Pequeñas Semillas. Vivimos ahogados por las malas noticias. Emisoras de radio y televisión, noticiarios y reportajes se han convertido en «vendedores de sensacionalismo», que descargan sobre nosotros una avalancha de noticias de odios, guerras, hambres y violencias, corrupción, impunidad, escándalos grandes y pequeños de nuestro planeta. La increíble velocidad con que se extienden las noticias y los problemas nos deja aturdidos y desconcertados. ¿Qué puede hacer uno ante tanto sufrimiento? Cada vez estamos mejor informados del mal que asola a la humanidad entera, y cada vez nos sentimos más impotentes para afrontarlo.
La ciencia nos ha querido convencer de que los problemas se pueden resolver con más poder tecnológico. Pero este poder organizado ya no está en manos de las personas, sino en las estructuras, convertido en «un poder invisible» que se sitúa más allá de nuestro alcance y la tentación de inhibirnos es grande. ¿Qué puedo hacer yo para mejorar esta sociedad? ¿No son los dirigentes políticos y religiosos quienes deben promover los cambios necesarios para alcanzar una convivencia más digna, más humana y dichosa?
No es así. El evangelio nos llama a todos a sembrar pequeñas semillas para una nueva humanidad. Jesús no habla de grandes cosas. El reino de Dios es algo tan humilde y modesto en sus orígenes, que hasta puede pasar desapercibido como la semilla más pequeña, pero que está llamado a crecer y fructificar de manera insospechada.
A Jesús le preocupaba mucho que sus seguidores pudieran un día desalentarse al ver que sus esfuerzos por un mundo más humano y dichoso, no obtenía el éxito esperado. ¿Se olvidarían el reino de Dios? ¿Mantendrían su confianza en el Padre? Lo más importante a recordar es cómo han de trabajar. No olvidemos que nuestra tarea es sembrar, no cosechar. Los comienzos de toda siembra siempre son humildes. Más aún si se trata de sembrar el Proyecto de Dios en el ser humano. El Evangelio solo se puede sembrar con fe.
Necesitamos aprender de nuevo a valorar las cosas pequeñas y los pequeños gestos. No nos sentimos llamados a ser héroes ni mártires cada día, pero a todos se nos invita a poner un poco de dignidad en cada rincón de nuestro pequeño mundo. Un gesto amistoso al que vive desconcertado, una sonrisa acogedora a quien está solo, una señal de cercanía a quien comienza a desesperar, una palabra cariñosa a la que limpia con paciencia tu oficina, una pregunta por su vida, un gesto de acercamiento a quien va poniendo barreras de distancia, de protección, de lejanía para actuar sin tanto corazón, una caricia a quien se desespera, a quien se siente solo y no recuerda la ternura, una pequeña alegría en un corazón agobiado, compañía a quien se siente solo… no son cosas grandes. Son pequeñas semillas del reino de Dios que todos podemos sembrar en una sociedad complicada y triste, que ha olvidado el encanto de las cosas sencillas y buenas.
Solo por hoy. Al Papa Bueno San Juan XXIII, un hombre sencillo que sabía sembrar bondad sin complicarse la vida, se le atribule un pequeño “decálogo” lleno de sabias sugerencias. Son pequeñas semillas que pueden dar su fruto.
- Sólo por hoy trataré de vivir exclusivamente el día, sin querer resolver el problema de mi existencia, todo de una vez.
- Sólo por hoy tendré el máximo cuidado de mi aspecto; no criticaré a nadie y no pretenderé mejorar o corregir a nadie sino a mí mismo.
- Sólo por hoy seré feliz en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no sólo en el otro mundo, sino en éste también.
- Sólo por hoy me adaptaré a las circunstancias, sin pretender que las circunstancias se adapten todas a mis deseos.
- Sólo por hoy dedicaré diez minutos de mi tiempo a una buena lectura, recordando que, como el alimento es necesario para la vida del cuerpo, así la buena lectura es necesaria para la vida del alma.
- Sólo por hoy haré una buena acción y no lo diré a nadie.
- Sólo por hoy haré por lo menos una cosa que no deseo hacer, y si me sintiera ofendido en mis sentimientos, procuraré que nadie se entere.
- Sólo por hoy me haré un programa detallado. Quizá no lo cumpliré cabalmente, pero lo redactaré. Y me guardaré de dos calamidades: la prisa y la indecisión.
- Sólo por hoy creeré firmemente, aunque las circunstancias demuestren lo contrario, que la buena providencia de Dios se ocupa de mí como si nadie más existiera en el mundo.
- Sólo por hoy no tendré temores. De manera particular no tendré miedo de gozar de lo que es bello y de creer en la bondad.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf.
Párroco.

