Un juicio sorprendente: Jesús vive volcado hacia los necesitados de ayuda. Es incapaz de pasar de largo. Ningún sufrimiento le es ajeno; se identifica con los más pequeños y desvalidos y hace por ellos todo lo que puede. Para él la compasión es lo primero y el único modo de parecernos a Dios.
El evangelista nos presenta dos maneras de reaccionar ante los que sufren: o nos compadecemos y les ayudamos, o nos desentendemos y los abandonamos. Nos habla un juez que está identificado con los pobres y necesitados. No hay que esperar ningún juicio. Ahora mismo nos estamos acercando o alejando de los que sufren y de Cristo; ahora estamos decidiendo nuestra vida.
No nos extraña que al hablar del Juicio final, Jesús presente la compasión como el criterio último y decisivo que juzgará nuestras vidas y nuestra identificación con él. No nos va a extrañar que se presente identificado con todos los pobres y desgraciados de la historia.
Acompañar: No es fácil estar a la cabecera de un ser querido cuando se acerca su final. Nadie nos ha preparado para acoger su mano y recorrer juntos el último tramo de su vida, e ignoramos qué hacer.
Es importante centrar nuestra atención en la persona enferma y no en la enfermedad. Debemos estar muy atentos a lo que vive en su interior sin dejarle solo, y ofrecerle cariño y ternura. Acompañarlo quiere decir escuchar su pena e impotencia, entender sus deseos de curarse, comprender su desconcierto y sus miedos, sin importar sufrir su irritación y enfado, para despertar en él paz, confianza y serenidad y poder desde la fe, ayudarle a sentirse envuelto por el amor inmenso de Dios.
Son horas sagradas. Recordemos que cuando el final se acerca, las palabras resultan cada vez más pobres. Lo importante ahora son los gestos consoladores: la mirada cariñosa, el beso suave, la caricia sentida, y con nuestras manos apretando las suyas, poder sugerir al enfermo una invocación sencilla y confiada a Dios, que puede repetir en su corazón.
Jesús declara «benditos de su Padre» a todos los que ayudan al necesitado, acogen al extranjero, visten al desnudo o se acercan al enfermo y al preso, aunque no lo hagan motivados por la fe religiosa. Nadie es tan pobre, necesitado y desvalido como el que está cerca de su muerte y Dios nos bendice cuando nos ve ayudándonos mutuamente a morir con paz.
Miremos la imagen del Rey de reyes que nos transmite la canción de J.A. Olivar: «Lo esperaban como rico y habitó entre la pobreza. Lo esperaban poderoso y un pesebre fue su hogar. Lo esperaban un guerrero y fue paz toda su guerra. Lo esperaban Rey de reyes y servir fue su reinar».
Oración: Te damos gracias Padre, por Jesucristo, rey y servidor de todo el universo. Queremos ser imitadores de su misericordia y amarte siempre en Él, sirviendo a nuestros hermanos más humildes y necesitados. Amén.
- Juan Andrés Hidalgo Lora, CMF.
Párroco

