Si te hace caso, has salvado a tu hermano.
Hay una soledad que es inherente al ser humano. Las personas no podemos expresar ni comunicar a los demás de manera total, las emociones o experiencias que vivimos dentro de nosotros. Por eso se puede decir que, de alguna manera, todos estamos solos. Esta soledad se acentúa en algunas situaciones particulares de la vida. Nadie nos puede acompañar en la crisis interior profunda, en la enfermedad o ante la proximidad de la muerte. Son momentos en que cada uno hemos de actuar sin que nadie pueda hacerlo por nosotros. Es decir, cuando la vida se hace seria, cada uno de nosotros está solo.
A las primeras generaciones de cristianos no les preocupaba mucho el número. A finales del siglo primero eran sólo unos veinte mil, perdidos en medio del imperio romano. ¿Eran muchos o eran pocos? Ellos formaban la Iglesia de Jesús y lo importante era vivir de su Espíritu. Pablo invita constantemente a los miembros de sus pequeñas comunidades a que «vivan en Cristo». El evangelio de Juan exhorta a sus lectores a que «permanezcan en él».
Mateo, por su parte, pone en boca de Jesús estas palabras: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». En la Iglesia de Jesús no se puede estar de cualquier manera: por costumbre, por inercia o por miedo. Sus seguidores han de estar «reunidos en su nombre», convirtiéndose a él, alimentándose de su evangelio. Ésta es también hoy nuestra primera tarea, aunque seamos pocos, aunque seamos dos o tres.
Reunirse en el nombre de Jesús es crear un espacio para vivir la existencia entera en torno a él y desde su horizonte. Un espacio espiritual bien definido, no por doctrinas, costumbres o prácticas, sino por el Espíritu de Jesús que nos hace vivir con su estilo.
En este espacio creado en su nombre vamos caminando, no sin debilidades y pecado, hacia la verdad del evangelio, descubriendo juntos el núcleo esencial de nuestra fe y recuperando nuestra identidad cristiana, en medio de una Iglesia a veces tan debilitada por la rutina y tan paralizada por los miedos.
Este espacio dominado por Jesús es lo primero que hemos de cuidar, consolidar y profundizar en nuestra comunidad parroquial. La renovación de la Iglesia comienza siempre en el corazón de dos o tres creyentes que se reúnen en el nombre de Jesús.
¿Qué hago yo por crear un clima de transformación colectiva, en el seno de esta Iglesia siempre necesitada de renovación? ¿Cómo sería la Iglesia si todos vivieran la adhesión a Cristo, más o menos como la vivo yo? ¿Sería más o menos fiel a Jesús? ¿Qué aporto yo de espíritu, verdad y autenticidad, en esta Iglesia tan necesitada de radicalidad evangélica, para ofrecer un testimonio creíble de Jesús en medio de una sociedad indiferente y descreída?
¿Qué hago yo por una Iglesia más alegre y esperanzada, más libre y comprensiva, más transparente y fraterna, más creyente y más creíble, más de Dios y menos del mundo, más de Jesús y menos de nuestros intereses y ambiciones? La Iglesia cambia cuando cambiamos nosotros, se convierte cuando nosotros nos convertimos.
Quizás lo que más cambia a muchas personas, no son las grandes ideas ni los pensamientos hermosos, sino el haberse encontrado en la vida con alguien que ha sabido acercarse a ellas amistosamente y las ha ayudado a renovarse.
Todos cometemos fallos y equivocaciones. Todos tenemos momentos malos y necesitamos poder empezar de nuevo, contar con una nueva oportunidad. Hay que seguir creyendo en el amigo, en la esposa, en los hijos, aunque hayamos de ser críticos para ayudarlos a salir de su error. Cuántos matrimonios y cuántas relaciones amistosas hubieran seguido creciendo, si hubiera existido este diálogo clarificador y constructivo.
El primer quehacer de la Iglesia es aprender a «reunirse en el nombre de Jesús». Alimentar su recuerdo, vivir de su presencia, reactualizar su fe en Dios, abrir hoy nuevos caminos a su espíritu. Los que saben sentirse solidarios de la alegrías y las penas de los seres humanos. Los que saben invocarle no sólo desde su corazón, sino desde el corazón de esta humanidad necesitada del Dios de la vida. Cuando esto falta, todo corre el riesgo de quedar trivializado o pervertido.
Oración: Padre amoroso, que nunca rechazas un corazón convertido y siempre estás dispuesto a acogernos, abre nuestros corazones para que podamos acoger con amor la escucha de tu Palabra y su voz en la Comunidad. Amén.

