Mateo se ve preocupado por corregir los conflictos, disputas y enfrentamientos que pueden surgir en la comunidad de los seguidores de Jesús. Busca, antes que nada, «la corrección a solas», acudir al diálogo con «testigos», haciendo intervenir a la «comunidad» o separándose de quien puede hacer daño a los seguidores de Jesús.
Todo eso puede ser necesario, pero ¿cómo ha de actuar en concreto la persona ofendida? Es necesario volver a Jesús. En la Iglesia hacen falta hombres y mujeres, dispuestos a perdonar como él, a introducir entre nosotros su gesto de perdón en toda su gratuidad y grandeza.
¿Qué está sugiriendo Jesús? A veces pensamos que el mundo sería más humano si todo estuviera regido por el orden, la estricta justicia y el castigo de los que actúan mal. Pero, ¿no construiríamos así un mundo tenebroso? ¿Qué sería de una sociedad donde el perdón quedara suprimido de raíz? ¿Qué sería de nosotros, si Dios no supiera perdonar?
La negación del perdón nos parece la reacción más normal y hasta la más digna, ante la ofensa, la humillación o la injusticia. Sin embargo, no es eso lo que humaniza al mundo; una pareja sin mutua comprensión se destruye, una familia sin perdón es un infierno, una sociedad sin compasión es inhumana.
El perdón es necesario para convivir de manera sana: En la familia donde los roces de la vida diaria pueden generar frecuentes tensiones y conflictos. En la amistad y el amor, donde hay que saber actuar ante la humillaciones, engaños e infidelidades posibles. En múltiples situaciones de la vida, en las que hemos de reaccionar ante agresiones, injusticias y abusos. Quien no sabe perdonar, puede quedar herido interiormente.
Muchos se creen incapaces de perdonar, porque confunden la cólera con la venganza. La cólera es una reacción sana de irritación ante la ofensa, la agresión o la injusticia sufrida; el individuo se rebela de manera casi instintiva para defender su vida y su dignidad. Por el contrario, el odio, el resentimiento y la venganza van más allá de esta primera reacción; la persona vengativa busca hacer daño, humillar y hasta destruir a quien le ha hecho mal. A lo largo de estos años he podido comprobar que la violencia desata violencia y el odio genera odio. Lo decía hace mucho tiempo H. Lacordaire: «¿Quieres ser feliz un momento? Véngate. ¿Quieres ser feliz siempre? Perdona».
Es más sano reconocer y aceptar la cólera, tal vez compartir con alguien la rabia. Luego será más fácil serenarse y tomar la decisión de no seguir alimentando el resentimiento ni las fantasías de venganza. La fe en un Dios perdonador será entonces para el creyente un estímulo y una fuerza inestimable. Cuando uno vive del amor incondicional de Dios, le resulta más fácil perdonar.
El perdón incluye: humildad, templanza, resiliencia, fortaleza, lucidez, coraje, generosidad, sinceridad, responsabilidad, desprendimiento, libertad…y más. Tanto para pedir perdón, como para darlo.
A veces se olvida que el proceso del perdón, a quien más bien hace es al ofendido, pues lo libera del mal, hace crecer su dignidad y nobleza, le da fuerzas para recrear su vida, le permite iniciar nuevos proyectos. Escucho las palabras de Jesús que nos llaman a perdonar «setenta veces siete». Yo quiero seguirlas. No creo en los crucificadores. Creo en el Crucificado, en el que murió perdonando a todos. En su perdón hay más promesa de salvación que en todas nuestras violencias.
Oración: Padre bueno, tú que eres compasivo y misericordioso, derrama sobre tus hijos los dones de tu Espíritu Santo, para que en toda circunstancia, sepan perdonar lo mismo que tú nos has perdonado en Cristo. Amén.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf

