El pasaje es muy conocido. A Jesús le presentan un sordo que además apenas puede hablar. Su vida es una desgracia. No puede escuchar a sus familiares y vecinos, ni puede conversar con sus amigos. Vive encerrado en su propia soledad.
Jesús lo toma consigo y lo lleva aparte, tratando de vencer la resistencia que lo aísla y le impide escuchar y hablar a otros. Le introduce los dedos en sus oídos y toca con su saliva aquella lengua paralizada, para dar fluidez a su palabra. No es fácil. Jesús respira profundamente lanzando un fuerte suspiro, y mirando al cielo en busca de la fuerza de Dios, le dice al enfermo: « ¡Ábrete!».
La Soledad. Es una de las plagas más graves de nuestra sociedad dominicana. Los gobernantes construyen puentes y autopistas para comunicarse con más rapidez. Lanzan satélites para transmitir toda clase de ondas entre los continentes. Se desarrolla la telefonía móvil y la comunicación por internet. Pero los hombres están cada vez más «solos en su propio alojamiento». Algunos viven forzosamente solos. Otros buscan la soledad porque desean «independencia»; no quieren estar «atados» por nada ni por nadie. Otros se sienten marginados, no tienen a quien confiar su vida y nadie espera nada de ellos. Algunos, aun viviendo en compañía de muchas personas, se sienten solos e incomprendidos. Otros evaden sentir su soledad, inmersos en mil actividades. El contacto humano se ha enfriado en muchos ámbitos de nuestras familias, de nuestros grupos y de nuestra sociedad. La gente no se siente responsable de los demás. Cada uno vive en su mundo. No es fácil el regalo de la verdadera amistad.
La falta de comunicación puede deberse a muchas causas. Pero hay una actitud que impide de raíz toda comunicación, porque hunde a la persona en el aislamiento; el temor a confiar en los demás, el retraimiento, la huida, el irse distanciando poco a poco de los demás para encerrarse dentro de sí. En nuestra sociedad hay quienes han perdido la capacidad de llegar a un encuentro cálido, cordial, sincero. Se sienten extraños ante los demás. Ya no son capaces de entender y amar sinceramente a nadie, y no se sienten comprendidos ni amados por nadie. Quizás se relacionan cada día con mucha gente, pero en realidad no se encuentran con nadie. Viven aislados, con el corazón bloqueado, cerrados a Dios y a los demás.
Cuántos dominicanos necesitan escuchar hoy las palabras de Jesús al sordomudo. No son casualidad los relatos en los evangelios de tantas curaciones de ciegos y sordos. Es una invitación a abrir nuestros ojos y nuestros oídos para acoger la Buena Noticia de Jesús y la salvación que se nos ofrece desde Dios. Las causas de la incomunicación, el aislamiento y la soledad crecientes son muy diversas, pero casi siempre tienen su raíz en nuestro pecado. Cuando actuamos egoístamente nos alejamos de los demás, nos separamos de la vida y nos encerramos en nosotros mismos. Queriendo defender celosamente nuestra propia libertad e independencia, caemos en un aislamiento y soledad cada vez mayor.
En nuestra sociedad de hoy, debemos aprender nuevas técnicas de comunicación, pero, ante todo, debemos abrirnos a la amistad y al amor verdadero. El egoísmo, la desconfianza y la insolidaridad son lo que más nos separa y aísla a unos de otros. Por ello, la transformación al amor es camino indispensable para escapar de la soledad. El que se abre al amor al Padre y a los hermanos, no está solo.
La fe siempre nos ha de conducir a la comunicación y la apertura. El retraimiento y la incomunicación impiden su crecimiento. Es significativa la insistencia de los evangelios en destacar la actividad sanadora de Jesús, que hacía «oír a los sordos y hablar a los mudos», abriendo a las personas a la comunicación, la confianza en Dios y el amor fraterno. El primer paso que necesitan dar las personas para reanimar su vida y despertar su fe, es abrirse con más confianza a Dios y a los demás. Escuchar interiormente las palabras de Jesús al sordomudo: «Effetá», es decir, «Ábrete».
Oración. Señor, Tú que nos has hecho hijos tuyos para que seamos conscientes de que todos somos hermanos y nos preocupemos en atender los unos las necesidades de los otros; ayúdanos a confiar y vivir como Tú esperas de nosotros, y a no caer en la trampa y en el pecado de tener acepción de personas, con base en criterios económicos, culturales, raciales o de género. Amén.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf.
Párroco

