El gesto supremo: Jesús no era un ingenuo. Sabía a qué resistencia se exponía si seguía insistiendo en el proyecto del reino de Dios. Era imposible procurar con tanta radicalidad una vida digna para los «pecadores» y los «pobres», sin provocar la reacción de aquellos a quienes no interesaba cambio alguno.
Jesús no es un suicida. No busca la crucifixión. Nunca quiso el sufrimiento ni para los demás ni para él. Había dedicado su vida a combatirlo donde lo encontraba: en la enfermedad, en las injusticias, en el pecado o en la desesperanza. El no corre tras la muerte, pero tampoco se echa atrás. Seguirá acogiendo a pecadores y excluidos, aunque su actuación irrite en el templo.
Lleno del amor de Dios, seguirá ofreciendo «salvación» a quienes sufren el mal y la enfermedad: dando «acogida» a los excluidos por la sociedad y la religión; regalando el «perdón» gratuito de Dios a pecadores y gentes perdidas, incapaces de volver a su amistad. Ésta actitud salvadora que inspira su vida entera, inspirará también su muerte.
Hermanos, es indigno convertir la semana santa en folclore o reclamo turístico. Los seguidores de Jesús debemos celebrar la pasión y muerte del Señor en emocionado agradecimiento, en adoración gozosa al amor «increíble» de Dios, y vivir como Jesús, solidarizándonos con los crucificados.
Cargar con la Cruz. Significa seguir sus pasos, comprometernos como él a «humanizar la vida», contribuyendo poco a poco, a hacer realidad su proyecto de un mundo donde reine Dios y su justicia. Los seguidores de Jesús estamos llamados a poner verdad donde hay mentira, a introducir justicia donde hay abusos y crueldad con los más débiles, a reclamar compasión donde hay indiferencia y pasividad ante los que sufren. Esto exige construir comunidades donde se viva con el proyecto de Jesús, con su espíritu y sus actitudes.
Seguir así a Jesús trae consigo, tarde o temprano, conflictos, problemas y sufrimiento. Hay que estar dispuestos a cargar con las reacciones y resistencias de los que no buscan un mundo más humano, tal como lo quiere ese Dios revelado en Jesús.
Seguir a Jesús es una tarea apasionante; difícilmente haya una vida más digna y noble, pero tiene un precio. Para seguir a Jesús, es importante «hacer»: hacer un mundo más justo y más humano; hacer una Iglesia más fiel a Jesús y más coherente con el evangelio. Sin embargo, es igualmente importante «padecer»: padecer por un mundo más digno; padecer por una Iglesia más evangélica.
Debemos redescubrir, sin distorsiones, el verdadero contenido de los símbolos: ¿Qué significa la imagen del Crucificado, si no sabemos ver su rostro en el sufrimiento, la soledad, el dolor, la tortura y desolación de tantos hijos e hijas de Dios? ¿Qué sentido tiene llevar una cruz sobre nuestro pecho, si no sabemos cargar con nuestra pequeña cruz y la de tantas personas que sufren junto a nosotros? ¿Qué significan nuestros besos al Crucificado, si no despiertan en nosotros el cariño, la acogida y el acercamiento a quienes viven crucificados?
El Crucificado desenmascara como nadie nuestras mentiras y cobardías. Desde el silencio de la cruz, él es el juez más firme y manso, de lo auténtico de nuestra fe, de nuestra acomodación al bienestar y de nuestra indiferencia ante los crucificados.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf.
Párroco

