El Reino de Dios, como contenido del mensaje de Jesús. Jesús nunca se proclamó Rey: nada más lejos de Él. Lo que hizo Jesús fue ponerse al servicio total del Reino, de forma que éste fue el centro mismo de su predicación, de su vida y la Causa por la que dio la vida. Haciendo honor a su verdadera identidad, diremos que Jesús no fue rey, ni lo quiso ser nunca, por más que algunos cristianos crean honrarlo al llamarlo así… La intención puede ser buena, pero ese título no podría ser de su agrado.
Jesús habló del Reino, fue su servidor y su mensajero, pero sus seguidores se olvidaron del Reino, constituyéndolo como el Reino mismo, como el Rey… El mensaje fue sustituido por el mensajero. Jesús nos indicaba el Reino, como la Causa por la que estaba apasionado y por la que dio su vida, y un buen grupo de seguidores se enamoraron de Jesús, pero se olvidaron de esa Causa. Es preciso volver a Jesús, y a su Causa.
Para hablar concretamente del Reino es bueno reparar en el texto del prefacio de esta fiesta, que da una «descripción» muy plástica de su contenido, y fue recogida en el estribillo del Salmo 71 del compositor Manzano: «Tu Reino es Vida, tu Reino es Verdad, tu Reino es Justicia… es Paz… es Gracia… es Amor, ¡venga a nosotros tu Reino, Señor».
Contra la mentira. «Todo el que es de la verdad, escucha mi voz». No es frecuente escuchar a alguien defender el derecho del hombre a la verdad. En nuestra sociedad dominicana ni siquiera se escuchan voces protestando contra la mentira, con la misma fuerza con que se grita contra la injusticia.
¿Acaso no somos conscientes de la mentira que nos envuelve por todas partes? ¿Será que solo cuando somos víctimas es cuando exigimos justicia y nunca nos sentimos opresores? Para gritar contra la mentira, la hipocresía, el engaño, la impunidad y la corrupción, es necesario vivir con un mínimo de sinceridad personal.
La mentira es hoy uno de los presupuestos más firmes de nuestra convivencia social. Mentir es aceptado como algo necesario, tanto en el complejo mundo del quehacer político y la información social como en nuestras relaciones personales de cada día.
El hombre contemporáneo se ve obligado a pensar, decidir y actuar envuelto en una densa niebla de mentira y falsedad. Indefenso ante un cerco de engaños, falacias y embustes del que es difícil liberarse, ¿Cómo puede saber la «verdad» que se oculta tras las decisiones políticas de los diversos partidos? ¿Cómo descubrir los verdaderos intereses que se encierran tras campañas y acciones que se nos pide defender o rechazar? ¿Cómo actuar con lucidez en medio de la información deformada, parcial e interesada que diariamente nos vemos obligados a consumir?
Se nos dirá que la mentira es necesaria para actuar con eficacia en la construcción de una sociedad más libre y más justa. Pero, realmente, ¿hay alguien que pueda garantizar que estamos haciendo un mundo más humano, cuando desde los centros de poder se manipula la verdad, cuando se utiliza la calumnia para destruir al adversario, cuando se obliga a las masas sencillas a que sean protagonistas de su historia desde una situación de engaño y de ignorancia?
Dentro de todo hombre hay una búsqueda de verdad, y nada verdaderamente humano se puede construir sobre la mentira y la falsedad. En el mensaje de Jesús hay una invitación a vivir en la verdad ante Dios, ante uno mismo y ante los demás. «Yo he venido para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz» (Juan 18, 37). Es preciso que en nuestra sociedad se vuelvan a escuchar esas palabras de Jesús, que son un reto y una promesa para todo el que busca sinceramente una sociedad más humana: «La verdad os hará libres» (Juan 8, 32).
Jesucristo es la única verdad de la que nos está permitido vivir a los cristianos. En la Iglesia de Jesús necesitamos hacer un examen de conciencia comunitario, ante el «Testigo de la Verdad» Atrevernos a discernir con humildad, sobre lo que hay de verdad y de mentira en nuestro seguimiento a Jesús. ¿Dónde hay verdad liberadora y dónde la mentira que nos esclaviza? Necesitamos encaminarnos hacia mayores niveles de verdad humana y evangélica en nuestras vidas, en nuestras comunidades y nuestras instituciones.
Juan Andrés Hidalgo Lora, CMF. Fuentes: José Antonio Pagola y Diario Bíblico 2018

