
No les queda vino.
El evangelista Juan no dice que Jesús hizo “milagros” o “prodigios”. Él los llama “signos”. Lo sucedido en Caná de Galilea es el comienzo de todos los signos. El prototipo de los que Jesús irá llevando a cabo a lo largo de su vida. En esa “transformación del agua en vino”, se nos propone la clave para captar el tipo de transformación salvadora que opera Jesús y que, en su nombre, han de ofrecer sus seguidores.
Todo ocurre en el marco de una boda; la fiesta humana por excelencia, el símbolo más expresivo del amor, la mejor imagen de la tradición bíblica para evocar la comunión definitiva de Dios con el ser humano. Esta boda anónima, en la que los esposos no tienen rostro ni voz propia, es figura de la antigua alianza judía.
Vivimos en una sociedad donde cada vez se debilita más la raíz cristiana del amor fraterno desinteresado. Con frecuencia, el amor queda reducido a un intercambio mutuo, placentero y útil, donde las personas sólo buscan su propio interés. Todavía se piensa que quizás es mejor amar que no amar. Se dice que debo preocuparme por los otros, no conformarme con mi propio bien, sino intentar propiciar el ajeno, incluso, renunciar a mi riqueza o a mi bienestar personal o a mi seguridad, para ayudar a conseguir formas más altas de armonía en la sociedad, o para colaborar en el fin de la explotación del hombre por el hombre. Pero, ¿por qué debo hacerlo?… ¿No es signo de salud que me ame ante todo a mí mismo? ¿Es suficiente reducir la convivencia a una correlación de derechos y obligaciones?
Esta sociedad donde cualquier persona puede ser secuestrada e instrumentada al servicio de tantos intereses, necesita de la reacción vigorosa de quienes creemos que todo hombre es intocable, pues es hijo de Dios y hermano nuestro. El amor al ser humano, como alguien digno de ser amado de manera absoluta, es un «vino» que comienza a escasear. Pero no lo olvidemos. Sin este «vino» no es posible la verdadera alegría entre los hombres.
El relato sugiere algo más. El agua solo puede ser saboreada como vino cuando, siguiendo las palabras de Jesús, es «sacada» de las seis grandes tinajas de piedra, utilizadas por los judíos para sus purificaciones. La religión de la ley escrita en tablas de piedra está exhausta; no hay agua capaz de purificar al ser humano. Esa religión ha de ser liberada por el amor y la vida que comunica Jesús.
No se puede evangelizar de cualquier manera. Para comunicar la fuerza transformadora de Jesús no bastan las palabras, son necesarios los gestos. Evangelizar no es solo hablar, predicar o enseñar; menos aún, juzgar, amenazar o condenar. Es necesario actualizar, con fidelidad creativa, los signos que Jesús hacía para introducir la alegría de Dios.
Jesús puede ser hoy fermento de nueva humanidad. Su vida, su mensaje y su persona, invitan a inventar nuevas formas de vida sana. Él puede inspirar caminos más humanos, en una sociedad que busca el bienestar ahogando el espíritu y matando la compasión.
Oración: Padre de misericordia, que hiciste que la Madre de tu Hijo participase de las angustias y sufrimientos humanos, concede por intercesión de la Bienaventurada Virgen María de las Mercedes, Patrona de la República Dominicana, consuelo de los afligidos y liberadora de cautivos, que los que sufren cualquier forma de esclavitud, consigan la verdadera libertad de los hijos de Dios. Amén.

