Jesús fue judío, educado en la cultura y en la religión de Israel. El cristianismo tiene sus raíces en la religión de Israel. La originalidad de Jesús estuvo, sobre todo, en que desplazó el centro de la religión. El centro del Evangelio está en la bondad que Jesús mostró en sus tres grandes preocupaciones: la salud de los enfermos, la alimentación de los pobres y las mejores relaciones humanas. Jesús dijo: “La ley y los Profetas llegaron hasta Juan (Bautista); desde entonces se anuncia el Reino de Dios” (Lc 16, 16). Jesús es, por tanto, el “centro del tiempo”.
El evangelista que narra el nacimiento de Jesús, no sabía cómo transmitir su emoción ante lo sucedido en aquella noche santa. Expresó lo que él «escuchaba» en lo íntimo de su corazón. Un canto entonado por ángeles, que venía a decir así: «A Dios gloria, alabanza y agradecimiento sin fin. A los hombres paz y sólo paz».
Luz para alumbrar a las naciones. Es correcto traducir el término hebreo «shalom» por paz, como hacen todas las biblias, pero es demasiado limitado. «Shalom» es la experiencia dichosa de la vida, el placer de vivir, el gozo total que Dios quiere para cada criatura, para cada árbol y cada animal, para cada niño y para cada hombre y mujer. Es lo que Dios quiere que experimentemos en cada cosa y en cada situación. Es salud y bienestar, es casa segura y tierra fértil. Es gozar con la pareja, tener hijos, dormir seguros. Es alegría, gozo y armonía interior. Es la bendición de Dios: lo que Dios quiere desde siempre para la humanidad entera. Lo único que explica el nacimiento de ese niño.
Se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. Entre muchos padres se ha extendido una sensación de pesimismo y desaliento. Lograr una convivencia sana y gozosa en el hogar es problemático. Para evitar esa crisis familiar, los padres deben cuidar algunos aspectos básicos.
Es necesario que los padres se quieran de verdad, y que los hijos puedan verlo. Saber y experimentar que los padres se quieren es el mejor regalo para los hijos y es la base para crear un ámbito de confianza y seguridad, donde pueden crecer de manera sana. El afecto de los padres hacia sus hijos es decisivo: el cariño, la atención a cada uno, el interés por sus cosas, la cercanía. Lo más importante para un hijo, es que ambos le dediquen tiempo. Los lazos que se crean en ese encuentro a solas, son más decisivos que todas las discusiones que se tienen a lo largo del día. El futuro de los hijos que se sienten queridos así por sus padres, será siempre más sano y positivo.
Es importante también crear en casa un clima de comunicación. Esto exige eliminar lo que puede generar desconfianza, agresividad o autoritarismo. También pide momentos de encuentro, cierto control de la TV, salidas de toda la familia junta. Es cierto que la vida moderna hace más difícil la convivencia en familia, pero lo más importante no es sacar más tiempo para estar juntos, sino que, cuando la familia esté reunida, se puedan encontrar a gusto, en un clima de confianza y cercanía. Unos padres creyentes, preocupados por crear este clima en su hogar, pueden, al mismo tiempo, darle un carácter cristiano. Es mucho lo que se puede hacer, desde ensayar una oración en pareja y enseñar a rezar a los hijos pequeños, hasta cuidar los signos religiosos en casa o compartir la fe en momentos señalados.
A Simeón lo imaginamos casi siempre como un sacerdote anciano del Templo, pero nada de esto se nos dice en el texto. Simeón es un hombre bueno del pueblo que guarda en su corazón la esperanza de ver un día «el consuelo» que tanto necesitan. «Impulsado por el Espíritu de Dios», sube al templo en el momento en que están entrando María, José y su niño Jesús.
Nadie quiere envejecer. La vejez evoca casi siempre en nosotros soledad, tristeza, esclerosis, aislamiento, amnesia. Hay gente mayor que se hunde en la desconfianza, la rebelión o el pesimismo. Gente mayor amargada por el egoísmo, que tiraniza a quienes les rodean. Pero hay también gente mayor que ha descubierto la riqueza de esta edad. Simeón y Ana, son dos ancianos que consumen sus últimos días a la sombra del templo de Jerusalén, dando gracias a Dios y ofreciendo su sabiduría al pueblo.
Es necesario saber aceptar humildemente la vida tal como es, con su ritmo, sus posibilidades y sus limitaciones. La vejez puede ser la gran ocasión para recuperar la paz del corazón y reconciliarnos con nosotros mismos. Es necesario confiar en Dios y mirar nuestra vida pasada con los ojos de ese Dios que comprende.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, José Antonio Pagola y José María Castillo.

