Cuando en la vida las cosas nos van mal, muchos se preguntan: ¿Qué habré hecho mal, para que me pase esto? O ¿Qué hemos hecho para que nos pase esto? Jesús responde que el problema no es buscar culpables. Las desgracias y los males, no son castigo de Dios contra nadie. La solución de los males que nos ocurren, no está en “aplacar” a Dios, presuntamente ofendido o irritado, sino en la “conversión”; en el cambio de mentalidad y de actitud, para sembrar más bondad, honradez y honestidad en nuestra sociedad dominicana.
No basta criticar: Si no se convierten, todos perecerán. No basta indignarse y deplorar los males, atribuyendo a otros la responsabilidad. Nadie puede situarse en una «zona neutral» de inocencia. De muchas maneras, todos somos culpables. Es necesario reconocer nuestra propia responsabilidad en los conflictos y en la injusticia que afecta a los dominicanos.
Sin duda, la crítica es necesaria si queremos construir una convivencia más humana. Pero la crítica se convierte en autoengaño, cuando termina siendo un tranquilizante cómodo, que nos impide descubrir, nuestra propia implicación en las injusticias y nuestra despreocupación por los problemas de los demás. Jesús nos invita a no pasarnos la vida denunciando culpabilidades ajenas. Una actitud de conversión exige la valentía de reconocer con sinceridad el propio pecado y comprometerse en la renovación de la propia vida.
Hay que abandonar presupuestos que hemos considerado válidos e intangibles, y dar a nuestra convivencia una nueva orientación. Aprender a vivir una vida diferente, no de acuerdo a las reglas de juego que hemos impuesto en nuestra sociedad egoísta, sino de acuerdo a valores nuevos, escuchando las aspiraciones más profundas del ser humano.
Nos salvaremos, si llegamos a ser, no más poderosos sino más solidarios. Creceremos, no siendo cada vez más grandes, sino cada vez más cercanos de los pequeños. Seremos felices, no teniendo cada vez más, sino compartiendo cada vez mejor. Nos salvaremos si desoímos el ruido de los «slogans» y nos atrevemos a escuchar con más fidelidad el susurro del evangelio de Jesús.
Vida estéril: ¿Para qué va a ocupar terreno en balde? El riesgo más grave que nos amenaza, es terminar viviendo una vida estéril. Sin darnos cuenta, vamos reduciendo la vida a lo que nos parece importante: ganar dinero, estar informados, comprar cosas y saber divertirnos. Pasados unos años, nos podemos encontrar viviendo sin más horizonte ni proyectos.
Poco a poco, vamos sustituyendo los valores que podrían alentar la vida, por pequeños intereses que nos ayudan a sostenernos sin otras aspiraciones. Lo importante es «sentirse bien» y «mantenerse joven». Confundimos lo valioso con lo útil, lo bueno con lo que nos apetece, la felicidad con el bienestar. Sabemos que eso no es todo, pero tratamos de convencernos de que nos basta.
Vivir sin creatividad ni compromiso alguno, estancados e incapaces de hacernos cargo del sufrimiento propio y del ajeno de forma constructiva, es vivir de manera estéril. Vivir sin participar, permanecer como espectadores pasivos del proceso creador de Dios, es no entender el misterio de la vida, y es negarnos a aquello que nos hace más semejantes al Creador: el amor compasivo y la entrega generosa.
Jesús compara la vida estéril de una persona con una «higuera que no da fruto». ¿Para qué va a ocupar un terreno en balde? La pregunta de Jesús es inquietante. ¿Qué sentido tiene vivir ocupando un lugar en el conjunto de la creación, si nuestra vida no contribuye a construir un mundo mejor? ¿Qué significa pasar por esta vida sin hacerla un poco más humana?
Criar un hijo, construir una familia, cuidar a los padres ancianos, cultivar la amistad o acompañar de cerca a una persona necesitada… no es «desaprovechar la vida», sino vivirla desde su raíz más plena.
En palabras de la Santa Madre Teresa de Calcuta: «La vida es una oportunidad, aprovéchala. La vida es belleza, admírala. La vida es un reto, afróntalo. La vida es un deber, cúmplelo. La vida es un juego, juégalo. La vida es preciosa, cuídala. La vida es amor, gózalo. La vida es un misterio, desvélalo. La vida es tristeza, supérala. La vida es un combate, acéptalo. La vida es una tragedia, domínala. La vida es una aventura, arrástrala. La vida es felicidad, merécela. La vida es la vida, defiéndela».
Fuente: Juan Andrés Hidalgo Lora, José Antonio Pagola, José María Castillo.

