Marcos, el evangelio más antiguo y directo, presenta a Jesús en conflicto con los sectores más piadosos de la sociedad judía. Entre sus críticas más radicales se destacan dos: el escándalo de una religión vacía de Dios, y el pecado de sustituir su voluntad que sólo pide amor, por «tradiciones humanas» al servicio de otros intereses.
Los evangelios señalan que una de las citas preferidas de Jesús es la del profeta Isaías: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”. Estas palabras me recuerdan el momento al comienzo de la anáfora eucarística, en que el sacerdote invita a los fieles diciendo: “Levantemos el corazón”, y los presentes responden: “Lo tenemos levantado hacia el Señor”. Exteriormente, en ese momento todos nos ponemos de pie, pero ¿realmente levantamos nuestro corazón hacia Dios? A veces, ni siquiera sospechamos la fuerza que tienen los gestos litúrgicos para ayudarnos a elevar nuestro corazón hacia Dios.
Meditemos en esas posturas y gestos sencillos que adoptamos, a veces rutinariamente, en nuestras celebraciones litúrgicas.
Ponerse en pie es un gesto que naturalmente significa respeto, atención, disponibilidad. Pero es mucho más. Es la actitud más característica del orante cristiano que se siente “resucitado” por Cristo y “levantado” para siempre a la vida. Ponerse de rodillas es gesto de humildad y adoración. Reducimos nuestra estatura para hacernos “pequeños” ante Dios y nos confiamos a su bondad de Padre. Sentarse es adoptar una actitud de escucha. Somos discípulos que necesitamos acoger la Palabra de Dios y aprender a vivir con “sabiduría cristiana”. Elevar los brazos con las palmas de las manos abiertas y vueltas hacia arriba, es invocar a Dios mostrándole nuestro vacío y nuestra pobreza radical. Inclinar la cabeza es aceptar la gracia y la bendición de Dios sobre toda nuestra persona. Dejarnos envolver por su presencia amorosa. Golpearse el pecho con la mano es un signo humilde de arrepentimiento que expresa el deseo de romper y ablandar nuestro corazón, endurecido y cerrado a Dios y a los hermanos. Darse el gesto de la paz mirándonos al rostro y estrechando nuestras manos, es acoger al hermano y despertarnos al amor fraterno y la solidaridad, antes de compartir la mesa del Señor. Hacer el signo de la cruz expresa nuestra condición cristiana, aceptar sobre nosotros la cruz de Cristo y consagrar nuestros pensamientos, palabras y deseos a ese Dios que es nuestro Padre, hacia el cual caminamos movidos por el Espíritu Santo, en seguimiento de su Hijo.
Recordemos hermanos que, cuando nuestro corazón está lejos de Dios, nuestro culto queda sin contenido. Le falta la vida, la escucha sincera de la Palabra de Dios y el amor al hermano. La religión se convierte en algo exterior que se practica por costumbre, pero en la que faltan los frutos de una vida fiel a Dios.
La doctrina que enseñan son preceptos humanos. En toda religión hay tradiciones “humanas”, normas, costumbres y devociones que han nacido para vivir la religiosidad en una determinada cultura. Pueden hacer mucho bien, pero cuando nos distraen y alejan de lo que Dios espera de nosotros, hacen daño. No deben tener la primacía.
Al terminar la cita del profeta Isaías, Jesús resume su pensamiento con unas palabras muy graves: “Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios para aferrarse a la tradición de los hombres”. Al aferrarnos ciegamente a tradiciones humanas, corremos el riesgo de olvidar lo esencial, el mandato del amor, y nos desviamos del seguimiento a Jesús, Palabra encarnada de Dios. En la religión cristiana, lo primero es siempre Jesús y su llamada al amor. Solo después vienen nuestras tradiciones humanas, por muy importantes que nos puedan parecer.
Oración. Dios, Padre nuestro, de quien procede todo bien y cuyo Espíritu nos llama a la Libertad. Te rogamos que las normas, leyes, ritos y temores… que muchas veces interponemos en nuestra relación contigo, no logren ocultarnos tu rostro de amor, y haz que, lejos de aferrarnos a tradiciones simplemente humanas, estemos libres para encontrar creativamente, vías siempre nuevas de llegar hasta Ti y de contemplar tu rostro. Amén.
(Fuentes: José Antonio Pagola y propias)
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf.
Párroco

