que el Dios de los cielos. Ha resucitado. Amén».
También con esta oración más íntima: «Yo te doy mi alma. Y mi corazón. Jesús yo te quiero. Tú eres mi Señor. Cuando yo te siento. Que feliz yo estoy. No te salgas nunca. De mi corazón. Quédate conmigo. Mi amado Señor. Amén».
Fuentes: Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf y José Antonio Pagola.

