AY DE USTEDES LOS POLÍTICOS RICOS CON EL DINERO DE LOS POBRES.
En República Dominicana leemos y escuchamos, cada vez con más frecuencia, noticias optimistas sobre la superación de la crisis y la recuperación progresiva de la economía. Se nos dice que estamos asistiendo ya a un crecimiento económico, pero ¿crecimiento de qué y para quién? Apenas se nos informa toda la verdad de lo que está sucediendo.
Esta anunciada “recuperación económica”, va consolidando, e incluso, perpetuando la llamada «sociedad dual». Un abismo cada vez mayor se está abriendo, entre los que van a poder mejorar su nivel de vida, cada vez con más seguridad, y los que van a quedar descolgados, sin trabajo ni futuro en esta vasta operación económica. De hecho, está creciendo el consumo ostentoso y provocativo de los cada vez más ricos, al mismo tiempo que la miseria e inseguridad, de los cada vez más pobres.
Jesús no poseía poder político ni religioso para transformar la situación injusta que se vivía en su pueblo. Sólo tenía la fuerza de su palabra. Los evangelistas recogieron, uno detrás de otro, los gritos que Jesús fue lanzando por las aldeas de Galilea en diversas situaciones.
Jesús se encuentra con gentes empobrecidas, que no pueden defender sus tierras de los poderosos terratenientes y les dice: Dichosos los que no tienen nada porque su rey es Dios. Ve el hambre de mujeres y niños desnutridos, y no puede reprimirse: Dichosos los que ahora tienen hambre porque quedarán saciados. Ve llorar de rabia e impotencia a los campesinos, cuando los compradores, si es que aparecen, se llevan lo mejor de sus cosechas, mientras ellos solo se quedan con el sudor: Dichosos los que ahora lloran porque reirán.
¿No es todo esto una burla? ¿No es cinismo? Lo sería quizás, si Jesús les hablara desde un palacio de Tiberíades, desde una villa de Jerusalén, o desde un ministerio de la República Dominicana; pero Jesús está con ellos. No lleva dinero, camina descalzo y sin túnica de repuesto. Es un indigente más que les habla con fe y convicción total.
Según Jesús, es mejor dar que recibir, es mejor servir que dominar, compartir que acaparar, perdonar que vengarse, crear vida que explotarla. Cuando uno trata sinceramente, de escuchar lo mejor que hay en lo más hondo de su ser, intuye que Jesús tiene razón. Y desde muy dentro, siente también necesidad de gritar hoy las bienaventuranzas y las maldiciones que Jesús gritó.
Felices los que saben ser pobres y compartir lo poco que tienen con sus hermanos. Malditos los que sólo se preocupan de sus riquezas y sus intereses. Felices los que conocen el hambre y la necesidad, porque no quieren explotar, oprimir y pisotear a los demás. Malditos los que son capaces de vivir tranquilos y satisfechos, sin preocuparse de los necesitados. Felices los que lloran las injusticias, las muertes, las torturas, los abusos y el sufrimiento de los débiles. Malditos los que se ríen del dolor de los demás y se alegran de la muerte de un hermano.
Hay algo todavía más grave. A veces creemos escuchar en nuestro interior la voz de la conciencia, cuando lo que en realidad escuchamos son los «valores» que hemos interiorizado de la conciencia social, y que llevan nombres muy concretos: bienestar, seguridad, éxito, satisfacción, buena imagen, dinero, poder.
Los pobres le entienden. No son dichosos por su pobreza. Su miseria no es un estado envidiable ni un ideal. Jesús los llama dichosos, porque Dios está de su parte. Su sufrimiento no durará para siempre. Dios les hará justicia. Jesús es realista. Sabe muy bien que sus palabras no significan ahora mismo el final del hambre y la miseria de los pobres. Pero el mundo tiene que saber que ellos son los hijos predilectos de Dios, y esto confiere a su dignidad una seriedad absoluta. Su vida es sagrada.
Esto es lo que Jesús quiere dejar bien claro en un mundo injusto: los que no interesan a nadie, son los que más interesan a Dios; los que nosotros marginamos, son los que ocupan un lugar privilegiado en su corazón; los que no tienen quien los defienda, le tienen a él como Padre. Los que vivimos acomodados en la sociedad de la abundancia, no tenemos derecho a predicar a nadie las bienaventuranzas de Jesús. Lo que hemos de hacer es escucharlas y empezar a mirar a los pobres, los hambrientos y los que lloran, como los mira Dios. De ahí puede nacer nuestro cambio.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, José Antonio Pagola y José María Castillo.

