Mateo escribió su evangelio en momentos críticos. La venida de Cristo se iba retrasando demasiado y la fe de muchos se relajaba. Así nos señala que dentro de la comunidad hay discípulos «sensatos» que actúan de manera responsable e inteligente, y «necios» que actúan de manera frívola y descuidada.
Recoge esta parábola para llamar a todos a la responsabilidad: «No esperes que otros te den “aceite” para encender tu “lámpara”, tú mismo tienes que cuidar tu fe; no te contentes con conservar tu “talento” bajo tierra, tienes que arriesgarte a hacerlo fructificar; no estés esperando a que se te aparezca Cristo, lo puedes encontrar ahora mismo en el que sufre».
Nos habla de una fiesta de bodas: Llenas de alegría, un grupo de jóvenes «salen a esperar al esposo». No todas van bien preparadas. Como el esposo tarda en llegar, «a todas les entrar el sueño y se duermen». Los problemas comienzan cuando se anuncia la llegada del esposo.
La parábola es sencillamente una llamada a vivir la adhesión a Cristo de manera responsable y lúcida, ahora mismo, antes de que sea tarde. Cada uno sabrá qué es lo que ha de cuidar.
Nos hemos procurado otra manera más razonable y sensata para vivir con tranquilidad. Hacemos toda clase de cálculos y previsiones para no correr riesgos y alejar la inseguridad de nuestra vida. Nos preocupamos de asegurar nuestra salud y garantizar nuestro nivel de vida; planificamos nuestra jubilación y nos organizamos una vejez serena y tranquila. Todo eso está muy bien, pero, somos insensatos si no reconocemos lo evidente: todas esas seguridades fabricadas por nosotros son inseguras. Jesús nos invita a vivir en el horizonte de la vida eterna, sin engañarnos sobre la caducidad y límites de esta vida: ¿qué previsiones hacemos más allá de lo visible y perecedero?, ¿dónde podremos encontrar seguridad cuando éstas se desmoronen?
Mantener despierta la esperanza, significa no perder nunca el anhelo de «vida eterna» para todos; no dejar de buscar, de creer y de confiar. Quienes viven así están esperando la venida de Dios.
La esperanza cristiana es inquieta; crea en nosotros un dinamismo mayor. Anima nuestra responsabilidad y creatividad. No nos deja descansar. Una persona que mantiene encendida la lámpara de la fe y la esperanza, es una eternamente insatisfecha, que nunca está del todo contenta ni de sí misma ni del mundo en que vive.
Los «sabios» que tanto necesita nuestra sociedad dominicana, son personas de esperanza incansable, que saben que el solo crecimiento del nivel de vida, no es la «última salvación» que apaciguará al hombre. Son creyentes que luchan por un mundo más humano, pero saben que nunca será un puro y simple desarrollo de nuestros esfuerzos y proyectos, sino gracia y regalo de Aquél con quien nos encontraremos un día.
El mensaje es claro y urgente: Es insensatez escuchar el Evangelio sin hacer el esfuerzo de convertirlo en vida: es construir un cristianismo sobre arena. Es necedad confesar a Jesucristo con una vida apagada, vacía de su espíritu y su verdad: es esperar a Jesús con las «lámparas apagadas». Jesús puede tardar, pero no podemos retrasar más nuestra transformación. Necesitamos una nueva calidad en nuestra relación con él. Cuidar todo lo que nos ayude a centrar nuestra vida en su persona. Encender cada domingo nuestra fe rumiando sus palabras y comulgando vitalmente con él. Nadie puede transformar nuestras comunidades como Jesús.
Oración: Te damos gracias, Señor, porque nos interpelas cada domingo y quieres que vivamos atentos y disponibles cuando llegas, presente en los hermanos que piden nuestra ayuda. Ayúdanos a perseverar y a mantenernos siempre en vela. Amén.

