Jesús emprende con decisión su marcha hacia Jerusalén. Sabe el peligro que corre en la capital, pero nada lo detiene. Su vida solo tiene un objetivo; anunciar y promover el proyecto del reino de Dios. La marcha comienza mal; los samaritanos lo rechazan. Está acostumbrado; lo mismo le ha sucedido en su pueblo de Nazaret. Los samaritanos, pueblo hostil a los judíos, rechazan a Jesús y le niegan la hospitalidad acostumbrada. La reacción de Santiago y Juan es rápida: “Señor, ¿quieres que mandemos fuego del cielo que acabe con ellos?”. Jesús les reprende y los invita a marchar a otra aldea.
«Seguir» a Jesús es una metáfora que los discípulos aprendieron por los caminos de Galilea. Para ellos significa concretamente, no perder de vista a Jesús, ni quedarse parados lejos de él; es caminar, moverse y dar pasos tras él. «Seguir» a Jesús exige una dinámica de movimiento. Por eso, el inmovilismo dentro de la Iglesia es una enfermedad mortal; mata la pasión por seguir a Jesús compartiendo su vida, su causa y su destino.
El Papa Francisco nos ha advertido de algo que está pasando hoy en la Iglesia: “Tenemos miedo a que Dios nos lleve por caminos nuevos, sacándonos de nuestros horizontes, con frecuencia limitados, cerrados y egoístas, para abrirnos a los suyos”.
¿Qué es, el seguimiento de Jesús? Es el atractivo, es la seducción de Jesús mismo. Cuando esa experiencia que me seduce y tira de mí, me lleva a fiarme en la totalidad de mi vida, de forma que pierdo toda seguridad, entonces es cuando el seguimiento de Jesús se constituye en el centro de mi vida, el rector de mi vida. El proyecto del seguimiento de Jesús es el proyecto de libertad al servicio de la misericordia. Una libertad que supera todos nuestros miedos.
Seguir a Jesús es el corazón de la vida cristiana. Lo esencial. Nada hay más importante o decisivo. Precisamente por eso, Lucas describe tres escenas, para que las comunidades que lean su evangelio tomen conciencia de que, a los ojos de Jesús, nada puede haber más urgente e inaplazable. Estas, en el fondo, plantean una sola cuestión: ¿qué relación queremos establecer con él, quienes nos decimos seguidores suyos?
Primera escena. Uno de los que le acompañan se siente tan atraído por Jesús que, antes de que lo llame, él mismo toma la iniciativa: «Te seguiré adonde vayas». Jesús le hace tomar conciencia de lo que está diciendo: «Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros nido», pero él «no tiene dónde reclinar su cabeza». Seguir a Jesús es toda una aventura. Él no ofrece a los suyos seguridad o bienestar. No ayuda a ganar dinero o adquirir poder. Seguir a Jesús es “vivir de camino”, sin instalarnos en el bienestar y sin buscar un falso refugio en la religión. Una Iglesia menos poderosa y más vulnerable no es una desgracia. Es lo mejor que nos puede suceder para purificar nuestra fe y confiar más en Jesús.
Segunda escena. Otro dispuesto a seguirle, le pide cumplir primero con la obligación sagrada de «enterrar a su padre». A ningún judío puede extrañarle, pues es una de las obligaciones religiosas más importantes. La respuesta de Jesús es desconcertante: «Deja que los muertos entierren a sus muertos: tú vete a anunciar el reino de Dios». Abrir caminos al reino de Dios trabajando por una vida más humana es siempre la tarea más urgente. Nada ha de retrasar nuestra decisión. Nadie nos ha de retener o frenar. Los “muertos”, que no viven al servicio del reino de la vida, ya se dedicarán a otras obligaciones religiosas menos apremiantes que el reino de Dios y su justicia.
Tercera escena. A un tercero que quiere despedirse de su familia antes de seguirlo, Jesús le dice: «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios». No es posible seguir a Jesús mirando hacia atrás. No es posible abrir caminos al reino de Dios, quedándonos en el pasado. Trabajar en el proyecto del Padre pide dedicación total, confianza en el futuro de Dios y audacia para caminar tras los pasos de Jesús.
Tarde o temprano, el verdadero creyente se sitúa ante Cristo con este tipo de preguntas: Para Jesús, ¿qué es vivir?, ¿cómo entiende la vida?, ¿dónde está el secreto de su estilo de vivir? No es encontrar recetas para resolver problemas concretos de su vida, sino para orientar y dar sentido a su existencia entera. Es más tarde cuando, atraído por la vida de Jesús, dice convencido: «Te seguiré a donde vayas».
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, José Antonio Pagola y José María Castillo.

