Durante los cuatro domingos que preceden a la Navidad, la Iglesia propone a los cristianos, prepararse en sus sentimientos religiosos para rememorar el nacimiento de Jesús, no solo mediante la memoria, sino más aun, preparar el corazón, para recordar cómo tiene que ser la Navidad.
En Navidad celebramos como Dios entró en la Historia haciéndose presente entre nosotros. Si despejamos nuestros belenes de arte y poesía, lo que queda es un niño nacido en el pesebre de un establo. Ante un Dios así, se caen los astros, las estrellas, y los poderes que imponen el miedo y la ansiedad. El sistema, que nos oprime y nos angustia, pierde su fuerza. Ante semejante trastorno, o bien nos quedamos sin religión o solo queda en pie nuestra humanidad, hecha cercanía, respeto, justicia y bondad con todos los seres humanos y con la naturaleza entera. Adviento significa llegada y nos prepara para ese asombroso cambio. Es el tiempo en el que el Señor desea llegar especialmente a nuestro interior, para liberarnos del desaliento y darnos alegría y ánimo, porque se acerca nuestra liberación.
En ninguna parte encontraremos luz, paz y nuevo impulso para vivir, si no es dentro de nosotros, que es donde está Dios y penetra la llovizna suave del Espíritu Santo, Señor y dador de vida.
El objetivo de Jesús no era explicar una doctrina religiosa para que sus discípulos la aprendieran correctamente y la difundieran luego en todas partes. Él les hablaba de un «acontecimiento» que estaba ya sucediendo: «Dios se está introduciendo en el mundo. Quiere que las cosas cambien. Sólo busca que la vida sea más digna y feliz para todos».
Jesús le llamaba a esto el «Reino de Dios». Hay que estar muy atentos a su venida. Hay que vivir despiertos; abrir bien los ojos del corazón; desear ardientemente que el mundo cambie; creer en esta buena noticia, aunque tarde en hacerse realidad plena; cambiar de manera de pensar y de actuar; vivir buscando y acogiendo el «Reino».
A lo largo del evangelio escucharemos su llamada insistente: «vigilad», «estad atentos a su venida», «vivid despiertos». Es la primera actitud del que se decide a vivir la vida como la vivió Jesús. Es lo primero que debemos cuidar para seguir sus pasos.
«Vivir despiertos» significa reaccionar positivamente contra los escepticismos e indiferencias ante la marcha del mundo. Evitar quedarnos solo en quejas, críticas y condenas que endurecen el corazón. Despertar activamente la esperanza significa vivir de manera más lúcida, sin dejamos arrastrar por la insensatez que parece invadirlo todo. Atrevernos a ser diferentes, manteniendo encendido nuestro deseo de procurar el bien para todos, viviendo con pasión la pequeña aventura de cada día. No desentendernos de quien nos necesita. Seguir haciendo esos «pequeños gestos» sencillos que sostienen la esperanza de las personas, que hacen la vida un poco más amable y despiertan nuestra fe. Buscar a Dios en la vida y desde la vida e intuirlo muy cerca de cada persona. Descubrirlo atrayéndonos a todos hacia la felicidad. Y vivir, no sólo de nuestros pequeños proyectos, sino atentos al proyecto de Dios.
¿Cómo estamos viviendo estos tiempos tan difíciles para casi todos, tan angustiosos para muchos, y crueles para quienes se hunden en la impotencia? ¿Vivimos despiertos o dormidos? Desde las comunidades cristianas debemos alentar la indignación y la esperanza. Y solo hay un camino: caminar junto a los que se están quedando sin nada, viviendo en la desesperanza, la rabia y la humillación.
Juan Andrés Hidalgo Lora, CMF. Fuentes: José Antonio Pagola, Diario Bíblico 2018, Luis García Dubus, José María Castillo.

