Acercarnos y Conocernos. Para los primeros creyentes, Jesús no es sólo un pastor, sino el verdadero y auténtico. El único capaz de orientar y dar verdadera vida a los hombres. Esta fe en Jesús, adquiere una actualidad nueva en una sociedad como la nuestra, donde la persona corre el riesgo de perder su propia identidad ante tantas voces y reclamos que dificultan vivir con serenidad los sucesos de cada día, las experiencias dolorosas del destino, los fracasos y las incertidumbres de la vida.
El Pastor Bueno. En la tradición de Israel, la figura del pastor era muy familiar. Moisés, Saúl, David y otros líderes habían sido pastores. Al pueblo le agradaba imaginar a Dios como un «pastor» que cuida a su pueblo, lo alimenta y lo defiende.
Con el tiempo, el término «pastor» comenzó a utilizarse para designar también a los jefes del pueblo. Pero éstos no siempre sabían cuidar al pueblo ni velar por las personas.
Recordaban las críticas del profeta Ezequiel (cap. 34) a los dirigentes de su tiempo: «¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! No fortalecen a las ovejas débiles ni sanan a las enfermas ni vendan a las heridas; no recogen a las descarriadas ni buscan a las perdidas, sino que las han dominado con violencia y dureza». El profeta anunciaba un porvenir diferente: «Aquí estoy yo, dice el Señor, yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él».
Al comenzar los conflictos y disensiones, en las primeras comunidades cristianas, los seguidores de Jesús recordaron que sólo él es Pastor Bueno.
Recordaban su entrega a las «ovejas perdidas de Israel»: Jesús había actuado sólo por amor a las más débiles, las más enfermas y heridas, las más descarriadas. El pastor bueno que trata a las ovejas con cuidado y amor, tan diferente del pastor «asalariado» a quien «no le importan las ovejas» ni su sufrimiento.
Jesús no había actuado como un jefe dedicado a dirigir, gobernar o controlar, sino a «dar vida», curar, perdonar. A «entregarse» y desvivirse, hasta ser crucificado, dando la vida por las ovejas. El que no es verdadero pastor, piensa en sí mismo, «abandona las ovejas», evita los problemas y «huye».
El “pastor bueno” se preocupa de sus ovejas. No las abandona no las olvida. Vive pendiente de ellas. Pero hay algo más. “El pastor bueno da la vida por sus ovejas”. Jesús ama a todos con el amor del buen pastor que no huye ante el peligro, sino que da su vida por salvar al rebaño. Para los cristianos, Jesús es ese pastor descrito en el salmo 22: “El Señor es mi pastor, nada me falta… aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo… Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida”.
Con frecuencia los cristianos vivimos una relación bastante pobre con Jesús. No creemos que él cuida de nosotros. Necesitamos conocer una experiencia más viva y entrañable. Olvidamos que podemos acudir a él cuando nos sentimos cansados y sin fuerzas o perdidos y desorientados.
Una Iglesia formada por cristianos que se relacionan con un Jesús mal conocido, confesado solo de manera doctrinal, un Jesús lejano cuya voz no se escucha bien en las comunidades…, corre el riesgo de olvidar a su Pastor. Pero, ¿quién cuidará a la Iglesia si no es su Pastor?
La alegoría del «buen pastor» arroja una luz decisiva: quien tenga alguna responsabilidad pastoral ha de parecerse a Jesús. Sólo creyentes llenos del Espíritu del Buen Pastor, pueden ayudarnos a crear el clima de acercamiento, mutua escucha, respeto recíproco y diálogo humilde que tanto necesitamos.

