Vivimos tiempos de confusión, miedo e individualismo en nuestra República Dominicana. Muchos tratan de vivir la fe con honradez, pero lo hacen de manera dispersa y fragmentaria. En su conciencia todo está bastante mezclado: Cristo, el Espíritu Santo, los sacramentos, Dios, la resurrección, el Papa, la Virgen.
Este día no se trata de entender lo que jamás podremos comprender. Se trata de ver, en la donación, en la igualdad, en la comunicación de las personas divinas, el modelo ejemplar de lo que debe ser nuestra convivencia: un vivir con y para los demás. Una vida que es donación y comunicación. Jamás soledad, nunca aislamiento, siempre apertura y claridad. La fe en Dios hecha ética, del que existe para los demás.
Sin embargo, no todo es igual ni tiene la misma importancia. A muchas personas les haría un gran bien captar lo esencial de la fe, para vivirla de manera unificada y sencilla. Una religión complicada y confusa no puede despertar gozo en el creyente. He aquí algunas sugerencias para vivir la fe en Dios Trinidad, de forma cordial y cálida:
«Creo en Dios Padre, creador del cielo y de la tierra». No estoy solo ni vivo olvidado. Dios es mi Padre, Él es mi origen y mi destino. Él me creó sólo por amor; él me espera con corazón de Padre. No sólo a mí, sino a todos los hombres y mujeres que son mis hermanos. Su nombre es hoy olvidado, negado y hasta despreciado. Yo mismo lo olvido con frecuencia. Pero Él es mi única esperanza, lo mejor que tengo. Aunque dude de muchas cosas, no quiero perder mi fe en este Dios Padre, pues intuyo que habría perdido lo esencial.
«Creo en Jesucristo, su único Hijo». Sé que Jesús fue un hombre extraordinario, pero en él se encierra algo más. No es sólo un modelo a imitar o un maestro a seguir. Es el Hijo de Dios enviado por el Padre. En él descubro el rostro de Dios y también su corazón. Sé cuántas cosas se escriben y se dicen hoy de Jesús. Para mí, nunca será un hombre más. En sus palabras escucho la voz de Dios, en sus gestos intuyo su amor. En él siento a Dios cercano, humano, amigo y fiel. Aunque olvide otras cosas, no quiero olvidar a Jesucristo. ¿Quién podría ocupar su vacío y ofrecerme la luz y la esperanza que recibo de él?
«Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida». Creo en su presencia viva en mí y en todos los seres humanos. Sé que es dador de vida porque pone en mí amor, luz, fortaleza, auxilio y creatividad. Pero su mayor regalo, es saber que ese misterio de Dios que, a veces, me parece tan lejano e insondable, está en el fondo de mí ser. Conozco mi superficialidad, pero no quiero vivir sólo desde fuera, ignorando lo mejor que hay dentro de mí.
Para Jesús, Dios no es un Padre sin más. En su corazón ocupan un lugar privilegiado, los más pequeños e indefensos, los olvidados por la sociedad y las religiones: los que ya nada bueno pueden esperar de la vida. Este Padre no es propiedad de los buenos. «Hace salir su sol sobre buenos y malos». A todos bendice, a todos ama. Para todos busca una vida más digna y dichosa. Por eso se ocupa de manera especial por quienes viven «perdidos». A nadie olvida, a nadie abandona. Nadie camina por la vida sin su protección.
Tampoco Jesús es el Hijo de Dios sin más. Es Hijo querido de ese Padre, pero, al mismo tiempo, nuestro amigo y hermano. Es el gran regalo de Dios a la humanidad. Siguiendo sus pasos, nos atrevemos a vivir con confianza plena en Dios. Imitando su vida aprendemos a ser compasivos, como el Padre del cielo. Unidos a él, trabajamos por construir ese mundo más justo y humano que quiere Dios. Por último, desde Jesús, experimentamos que el Espíritu Santo no es algo irreal e ilusorio. Es sencillamente el amor de Dios que está en nosotros y entre nosotros, alienta siempre nuestra vida, nos atrae siempre hacia el bien. Ese Espíritu nos está invitando a vivir como Jesús que, «ungido» por su fuerza, pasó toda su vida haciendo el bien y luchando contra el mal.
Hoy es la fiesta de la Trinidad. No sé exactamente lo que se encierra detrás de esas palabras. Tampoco pienso mucho en esas cosas. Pero, a pesar de mi mediocridad y mi poca fe, quiero vivir y morir «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». Quisiera recordarlo cada vez que me santiguo. Quiero aprender amar a quienes no le pueden corresponder, saber dar sin apenas recibir, entregar la vida para construir una sociedad dominicana, más amable y digna de Dios.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, José Antonio Pagola y José María Castillo.

