Amén a sus enemigos… No hagan frente al que los agravia…
El centro y la esencia del mensaje de Jesús consiste en la BONDAD. La bondad entendida como una actitud fundamental en la vida, en la sociedad y ante los demás. La negación de la Bondad, y la oposición radical a la misma, es la VIOLENCIA. La violencia brota del “deseo”, que Dios prohíbe en el décimo mandamiento (Ex 20,17). El deseo de lo que no nos pertenece se traduce en “codicia”. Y la codicia del poderoso “destroza” al débil. Estos mecanismos de nuestra “deshumanización” son los que han causado la crisis económica, social, política, cultural y humana que estamos sufriendo en nuestra amada República Dominicana. Solo la bondad desarma la violencia, anula la violencia, restaura la paz y la convivencia.
¿Es posible amar al enemigo? Claro que sí, pero recordando que esto es un don de Dios. Amar sólo le es posible a quien vive tratando de identificarse con Jesús. Amar al enemigo significa, antes que nada, no hacerle mal, no buscar ni desear hacerle daño. No debemos extrañarnos si no sentimos amor alguno hacia él. Es natural que nos sintamos heridos o humillados. Debemos preocuparnos cuando continuamos alimentando el odio y la sed de venganza.
El perdón sincero al enemigo no es fácil. En algunas circunstancias y momentos, a la persona se le puede hacer prácticamente imposible liberarse del rechazo, el odio o la sed de venganza. No debemos juzgar a nadie desde fuera. Solo Dios nos comprende y perdona de manera incondicional, incluso cuando no somos capaces de perdonar.
Jesús nos llama a «hacer violencia a la violencia». El verdadero enemigo del hombre, hacia el que tenemos que dirigir nuestra agresividad, no es el otro, sino nuestro propio «yo» egoísta, capaz de destruir a quien se nos oponga. Es una equivocación creer que el mal se puede detener con el mal y la injusticia con la injusticia. El respeto total a cada hombre y a cada mujer, tal como lo entiende Jesús, nos exige un esfuerzo constante, por suprimir la mutua violencia y promover el diálogo y la búsqueda común de una convivencia siempre más justa y fraterna.
Debemos cultivar la cordialidad. Un servicio humilde al necesitado encierra, casi siempre, más amor que muchas palabras efusivas. El amor cristiano que nace de lo profundo de la persona, inspira y orienta también los sentimientos, y se traduce en afecto cordial. Amar al prójimo exige hacerle bien, pero significa también aceptarlo, respetarlo, y apreciar lo que hay en él de amable, haciéndole sentir nuestra acogida y amor.
La caridad cristiana induce a la persona a adoptar una actitud cordial de simpatía, solicitud y afecto, superar posturas de antipatía, indiferencia o rechazo. Naturalmente, nuestro modo personal de amar viene condicionado por la sensibilidad, la riqueza afectiva o la capacidad de comunicación de cada uno. Pero el amor cristiano promueve la cordialidad, el afecto sincero y la amistad entre las personas.
La cordialidad ayuda a las personas a sentirse mejor, suaviza las tensiones y conflictos, acerca posturas, fortalece la amistad, hace crecer la fraternidad. Ayuda a liberarse de sentimientos de egoísmo y rechazo, pues se opone directamente a nuestra tendencia a dominar, manipular o hacer sufrir al prójimo. Quienes saben acoger y comunicar afecto de manera sana y generosa, crean en su entorno un mundo más humano y habitable.
Jesús insiste en desplegar esta cordialidad, no sólo ante el amigo o la persona agradable, sino incluso ante quien nos rechaza. Sus palabras nos revelan su estilo de ser: «Si saludan sólo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario?». Esta llamada a renunciar al odio y a la violencia, debe dirigirse no tanto a los débiles que no tienen ningún poder ni acceso a la violencia destructora, sino sobre todo a quienes manejan el poder, el dinero o las armas, y pueden por ello acrecentar la violencia de manera decisiva.
San Antonio María Claret exhortaba a los misioneros con estas palabras. Colaboremos todos y cada uno, incesantemente, en la edificación de la Comunidad. Usemos siempre palabras llenas de humildad. No lesionemos nunca la amistad, ni sembremos discordias, ni discutamos entre nosotros, ni murmuremos de cosa alguna. No juzguemos nunca a los hermanos, que el Señor es el único juez, ni nos atrevamos a sospechar de ellos. Excusemos la intención, aun cuando no podamos justificar la obra. Sepamos perdonar a todos con espíritu generoso, si alguno tiene contra otro, algún motivo de queja.
Juan Andrés Hidalgo Lora, cmf, José Antonio Pagola, José María Castillo y Constituciones CMF.

