Pecado Imperdonable. El evangelio de Marcos habla de un pecado imperdonable. El pecado «contra el Espíritu Santo». En concreto, es el pecado de los escribas que, lejos de acoger la salvación que se les ofrece en Jesús, la rechazan como acción satánica.
«Pecar contra el Espíritu» es, no sentirse necesitado de salvación, ni del salvador. Puede ocurrir que un hombre no se sienta pecador. Que, a pesar de los múltiples males que le afligen, bajo forma de carencias, contradicciones, rupturas, deseos, infidelidades, no sea capaz de descubrir el mal del que necesita ser salvado.
El evangelio de Juan llama al Espíritu Santo como el Defensor (Paráclito), el que ayuda siempre y en cualquier circunstancia, el que da seguridad y libertad interior, el «Espíritu de la verdad», que mantiene vivo en el creyente el espíritu, el mensaje y el estilo de vida de Cristo. Jesús advierte severamente sobre «la blasfemia contra el Espíritu Santo», porque este pecado consiste en cerrarse a la acción de Dios en nosotros, quedándonos desamparados, sin nadie que nos defienda del error y del mal.
La fuerza sanadora del Espíritu. El Espíritu es quien despierta en nosotros el deseo de luchar por algo más noble y trascendente que lo trivial de cada día. Nos da la audacia necesaria para iniciar un cambio interior en nosotros. El Espíritu hace brotar una alegría diferente en nuestro corazón; vivifica nuestra vida envejecida; enciende en nosotros el amor, incluso hacia aquellos por los que no sentimos el menor interés.
El Espíritu es «una fuerza que actúa en nosotros y que no es nuestra». Es el mismo Dios inspirando y transformando nuestras vidas. Nadie puede decir que no está habitado por ese Espíritu. Lo importante es avivar su fuego, permitir que arda purificando y renovando nuestra vida. Debemos comenzar por invocar a Dios con el salmista: «No apartes de mí tu Espíritu».
¿Qué es lo más sano? «Decían que no estaba en sus cabales». La cultura moderna exalta el valor de la salud física y mental, dedica toda clase de esfuerzos para prevenir y combatir las enfermedades, a la vez que construimos una sociedad adonde se nos hace difícil vivir, amenazados por el desequilibrio ecológico, la contaminación, el estrés y la depresión. También fomentamos un estilo de vida donde prima la falta de sentido, la carencia de valores, el consumismo, la trivialización del sexo, la incomunicación y tantas otras frustraciones que impiden a las personas crecer de manera sana.
Algo de esto sucede con los familiares de Jesús, cuando piensan que “no está en sus cabales”, mientras los letrados y las clases intelectuales de Jerusalén consideran que “tiene dentro a Belzebú”.
Una sociedad es sana en la medida en que favorece el desarrollo sano de la persona, de lo contrario es, al menos en parte, patógena.
Por eso, hemos de ser lo suficientemente lúcidos, para no caer en neurosis colectivas y conductas poco sanas, sin apenas ser conscientes de ello.
¿Qué es lo más sano? Permitir que el espíritu nos guie y aumente la creatividad en la persona. Es sano vivir de modo sobrio y moderado, sin caer en “la patología de la abundancia”. Es sano vivir construyendo nuestra existencia día a día, dándole un sentido último desde la fe.
Lo más sano es llenar la vida de buenas relaciones, cuidar las necesidades más hondas y entrañables del ser humano en la relación de la pareja, en el hogar y en la convivencia social. Lo más sano es cultivar la dimensión religiosa, para llenar de transcendencia nuestra vida, viviendo desde una actitud de confianza en ese Dios “amigo de la vida”, que sólo quiere y busca la plenitud del ser humano.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf.
Párroco

