Contacto Personal. Según el relato evangélico de Juan, en vísperas de su muerte, Jesús revela a sus discípulos su deseo más profundo: “Permaneced en mí”. Conoce su cobardía y mediocridad. En muchas ocasiones les ha recriminado su poca fe. Si no se mantienen vitalmente unidos a él no podrán subsistir.
Jesús emplea un lenguaje rotundo: “Yo soy la vid y vosotros los sarmientos”. En los discípulos debe correr la savia que proviene de Jesús. No lo han de olvidar nunca. “El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante, porque sin mí no puede hacer nada”. Separados de Jesús, sus discípulos no podemos nada.
Aprovecho para felicitar a la nueva directiva de la Hermandad de Emaús Claret Hombres y recordarle que: El Espíritu del Resucitado permanece hoy vivo y operante en su comunidad parroquial de múltiples formas, pero su presencia invisible y callada, adquiere rasgos visibles y voz concreta gracias al recuerdo guardado en los relatos evangélicos de quienes lo conocieron de cerca y le siguieron. En los evangelios nos ponemos en contacto con su mensaje, su estilo de vida y su proyecto del reino de Dios. En ellos se encierra la fuerza más poderosa que poseen las comunidades cristianas para regenerar su vida. Es la energía que necesitamos para recuperar nuestra identidad de seguidores de Jesús. Nada tiene más fuerza evangelizadora que la experiencia de escuchar juntos el Evangelio de Jesús desde las preguntas, los problemas, sufrimientos y esperanzas de nuestros tiempos.
Muchos cristianos buenos de nuestras comunidades, solo conocen los evangelios “de segunda mano”. Todo lo que saben de Jesús y de su mensaje proviene de lo que han podido reconstruir a partir de las palabras de los predicadores y catequistas. Viven su fe sin tener un contacto personal con “las palabras de Jesús”.
Sus palabras son categóricas: «Sin mí no podéis hacer nada». ¿No se nos está desvelando aquí la verdadera raíz de la crisis de nuestro cristianismo, el factor interno que resquebraja sus cimientos como ningún otro?
Creer. El que permanece en mí. La fe no es una impresión o emoción del corazón. Sin duda, el creyente siente su fe, la experimenta y la disfruta, pero sería un error reducirla a «sentimentalismo». La fe no es algo que depende de los sentimientos: «Ya no siento nada; debo estar perdiendo la fe». Ser creyentes es una actitud responsable y razonada.
La fe no es tampoco una opinión personal. El creyente se compromete personalmente a creer en Dios, pero la fe no puede ser reducida a «subjetivismo»: «Yo tengo mis ideas y creo lo que a mí me parece». La realidad de Dios no depende de mí, ni la fe cristiana es fabricación de uno. Brota de la acción de Dios en nosotros.
La fe no es tampoco una costumbre o tradición recibida de los padres. Es bueno nacer en una familia creyente y recibir desde niño una orientación cristiana de la vida, pero sería muy pobre reducir la fe a «costumbre religiosa»: «En mi familia siempre hemos sido muy de Iglesia». La fe es una decisión personal de cada uno.
La fe tampoco es una receta moral. Creer en Dios tiene sus exigencias, pero sería una equivocación reducirlo todo a «moralismo»: «Yo respeto a todos y no hago mal a nadie». La fe es amor a Dios, compromiso por un mundo más humano, esperanza de vida eterna, acción de gracias, celebración.
La fe no es tampoco un «tranquilizante». Creer en Dios es, sin duda, fuente de paz, consuelo y serenidad, pero la fe no es sólo un «asidero» para momentos críticos: «Cuando me encuentro en apuros, yo acudo a la Virgen». Creer es el mejor estímulo para luchar, trabajar y vivir de manera digna y responsable.
La fe cristiana empieza a despertarse en nosotros cuando nos encontramos con Jesús. El cristiano es una persona que se encuentra con Cristo y en él va descubriendo a un Dios Amor que cada día le atrae más. Lo dice muy bien Juan: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es Amor» (1 Jn 4, 16).
Esta fe crece y da frutos sólo cuando permanecemos día a día unidos a Cristo, es decir, motivados y sostenidos por su Espíritu y su Palabra: «El que permanece unido a mí, como yo estoy unido a él, produce mucho fruto, porque sin mí no pueden hacer nada».
Ante nuestra fe surgen dudas y nuevos interrogantes: ¿Quién de nosotros, incluso el más noble y generoso, no ha tenido un día la impresión de que todos sus proyectos, esfuerzos y trabajos no servían para nada? ¿Será la vida algo que no conduce a nada? ¿Un esfuerzo vacío y sin sentido? ¿Una pasión inútil? ¿Cómo puedo fortalecer mi unión vital con el Señor?
Los creyentes hemos de volver a recordar que la fe es «fuente de vida». Creer no es afirmar que debe existir Algo último en alguna parte. Creer es descubrir a Alguien que nos «hace vivir» y superar nuestra impotencia, nuestros errores y nuestro pecado.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf.
Párroco

